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martes, 22 de enero de 2013

Que te den morcilla


En pleno siglo XXI no somos tantos los que seguimos manifestando un profundo respeto por los animales; en lo políticamente correcto es cierto que todos se pronuncia defensores, amantes y respetuosos con la madre naturaleza, pero a fin de cuentas ganan los partidarios de respetar al animal pero considerarlo en efecto como un ser supeditado al humano. ¡Qué quieren que les diga! Tengo poca fe en un género, en una especie que es capaz de matar a sus propios hijos, que es capaz de sesgar la vida desde su concepción, que es capaz de abandonar a su prole en un contenedor de basuras o que culminó la carrera más atroz en 1945, experimentando con sus semejantes el potencial de una bomba de átomos. Si el ser humano representa la cúspide de la cadena evolutiva, me da vergüenza pertenecer a esa casta intocable que piensa (o se presupone) y gobierna a su antojo el Planeta, a costa de los propios y de otras especies.

No; la moda está en recordarte que tu perrita no deja de ser un animal de compañía, una mascota, un elemento más del mobiliario destinada a obedecer con ceguera indómita tus caprichos y a formar parte del mármol del suelo. Los hay que visitan tu casa y se sorprenden de hábitos familiares. Porque haces que tu perrita sea una más de la casa, con sus cabezonerías, sus caprichos y su independencia, bastaría más. Los hay que no son capaces de ejercer la empatía necesaria para entender que en el universo, en el microcosmos particular de ese cocker spaniel que es más que mi perrita desde hace 14 años, ella y yo no tenemos una especie distinta, no somos dos animales antagónicos en donde uno tiene que obedecer y ser castigado y el otro ejercer la predominancia del macho alfa de nuestra escueta y recogida camada.

¡Qué voy a esperar! Hoy mismo el humano desdeña y desprecia a otro humano con un color de piel distinto. ¡No pretendería que la nueva forma de xenofobia sea el especismo! Da igual; el cocker spaniel que me acompaña a diario dewde los últimos 14 años es mucho más que un animal de compañía. No se me ocurriría jamás hablar de un amigo, un primo, una pareja o una madre como “persona de compañía”. Sería el más redondo de los eufemismos para designar a un chico o chica que se le compra con dinero sus favores sexuales. Mi perrita me hace compañía y efectúa en mí acciones balsámicas, racionales e impulsivas que superan el burdo calificativo de “compañía”. De ahí que me revele contra cuanto pretenden explicarte que un animal es un animal... Claro, y un negro, un negro, ¿no? ¿Y un rico es mejor que un pobre? ¿Valeria Mazza es algo más que tu pareja, entonces?  No, no me contestes. Recuerda que los de nuestra especie hicieron la I y la II Guerra Mundial, colofón de todas las guerras de la historia. Recuerda que los cubanos se mueren de hambre y los Castro son una de las fortunas más grandes de Latinoamérica y recuerda que presuntamente, un cordobés fue capaz de acabar con la vida de sus hijos. Y cuando me des explicaciones a esto, me adjuntas lecciones sobre trato animal y humano.

Pues bien, si en pleno siglo XXI la sensibilidad animal en realidad es una hipocresía envuelta en lo políticamente correcto, siglos atrás la mejor manera para controlar el número de perros callejeros de las calles de la España de la época era decidiendo sobre su vida. O matándolos, para los menos suspicaces. Corrían tiempos en los que refugios de animales, perreras, centros de atención y otros no se estilaban. Los mismos tiempos en los que la esclavitud estaba bien vista y mi Santa Madre Iglesia bendecía la Inquisición. Y por supuesto, las a veces multitudinarias camadas de perros eran eliminadas mediante el envenenamiento. Para ello, se utilizaba el más barato de los embutidos, el más fácil de obtener y menos demandado por las clases altas. Con la españolísima morcilla, en cuyo interior se alojaba algún veneno eficaz, se acababa con los perros. A veces, la medida se revestía de cierta moralidad, de cierta ética, pues al igual que las pandemias de peste o de cólera diezmaban a los humanos, la rabia (contagiosa y mortal) se transmitía con velocidad entre los perros y se cobraba alguna vida humana.

Morcillas con veneno se dejaban estratégicamente dispuestas en las embarradas calles de ciudades y pueblos españoles de siglos atrás, suculentos, últimos y mortales bocados de famélicos perros que no averiguarían nunca que el manjar hallado era una mortaja de sangre de cerdo. La práctica fue habitual entre los siglos XV y XIX. Si acaso, algunas zonas de España, siguieron en el siglo XX envenenando perros y gatos callejeros para controlar su población. No es de extrañar, cuando hoy día, el galgo, sigue ahorcándose en las ramas de una encina porque ha dejado de ser útil. La otra España, que diría Machado.

Así, nacieron dos frases inmortales. La primera, que te den morcilla. Cuando la oigáis no olvidéis que la misma, que hoy viene a decir lo repetitivo, asfixiante, cansino y molesto que resulta uno, proviene de esa práctica envenenatoria. Pero literalmente, nos están deseando la muerte, al menos si acudimos a su origen histórico. Al fin, cuando oigáis “muerto el perro se acabó la rabia”, sabed que tiene el mismo origen. Hoy bien puede ser la frase con la que se nos indica que a veces, el fin de algo es el fin del problema. Pero como la frase primera, también  tiene su origen en una práctica afortunadamente olvidada pero innegablemente bárbara y sólo propia de esa especie que se dice a sí misma, la cúspide de la evolución natural.

Como católico, no creo en la reencarnación. Pero si existiera, en mi siguiente vida no pediría nunca ser humano. He visto que es algo deleznable.

P.D. A mis amigos con perro... Sé que compartís esta forma de entender a nuestros amigos caninos. 

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