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martes, 8 de enero de 2013

Mambrú se fue a la guerra


Imagen de la película del mismo nombre de 1986, dirigida y protagonizada por Fernando Fernán Gómez.

Si ayer vimos que hay personajes ficticios que ayudan a un bien social, también hay canciones que sin saber cómo se convierten en  patrimonio colectivo, y ya no sólo de un pueblo, sino capaz de romper las fronteras geográficas y marcharse a un buen número de países. Es el caso de una cancioncilla infantil que al menos los que vamos dejando atrás la juventud, recordamos con cariño. Los que no lo han hecho tienen la preciosa oportunidad de encontrarse con una obra tradicional y encantadora con más de trescientos años a las espaldas. Peor para ello, hemos de marcharnos al año 1709,  a los antiguos territorios españoles de Flandes (Bélgica hoy) y en el trascurso del festín que cuatro países europeos se querían dar a costa de España y de sus vastas posesiones, tras la muerte sin descendencia de Carlos II el último Austria (hemos tratado del asunto en varias ocasiones) y la codicia de Inglaterra, Austria, El Imperio Germano y la propia Francia.


El Duque de Malborough en la Batalla de Malplaquet

Eran las ocho de la mañana del 11 de septiembre de 1709, junto a la población de Malplaquet, entonces parte del Imperio (en concreto dentro de Flandes), y hoy en manos francesas. La batalla era inminente. De un lado, ingleses y alemanes, con 86.000 hombres dirigidos por John Churchill (1650-1722), Primer Duque de Malbourough y por Eugenio de Saboya comandando las tropas del Imperio Austríaco. Por otro lado, los franceses que tenían un ejército de 75.000 hombres, crecidos tras la conquista hacía relativamente poco (precisamente frente al Duque de Malborough) de Gante y Brujas.
Momento de la carga de la caballería prusiana contra los franceses en la Batalla de Malplaquet

Un ataque prusiano, otro holandés y el definitivo al mando de Eugenio de Saboya, destrozaron a los franceses. Sin embargo, éstos resistieron con valentía (se supone que defendiendo a España, ya que uno de los suyos sería nuestro rey, pero obviamente con el interés de darse un banquete con las posesiones españolas ampliando su territorio) aunque resultaron vencidos. Pero al menos, habían perdido a 11.000 hombres, frente a los 21.000 que murieron por parte de ingleses, alemanes, austríacos y otras potencias aliadas.

John Churchill (1650-1722), el protagonista de hoy

De alguna forma, la derrota fue fugazmente dulce. Todo esto ocurría en la Guerra de Sucesión Española que conmocionó a Europa entera y la altivez francesa no iba a permitir que la historia contara el fracaso de aquel 11 de septiembre de 1709 en Malplaquet, de forma que como Francia e Inglaterra se habían declarado la guerra decenas de veces en los últimos siglos, los franceses, mitad heridos en el orgullo, mitad irónicos y pretenciosos, empezaron a correr el rumor que el general de las tropas inglesas, John Churchill Duque de Malborough, había muerto en el combate. NO, no era cierto, pero desde luego en primera línea del fuego tampoco estuvo.

La engreída soberbia francesa del siglo XVIII no tiene límites. El único parangón de la historia es la figura de Napoleón, y en parte es hijo del siglo que estamos contando. Así las cosas, camuflando su derrota, los franceses compusieron una canción pegadiza y sonora que daba por muerto al comandante en jefe de los ejércitos ingleses, al Duque de Marlborough, cuya letra decía: “Marlborough s’en va-t-en guerre, Mironton, Mironton Mirontaine, ne sais quand reviendra”. Las tropas francesas se paseaban por medio mundo poniendo en solfa a los enemigos de Luís XIV, el Rey Sol, a los enemigos de su nieto el ya Rey de España Felipe V, aprovechaban de tapado para llevarse buena tajada del Imperio Español y cuanto más andaban (ganando o perdiendo, todo sea dicho) por Europa, más cantaban la canción, que nació como estímulo para las tropas. Un buen día acabó la guerra; en concreto, el último decreto de paz del Tratado de Utrech, vino en diciembre de 1715, y los soldados franceses dejaron de pasear guerra y muerte por Europa y de cantar que el general Malbrough “se había ido a la guerra y nadie sabía si iba a volver”, y la canción, claro, se olvidó. Aunque estaba sembrada y bien sembrada por Centroeuropa y los territorios españoles peninsulares.

La Reina Maria Antonieta con sus hijos. En brazos, Luís José, el Delfín.

Pasaron los años, nada menos que 66 y en Versalles, el Palacio Real francés, nacía un 22 de octubre de 1781, Luis José Javier Francisco de Borbón, primer hijo varón del Rey de Francia y por tanto, su Delfín, es decir, su heredero y heredero de la corona de los francos. Su nodriza estaba pendiente de él a cada instante, mimado por ser el único varón y querido hasta decir basta por las muestras de inteligencia que desde pequeña edad daba. Geneviève Poitrine era quién lo cuidaba. Atenta y recelosa, le daba de mamar, lo vigilaba, instruía dentro su corta edad y lo presentaba a sus Augustos Padres Luís XVI y María Antonieta en perfecto estado regio. O principesco. Y cuando llegaba la hora de acostarlo, la nodriza, hija de un comandante de las tropas francesas, recordaba la canción que en su día le cantaban a ella siendo niña y no dudaba en hacer lo mismo con el Delfín de Francia. Así que de golpe y porrazo, tras un silencio casi clandestino de 66 años, “Malborough se fue a la guerra” volvió de nuevo a la vida, encantándole por cierto a María Antonieta, que la interpretó al clavicordio (y pasó a papel pautado), cosa que serviría para popularizar la letra y música, siendo desde entonces imitada en la corte y por defecto, progresivamente, en toda Francia.

Convocatoria de los Estados Generales en Paris, de luto por la muerte del Delfín

Por cierto que Geneviève Poitrine era una especie de Venus de la Antigüedad, una voluptuosa nodriza de generosos pechos que encandilaron al niño Luís José (con apetito voraz, entiéndase) pero que fueron duramente castigados. El Delfín moría a los siete años y medio de edad víctima de la tuberculosis, que al parecer le contagió su nodriza, quedando estigmatizada de por vida, aunque sea la que felizmente nos hubiera recuperado la canción que nos ocupa.

Cuadro de la Batalla de Almansa de Ricardo Balaca y Orejas-Canseco (1844-1880)

Pero, ¿cómo llegó a España? La teoría más extendida y más difícil de creer dice que esto de compartir Borbones en el trono español y en el trono francés, sirvió para que nuestros vecinos del norte nos dejaran la influencia de la letra. Yo propongo otra teoría más creíble, y es que después de años escuchándosela a los franceses que combatían a los austríacos aquí en nuestra España, durante la Guerra de Sucesión, lo más lógico es que los españoles  la oyeran y su soniquete repetitivo y pegadizo se les quedara. Pero Malborough tiene una difícil pronunciación. Es más, si en el siglo XXI el inglés sigue siendo la piedra con la que chocamos, en la cultura general de hace más de trescientos años, el ducado que da nombre a la cancioncilla, debía ser impronunciable, de forma que los españoles, castizos nosotros como pocos, empezamos a traducir de oídas acabando en nuestro rotundo MAMBRÚ.

El Mambrú de Arbeteta

Otra teoría nos lleva hasta Arbeteta, en la provincia de Guadalajara, un pueblo  situado a mil metros de altitud entre los valles del Tajo y el Guadiela que sigue dominado por la imponente arquitectura de su campanario parroquial, que se adornó desde la construcción del mismo con una altiva veleta que los ciudadanos conocieron y siguen conociendo como “El Mambrú”. Las teorías sobre el nombre son difíciles, pero oralmente se mantiene desde el siglo XIX que la veleta recibió el nombre de Mambrú porque su silueta parecía la de un soldado inglés, posiblemente los que ayudaron a  España contra los franceses cuando fuimos invadidos por las tropas de Napoleón y algún soldado descendiente del Ducado de Malborough, tomó partido en la misma.

 “El Mambrú” es de madera cubierta de latón y nadie puede dudar que se haya convertido en una de las veletas más legendarias del territorio nacional y asegura la tradición que fue puesta durante la dominación francesa como burla a aquel John Churchill, I Duque de Malborough, que había vencido a los franceses en alguna que otra ocasión. Sea como fuere, en el siglo XVIII las niñas españolas ya cantaban su letra mientras jugaban a la rayuela, letra que se cantan en tantas lenguas como países tuvieron algo que ver con aquella Guerra de buitres sobre España, caso del francés, el alemán... Como curiosidad, la música en letra con el estribillo “For he is a jolly good fellow” ha dado lugar a la canción que conocemos como “Es un muchacho excelente”.

De España saltó a  Argentina, Méjico, Perú, Uruguay, Chile... Un clásico de 304 años con una turbulenta historia detrás, que fue el número uno de los patios de colegio de la España de no hace tantos años. 

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