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viernes, 4 de enero de 2013

Manuel de Pavía y sus "soldaditos"



Representa a la perfección al militar español del siglo XIX... Voy más allá: es el perfecto ciudadano de la España decimonónica, que ni sabe lo que quiere ni quiere por falta de juicio algo concreto. Soy de los que creen firmemente que el ochocientos en España sirvió como experimento torpe y desilusionante de los males del siglo XX y de toda la carga moral y mental que venimos padeciendo. Manuel Pavía (1827-1895) fue el militar que se levantó contra la Monarquía en 1866 y que hizo lo propio contra la República. Pero no nos desviemos de lo que nos ocupa, porque nuestra historia de hoy es mucho más anecdótica que reflexiva

Destronada Isabel II en 1868, Pavía, que andaba en el destierro, retorna a España con las ilusiones puestas en un nuevo régimen que tardará en llegar. Así las cosas, un 11 de febrero de 1863 Amadeo de Saboya decide que es hora de despedirse del trono español que no le ha traído más que disgustos, problemas y encima no sólo no le ha reportado ni una mísera peseta sino que ha tenido que invertir buena parte de su patrimonio personal y el de su mujer, en el intento por conservar una corona que era de los Borbones y sólo a ellos parecía corresponderles. Los españoles se habían hartado de su reina, no del heredero, al que esperaban como agua de mayo.

Proclamada la I República, el régimen duraría poco más de un año, aunque con más quebrantos de los que a priori habría que esperar teniendo en cuenta la escasa vida republicana. Y es entonces cuando entraría en acción Manuel Pavía, un personaje abyecto que había gozado de los privilegios de esa misma República que un 3 de enero de 1874 quiso finiquitar, demostrando que el poder hace extrañas compañías de cama. Pavía era progresista, pero enemigo del federalismo al que parecía encaminarse decididamente el gobierno republicano comandado por Emilio Castelar (1832-1899).

A las siete de la mañana del 3 de enero, aunque a muchos les cueste creerlo, los diputados de la España de entonces estaban todavía en el interior de las Cortes debatiendo desde la tarde-noche anterior los proyectos y reformas que pretendía impulsar el Gobierno. Parece raro cómo en tan poco tiempo, nuestros
queridos padres de la Patria han pasado de dejarse la piel, el sueño y la vida ejerciendo su cargo a simplemente, no acudir si cabe a un Congreso o un Senado que en los últimos tiempos sabe demasiado de absentismo.

Unos pocos guardias civiles y unas compañías de infantería se sumaron al Golpe de Estado. Castelar subió pasados pocos minutos de las siete de la mañana para decirles al resto de sus señorías: “el Ex Capitán General de Madrid”... (es importante saber este dato, porque a fin de cuentas, da la sensación que a Manuel Pavía le importaba más su pérdida de poder y estatus social que lo que acontecía en España). Dijo realmente Castelar: “Señores Diputados, hace pocos minutos que he recibido un recado del capitán general (creo que debe ser el ex-capitán general de Madrid), por medio de dos ayudantes, para decir que se desalojase el salón en un término perentorio”. Al momento, sus señorías corrían por los estrados y bancadas del Congreso y en menos de un minuto, algunos ya habían alcanzado las ventanas del hemiciclo, dispuestos a ponerse a salvo a velocidades que dejarían en paños menores a los velocistas del siglo XXI.

Pero a Emilio Castelar, lo poco que le quedaba era al menos vergüenza torera, así que tomando de nuevo la palabra desde el estrado de las locuciones, espetó al conjunto de la Cámara: “Yo, señores, no puedo hacer otra cosa más que morir aquí el primero con vosotros”. A las siete y media en punto de la mañana del 3 de enero de 1874, Pavía daba por concluida la I República y ponía en el poder al general Francisco Serrano, convertido en el 5º presidente que en poco más de diez meses conocía el experimento republicano español. Eso basta para decirnos la poca autoridad que la República ha inspirado en sus fugaces periodos de los que ha gozado.

Si el año empezaba con un golpe de Estado que bien es cierto, no daba por concluida la I República pero la convertía en un organismo dictatorial disfrazada de demócrata, la cosa pintaba peor para los republicanos españoles, porque el 29 de diciembre de ese mismo año, a los 22 meses de vida, moría la I República dando paso a la restauración monárquica en la figura del Rey Alfonso XII.

Pero la anécdota, por partida doble, no deja de ser curiosa. De un lado, aunque las crónicas de la época lo desmientan, se ha venido a decir que Manuel Pavía entró en el Congreso a caballo, algo completamente incierto. El bulo quizás se lo debamos (al menos que se siga sosteniendo) a Alfonso Guerra, el que fuera Vicepresidente del Gobierno. El socialista, intentaba en una sesión del Congreso insultar al entonces Presidente Adolfo Suárez y se dirigió de manera insultante al hombre de la Transición diciéndole: “le hubiera gustado entrar en este Congreso montado en el caballo de Pavía”. Esta primera anécdota nos recuerda que siempre es posible hacer peor las cosas que en el pasado y de eso, el gobierno socialista de Felipe González, supo mucho.

La segunda anécdota tiene que ver con la gastronomía y con el gracejo del pueblo madrileño, que en esta Alacena hemos puesto de manifiesto en infinidad de ocasiones. Uno de los platos típicos de la cuaresma española es el bacalao, que permite cocinarlo y emplatarlo de mil formas distintas. De las más populares es emborrizado, con un color dorado exquisito y adornado con tiras de pimiento rojo. Los colores recuerdan al uniforme de los Tercios Españoles en Italia durante el Siglo XVI. En honor a este glorioso pasado militar, un destacamento de infantería de nuestro ejército vestía al uso siendo conocidos como los húsares de Pavía, enrolados entonces en las fuerzas militares de nuestro Imperio. A Madrid y al español le faltó poco para hacer un juego de palabras y confundió el secular uniforme (rojo y amarillo y listado) con el apellido del General, que para una España sin medios de comunicación y con una prensa en blanco y negro, asociar esos colores a los que lució Manuel Pavía el 3 de enero de 1874 fue un todo. Lógicamente, el general llevó uniforme de infantería y seguro que se dejó tocar con las galas de Capitán General, aun cuando había cesado del cargo.

Un Golpe de Estado pacífico y sereno que nos deja dos anécdotas y que será recordado eternamente, no por su trascendencia histórica, que fue poca, sino por el riquísimo plato que especialmente en Cuaresma, solemos consumir... Los soldaditos de Pavía. ¡Y eso que eran Guardias Civiles los de aquel Golpe de 1874!

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