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jueves, 3 de enero de 2013

Me ha costado un ojo de la cara


Don Diego había nacido en 1475 en Almagro, en la Mancha castellana, como hijo ilegítimo de Juan de Montenegro y Elvira Gutiérrez y la familia, en el intento de salvar el honor materno, supuso que lo mejor sería entregarlo a una aldeana sencilla y rígida que lo amamantara y cuidara en los primeros años de vida, hasta que los habitantes de la noble villa de Almagro hubieran olvidado el desliz. Quizás eso sirvió para curtir el carácter de uno de los conquistadores más grandes de la historia europea. Nada en la vida le iba a sonreír a nuestro hombre, que pasaría de las faldas de una humilde campesina a los palos y castigos severos de un tío suyo, Hernán Gutiérrez, que le empujará a buscarse la vida a la tierna edad de 15 años; pero como conocía bien la casa de su madre, se presentó en ella un verano de 1490 para pedirle pan, el justo que le mantuviera con vida en su empeño por huir bien lejos de una Mancha que le había robado su infancia. La madre, que había dado amplias muestras de su despreocupada conciencia, lo despidió con una hogaza y unas pocas monedas diciéndole: “Toma, hijo, no me des más presión y vete... y ayúdate de Dios en tu aventura”. Malos tiempos éstos del siglo XV para nacer bastardo en Castilla.

Diego decidió irse a Sevilla, que aunque en aquellos años estaba lejos de convertirse en la ciudad más importante del Mundo como lo haría antes de acabar el siglo XVI, seguro que le ofrecería más posibilidades que la yerma y llana Mancha de la que no podría guardar buenos recuerdos. Y en Sevilla, empezó a ser conocido como Diego de Almagro, al carecer de un apellido que lo reconociera y toda vez dijo proceder de allí. Entro al servicio de uno de los caballeros de la ciudad, un corregidor de nombre Luis de Polanco que le dio por vez primera el trato humano añorado. Pero Diego era alguien hecho a sí mismo, lo que en las sociedades del siglo XXI vendríamos a conocer como un hijo de familia desestructurada que para colmo, lucía un deplorable aspecto objeto de mofa. A su mediana estatura y su cara picada por la viruela le debemos la fama y lo mucho que hizo por España y la Corona Española, cuando en una pelea con otro sirviente de la casa de don Luís de Polanco, lo acuchilló en hirió de gravedad, decidiendo entonces que su sitio estaba en la recién descubierta América.

El 30 de junio de 1514, con 39 años, Diego de Almagro partía al Nuevo Mundo en el que haría carrera y provecho, junto a Francisco Pizarro, Vasco Núñez de Balboa o Hernando de Luque. Fundó Acla (Panamá), participó en la expedición del Pacífico, conquistó Perú, derrotó al Imperio Inca y descubrió Chile. Pero como sus proezas son inacabables, mejor no centramos en la anécdota que nos ocupa, y que tuvo que suceder en torno a septiembre de 1524. Días antes, Pizarro había convencido a Hernando Luque y a Diego de Almagro de la necesidad de descubrir el territorio, convencido de las riquezas que escondía. Cada uno parte en una dirección, al frente de poco más de cien hombres, hasta que un indígena localiza a Almagro camino de Panamá con sus 64 hombres. La situación es dramática... Pizarro ha sido sorprendido en el Fortín del Cacique de las Piedras y está en inferioridad numérica, así que Diego de Almagro no duda en ir al auxilio de su amigo que se encontraba casi derrotado y acorralado en el Fortín del Cacique. El enfrentamiento fue duro, y en aquella batalla, Almagro perdería uno de sus ojos por una flecha inca.

A Diego está claro que aquello no le hizo gracia alguna y fueron famosas sus historias, en las que a partes iguales se quejaba de su mala suerte y si el vino corría con generosidad, se le olvidaba su pérdida ocular y se entretenía en exagerar la hazaña aumentando el número de rivales y complicando más de lo que tuvo que ser, aquella emboscada inca. Hasta que en 1539 Diego de Almagro tuvo oportunidad de regresar a España y conseguir una entrevista con el Emperador Carlos, al que pensaba contarle con pelos y señales lo ocurrido años atrás para provecho y enriquecimiento español y gloria de su Monarquía.

Al comienzo de su discurso, Diego, el bastardo de Almagro, el héroe de Perú, descubridor de Chile y posiblemente de Bolivia, empezó diciéndole al Soberano Emperador: “El negocio de defender los intereses de la corona me había costado un ojo de la cara”... Y aunque Carlos supo recompensarlo con títulos, gobiernos y tierras, en España llevamos 474 años usando esta expresión cuando queremos decir lo mucho que cuesta algo o lo difícil que ha sido lograr cualquier cosa.

La siguiente vez que digan (u oigan) que algo ha costado un ojo de la cara, recuerden que no siempre es en sentido figurado. ¡Ahí está el de Almagro para dar fe!

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