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domingo, 13 de enero de 2013

Los ricos también lloran


Barbara Hutton estaba destinada a ser feliz. Su madre heredaría una de las más suculentas fortunas del Mundo y su padre aportaba a la comunidad de bienes conyugales su productiva y descarada carrera como corredor de bolsa. La niña nace en una mansión neoyorkina sólo comparable a la del magnate de la comunicación William Randolph Hearst y en la familia Woolworth la dicha se festeja por partido doble, puesto que al nacimiento de la heredera se le suma la inauguración del edificio más alto del Planeta, la sede central de la poderosa firma de almacenes que fundó el abuelo del tierno bebé Barbara (nótese que lo escribo sin tilde, en inglés)... Estamos en 1912.

Tiene prometido el paraíso y sin embargo, al poco de cumplir los cuatro años, su madre (Edna Woolworth) se suicida dejándole el inmenso lote patrimonial que había amasado su padre, valorado en 150 millones de dólares. Esa fortuna de febrero de 1917 superaría hoy el billón de dólares. Edna nunca pudo convivir con las continuas infidelidades de su marido, bamboleando su cuerpo inerme en el interior de la vivienda familiar; el cuerpo de la madre muerta es encontrado por Barbara, tierna niña de poco más de cuatro años que jamás olvidará tan horrenda visión y que desde entonces, crecerá sin el amor de su padre, (que acabará sus días penitente por el suicidio de su esposa) y educada por una cohorte de institutrices que forjarán el carácter abúlico y frívolo de Barbara.

Entrada a The Hewitt School

La prensa amarillista de repente pone nombre a su vida, que aún corta, despierta ya el interés de Norteamérica: “la joven afortunada que lo tiene todo”. Pero a la niña le toca la hora de ingresar en algún centro educativo y es enviada al prestigioso “Hewitt School”. Y de la noche a la mañana, empieza la pesadilla de quién todo lo tiene y es inmensamente infeliz. El centro educativo es el infierno de la rica heredera que sufre el síndrome del "patito feo"... Al parecer, poco agraciada físicamente (una belleza que tardaría en salir pero se haría notar en la adolescencia) la crueldad infantil se cebó en su aspecto para vengar la envidia que despertaba su incomparable riqueza de la que ya era heredera única.

Barbara en una fiesta de disfraces en París. 

En 1933, a los 21 años, le llega el turno de administrar su patrimonio y convertida en una de las personas más ricas del Mundo, ya es imposible ocultar su verdadera personalidad; para Barbara ha llegado la hora de utilizar la prosperidad recibida y olvidar los años de bromas e insultos del colegio. Es guapa, rica y quiere vivir la vida, así que no duda en quitarle el marido a Louis Astor, otra niña rica del Nueva York de 1930 y para quién no conozca el linaje, seguro que les suenan los lujosos hoteles Astoria, el Barrio Astoria de Queens (Nueva York) o la firma cosmética. El afortunado es  Alexis Mdivani, el primero de sus siete maridos. Sí, siete nada menos. Pero es con el que protagoniza la historia de ayer en esta Alacena, al recibir once regalos iguales... Fue así como inventó la lista de bodas a la que sacaría partido seis veces más a lo largo de su vida.

Con su único hijo en brazos, fruto del segundo matrimonio.

Si su primer matrimonio duró menos de dos años, el segundo fue de largo el más traumático. Casada en 1935 con un noble danés (meses después de su divorcio), éste abusa de ella física y psíquicamente; su intención es declararla inhábil, administrar su fortuna y recluirla en un sanatorio mental. La prensa de Estados Unidos la bautiza como la “pobre niña rica”, naciendo un mito que ha sido llevado al cine, a la pequeña pantalla y se ha explotado en infinidad de ocasiones desde el género de la telenovela. Un periodista de la prensa del corazón le preguntó ya en el ocaso de su vida si “el dinero daba la felicidad”. Y Barbara Hutton contestó de manera airada que “era una tontería de pregunta”. Según se entresaca de su contestación, el dinero da la felicidad; pero viendo cómo terminó su paso por este Mundo, no lo parecería. Desde luego, engendró a la perfección el personaje real de “los ricos también lloran”.

El único hombre que realmente la quiso, el grandioso Cary Grant

En 1942 conoce a un mito auténtico, el inmortal Cary Grant. Se casan pronto y el enlace no llega a los tres años de duración, pero sin embargo, fue la más cercana, honesta y desinteresada relación que jamás pudo tener Barbara y el amante que realmente se preocuparía de ella sin interesarle su fortuna. Tal es así que la Woolworth le pasaría una pensión compensatoria tras el divorcio sin que Cary Grant la pidiera jamás, agradecida por el exquisito y amoroso trato que siempre le procuró.

En su Palacio de Tánger  la Princesa del Pueblo, como la conocían en Marruecos.

Tras el divorcio, Barbara se desestabiliza emocionalmente. Fija su residencia en la ciudad marroquí de Tánger donde compra un palacio y en la que hace una vida de lujos y excesos inenarrables. Empieza a coquetear con las drogas y a dar fiestas cargadas de suntuosidad, en las que solía hace regalos caros a sus invitados, conocidos o no. De su hijo parecía no acordarse y lo mantenía, como a ella la mantuvieron, recluido en cárceles de oro bajo las paredes de instituciones educativas lujosas. Pero algo no podrido seguía anidando en su interior, como se desprende de las obras benéficas que realizó en Tánger, donde los marroquíes la conocían como la “Princesa del Pueblo”.

Con el galán Porfirio Rubirosa.

Menos de tres años y varios intentos de suicidio duró su matrimonio con un príncipe ruso hasta que se cruza en su vida un quinto marido, Porfirio Rubirosa, un dominicano que inspiró al play mate, a James Bond y encarnó el seductor eterno capaz de derretir a una mujer durante una fiesta y de vivir de sus conquistas y escarceos amorosos. Porfirio jamás negó su talante infiel y conquistador, y cuando Barbara se enteró que cambiaba de cama con mucha frecuencia, alternando la suya con la de la actriz Zsa Zsa Gabor, se divorció. Esta vez había batido un récord: 53 días duró el matrimonio.

La heredera de los Woolworth se convierte en un ser despiadado, frívolo y detestable. Es ya una excéntrica derrochadora que compra compulsivamente las  colecciones de joyas más caras que existen, los vestidos de alta costura que han lucido las estrellas y mansiones insultantes que va levantando por medio Mundo como la que en México mandó construir en 1945, replicando un palacio japonés del siglo XVIII: El que no sabe apreciar el valor de las cosas es capaz de cometer disparates como regalar al Gobierno de Estados Unidos su mansión londinense de Hyde Park, que es desde entonces la embajada estadounidense en Londres. A sus supuestos amigos les reparte en cada fiesta, abrigos de pieles, joyas y coches.

Si con cada divorcio crecía su inestabilidad emocional, lo que es seguro es que menguaba su fortuna, porque los abogados obedecían sin rechistar a sus generosas donaciones a los ex maridos al punto de que el séptimo y último le colocó al borde de la bancarrota. Barbara había sido la persona más rica del Mundo. Todo ello la sumió en una depresión crónica que diluía en cocaína y alcohol. Aparecía en los medios de comunicación dando evidentes muestras de embriaguez, mantenía relaciones sexuales con desconocidos, compraba el sexo de hombres más jóvenes y se rodeaba de falsas amistades y de pretendientes que desean sacar partido y beneficios, lo que hizo que diera muestras de estar obsesionada con su aspecto físico enfermando de anorexia. La amargura de su vida se refleja en una frase que a manera de profecía, le espetó su padre cuando aún era joven: “Barbara, sólo te querrán por tu dinero”. Una madre suicida, un padre deleznable, una infancia sin calor ni amor familiar y unos primeros maridos despóticos moldearon a la rica americana que gastó su dinero en ser querida Pero el precio fue demasiado alto.

Sus últimos días en el Hotel Lido, retratan a una enferma, adicta y depresiva.

En 1972 moría su único hijo, aquel al que vio tampoco y cuya única relación se limitó a operaciones comerciales, en las que la madre costeaba los caprichos del hijo y unas pocas veces al año se veían las caras. El accidente aéreo que acabó con la vida de su hijo de 36 años la sumió más si cabe en la depresión. Con 60 años, la inmensa fortuna recibida cuatro décadas antes había menguado hasta en un 90 %. Aún así era suficiente para retirarse doradamente a una suite lujosa de Beverly Hills. La espiral de droga y alcohol no pararía. Nadie la visitaba, habida cuenta que la inmensa generosidad que un día la hizo ser la mujer con más amigos del Mundo, ya no podía ejercerse con el ritmo del pasado. La única persona que no la abandonó fue Cary Grant, que no se separará de su lado. Pero Barbara es presa de una depresión autodestructiva y fallece a los 66 años dejando 3.000 dólares, cuando había heredado 46 años antes 150 millones, que en aquel 1979, año de su muerte, serían miles de millones de dólares, año de su muerte. Sus herederos y ex maridos se enzarzaron en pleitos y juicios reclamando parte de sus posesiones, entre las que interesaba la colección de joyas. El único que no quiso ni aquello que le otorgó la justicia, fue Cary Grant. El grandioso actor la atendió hasta la muerte, y veló a la Rica de América, la Pobre Niña Rica que aunque mintiera al respecto, nunca pudo engañar a nadie y decir que el dinero le dio la felicidad. 

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