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viernes, 18 de enero de 2013

Las reclamaciones al maestro armero


“No hay un puñado de tierra sin una tumba española” y la letra del himno nos advierte que “ardor guerrero vibra en nuestras voces y de amor patrio henchido el corazón, entonemos el himno sacrosanto, del deber, de la Patria y del Honor”. La historia de hoy tiene que ver con la historia de nuestra Nación, con el por qué de los dichos y frases que usamos a menudo y con el mundo militar. Digamos que los Reales Ejércitos tuvieron un declive justo con el cambio de dinastía en el trono español, de suerte que la supremacía militar que habíamos ostentado durante dos siglos en el Mundo, empezaba a peligrar alarmantemente.

La Guerra de Sucesión fue con diferencia el principio del fin. No hay que achacarle a los Borbones los males evidentes de una España que, de grande, era ingobernable. Si acaso, más que un detrimento de lo español hay que hablar de un crecimiento de las potencias europeas. Fuere como fuere, el Ejército que había conquistado al Mundo se quedó obsoleto, con armamento y herramientas tan primitivas y estrategias bélicas de otros tiempos, que lo volvían inválido. Ante ello, el cambio más drástico que experimentaron nuestras tropas fue el abandono definitivo de la pica y de la espada a favor del arma de fuego. Ello no quiere decir que ya en tiempos de los Reyes Católicos, no se emplearan mosquetes. Granada, sin ir más lejos, sabe de éstos y conserva celosamente sus pretéritos “fusiles” en Béznar, recordando los soldados que al mando de don Juan de Austria, reprimieron la sublevación morisca de 1578 en adelante.

Una de las primeras medidas de Felipe V fue la reestructuración del ejército. El pasado año, Antonio Manzano publicaba en Atenea un libro del que cito textualmente (con permiso del autor y de la editorial) “Esta reforma del estamento militar consiguió que un ejército desacreditado, poco potente, con normas diferentes dentro de cada unidad y enredado en querellas motivadas por la antigüedad de los tercios, viviese, durante la primera mitad del siglo XVIII, un resurgimiento de su fuerza militar nunca visto hasta entonces. De una administración imperfecta, con regimientos indisciplinados y poco adiestrados se pasó, en poco más de cincuenta años, a un cambio de mentalidad que propició la profesionalidad, la moral y la fortaleza exigibles y necesarias para convertirse en un ejército que se revelaría como el más útil instrumento en la seguridad y la defensa del reino de Felipe V”.

Entre otros cambios, el fusil hizo acto de aparición de manera imparable. Esto provocó la aparición de la figura del maestro armero, que se encargaría  de las reparaciones y mantenimiento de las armas. Como especialista, la tropa se dirigía a él cuando alguno de estos fusiles bien no disparaban con corrección, bien presentaban alguna anomalía. Las quejas en aquellos tiempos de introducción del arma debían ser muy numerosas como para que hoy día mantengamos la expresión, pero revelaban entre otras que el maestro armero era uno más del escalafón y poco podía hacer ante la avalancha de quejas recibidas, además de la enorme responsabilidad que recaía sobre su cargo, porque si algún soldado resultaba herido a consecuencia del mal estado de su arma, las responsabilidades eran del maestro armero y por otro lado, nació el término cargado de connotaciones irónicas: si el soldado había muerto, las reclamaciones eran ya inútiles.

Hasta no ha mucho, el español servía en el ejército. La mili era obligatoria, un proceso más de la vida adulta. Un ecuador entre la juventud y la madurez. Nuestros padres y abuelos usaban armas y reclamaban a los armeros, la frase tenía sentido y se nos ha transmitido. Y he aquí su origen. Pero recuerden que si no les ha gustado esta entrada, hagan las reclamaciones al maestro armero... 

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