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sábado, 26 de enero de 2013

Tirar de la manta


La progresía patria lleva años muy empecinada, de manera enfermiza y mentirosa en demostrar que los españoles tenemos sangre musulmana en nuestras venas, aún sin entender los beneficios de esa mezcla genética ni qué provecho sacan con ello; es más, como si a la inmensa mayoría de españolitos de a pie nos importara un bledo tener la mitad del ADN encastado en lo alto del Rif o descender de un bereber trashumante del Atlas. Pero mentir es algo feo y hacerlo con descaro más. Incluso cuando lo intenta revestir de humor y en series de calado como “La que se avecina”, se dedican a colar frases dentro de sus capítulos del tipo: “después de ocho siglos, los españoles tienen sangre musulmana”. Sin embargo, llegan estudios de universidades como los que en esta Alacena hemos traído, colaboraciones científicas entre investigadores marroquíes, argelinos, franceses y españoles, y descubren que no, que en el sur de España hay menos sangre mora de la que se presupone. Entonces, ¿no es cierto lo de la convivencia de culturas? [Perdonen, es que me estoy meando de risa] ¿No es verdad que ochocientos años de Islam en la Península Ibérica no ha dejado racialmente hablando tanto como culturalmente sí? Pues en efecto, tengo que invitarles a un capítulo trascendental entre 1492 y 1812 dentro de la historia de España: LA LIMPIEZA DE SANGRE.

El decreto de expulsión de los judíos fue la primera piedra de toda una época patológicamente obsesionada por demostrar que no tenía antepasados judíos, musulmanes o gitanos en su árbol genealógico. El que quería ser algo y merecer un mínimo respeto en la España de los siglos XV, XVI, XVII y XVIII (me atrevería a alagarlo al menos unos 30 años del siglo XIX) debía demostrar que era cristiano viejo. Incluso un simple comerciante tendría asegurada la venta y la prosperidad del negocio si era cristiano viejo (sus padres y sus cuatro abuelos sin sangre judía ni musulmana) que si era cristiano nuevo (converso, morisco, judaizante...) Puede parecer una locura, pero entre los actos represivos de la Santa Inquisición y las exigencias para probar la limpieza de sangre que cualquier tribunal pedía, España se empeñó en cientos y cientos de años en demostrar que provenía de los godos y los romanos. Y lo cierto es que leyes como la prohibición de pisar el Nuevo Mundo a musulmanes y judíos, de ejercer profesiones, optar a puestos y licitaciones concretas o simplemente, sufrir el rechazo de toda la comunidad, dieron como fruto que la mezcla racial fuese prácticamente nula. Es más, no hicieron sino mantener aquello que practicaban ya los musulmanes, que prohibían con fiereza la unión entre un fiel (Islam) y un infiel. ¿O acaso creían lo contrario?

Pero la persecución al pueblo judío no ha conocido límites en el territorio español. No entro a valorar el por qué de este trastorno, ni las consecuencias (aunque adelanto que fueron funestas para los reinados de Carlos I en adelante) pero sí a contar que las matanzas y pogromos que tanto musulmanes en al-Andalus como cristianos en los reinos peninsulares (y luego en la unificada España) llevaron a cabo, empañan la moral y los ánimos de cualquiera. El judío o judaizante era acusado de devorar niños, se les responsabilizaba de la muerte de Cristo y se les achacaba el brote de una epidemia si no había respuesta al asunto (las más de las veces). Los hebreos eran juzgados por los tribunales eclesiásticos y tratados represivamente. Nacían expresiones del tipo “pagar el pato” y la ira popular descargaba contra ellos.

Expulsados por los Reyes Católicos, no todos se marcharon. Aquellos que burlaron las restrictivas leyes y aguantaron la tentación del exilio, sufrieron repetidas normas en su contra; durante el reinado de Felipe II se recrudeció su persecución, al tiempo que en un ejercicio de hipocresía, los prestamistas estatales eran precisamente banqueros judíos de Alemania o Italia. La crisis del siglo XVII no fue baladí. El oro y la plata de América servía para soportar las mil batallas que en medio Mundo tenían que librar los tercios españoles y los considerables gastos de un aparato administrativo destinado a controlar el Imperio más grande del Mundo tenía asfixiados a los españoles de la Península Ibérica. Como siempre, la histeria colectiva se encargó de buscar culpables más cerca y sin el atrevimiento de señalar a los ministros regios que buena culpa de la situación tenían. Empezaron a realizarse listas de ciudadanos que “presumiblemente” tenían sangre judía”. Artistas de primera categoría, al servicio (con su arte) de la Iglesia, tuvieron que cambiar sus apellidos para que no sonara a hebreo, caso de Pablo de Rojas, mientras que a Velázquez siempre le persiguió la fama de judío.

El Duque de Medina Sidonia mandó arrancar las losetas del suelo de la entrada al zaguán de su palacio, pisado por unos judíos que mendigaban algo para comer. El genial artista Alonso Cano era un antisemita convencido y se cuentan por miles los casos de arrestos, disciplinas, penas de prisión cuando no castigos de hoguera, a cuántos judíos pudieran caer en las manos del Santo Oficio. La histeria antisemita era irrefrenable; se empezaron a redactar listas de “sospechosos” de judíos, ciudadanos de a pie que no podían demostrar que todos sus antepasados eran cristianos viejos y al no constatar la limpieza de su sangre, acababan incluidos, (con consecuencias peores) en la lista local como hebreos. Si eran comerciantes, podían pensar en mudarse de sitio... Normalmente, estas listas se grababan sobre una tela que solía colgar de los muros de las Iglesias. La que nos ha llegado a nuestros días es la de Tudela, de 1610. Estos “trapos” de tela eran conocidos como “mantas” y reflejaron el oprobio y la vergüenza. Fueron instrumentos de coacción que en el antiguo Reino de Navarra como en otros rincones de España, aireaban el pasado de los ciudadanos bajo este lema: “para que con el tiempo no se obscurezca y extinga la memoria de los antepasados, y se sepa y pueda distinguir la calidad de los hombres nobles”.

Nació así una amenaza: tirar de la manta, o lo que es lo mismo, denunciar a los autoridades que uno de los vecinos tenía ascendencia judía y que debía figurar en ese lienzo. Con el tiempo, el que tira de la manta descubre algo importante e intimida con ello a un tercero. Este es el origen... bastante triste. 

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