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martes, 29 de enero de 2013

Hablando del Rey de Roma


A lo largo de los siglos nos hemos preguntado si la Iglesia de Cristo hubiera alguna vez conseguido la duración, firmeza y potestad (y entiéndase como valores perfectos para el bien) de la que puede presumir sin “abandonar” un poco el sentido espiritual y centrarse en el poder civil y terrenal meramente dicho. O si prefieren que se lo diga de manera llana, “si la Iglesia hoy día podría ser el instrumento más útil de caridad en el Mundo, sin la fuerza que en todos los órdenes sociales tiene. Bien, esto mismo se planteó un día San Gregorio VII, que se sentó en la Silla de Pedro desde 1073 a 1085 y fue el primero en otorgarle poder a Roma como centro desde el que dirigir a los cristianos. Hasta ese momento, el que se creía en posesión de dirigir y de organizar a la cristiandad era el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, un estamento que sobrevivió hasta el siglo XIX pero que realmente nunca tuvo fuerza, peso ni poder, excepción hecha de nuestro Carlos, que si fue “alguien” desde su dignidad imperial, sin duda fue gracias al poder de su herencia española.

El caso es que Federico Barbarroja (1122-1190) quiso arrebatarle al Papado la potestad de “dominar” a la cristiandad. El siglo X fue el final de la época más oscura para la intelectualidad y la sociedad del Mundo, con Europa como centro universal (de lo bueno y de lo malo) y que dio paso a una nueva centuria donde, el mero hecho de la convocatoria de las cruzadas, convirtió al Papa en el jefe supremo de los cristianos (léase como licencia para explicar el tema), de forma que los reyes de Inglaterra o de Francia, eran simples generales al frente de los ejércitos cristianos que luchaban bajo la orden directa de Su Santidad. Barbarroja puso en jaque el prestigio papal. El Emperador hasta entonces, había sido una especie de “heredero intelectual” del Imperio Romano de Occidente, pero realmente era un señor feudal, un reyezuelo con demasiados problemas en sus territorios como para aspirar a la unificación de todo el territorio cristiano bajo un mismo cetro y corona, algo que ya había logrado el Papa.

Cuando se atreve Federico a morder la mano que lo había legitimado (no olvidemos que los emperadores, desde Carlomagno, se coronaban/legitimaban como tales de manos del Papa) media Europa (y especialmente Italia) estalla en dos bandos irreconciliables y que entran en disputa de manera que el paso de los siglos no conseguirá volver a unirlos. A manera de guerra civil, los güelfos (a favor del Papa) y los gibelinos (a favor del Emperador) pasarán el siglo XII y el siglo XIII enfrentados, en combates que espantan a cualquier cristiano que se precie; de hecho, de esta guerra prolongada y dilatada, nacerá el concepto de la excomunión (el primero en recibir dicha sentencia eclesial fue Federico Barbarroja y por dos veces) y una cruzada que se organizó para acabar con las tropas gibelinas, para espanto del resto de cristianos, que creían que las cruzadas habían nacido para combatir a los infieles y no para asesinar a cristianos a manos de cristianos.

El siglo XIII fue simplemente una prolongación más de esa Edad Media que afortunadamente el Renacimiento consiguió hacernos olvidar. Hacía siglos que de los Monasterios no salía cultura y con todos mis respetos, salvo ciertos detalles artísticos del gótico, (ciertos, escasos, pocos) ni siquiera el arte se acercaba ni de lejos al esplendor de la Antigüedad ni mucho menos, a la cúspide que supondría el cuattrocento, cuando al fin triunfe de nuevo un arte auténtico. Pero eso no nos interesa; lo que sí nos vale es que a raíz de todos estos conflictos, ni hay heredero para el trono Imperial durante casi un siglo, el Papado queda debilitado (nadie entiende que el Vicario de Cristo patente guerras contra los propios cristianos) y si alguien siente cierta curiosidad, le invito a que descubra las fortunas que los castellanos tuvieron que poner sobre la mesa de media Europa para satisfacer los deseos de Alfonso X el Sabio de hacerse con la corona imperial. ¡Un desastre!

Es así como llegamos a la triste invasión de Francia, que toma por la espada las posesiones del papado y hace prisionero a Bonifacio VIII en el año 1303, de cuyo susto no se repone y muere a los tres días. Esto supone el sometimiento de Roma a los poderes seculares, pero más que eso, que la elección de un Papa desde esa fecha y hasta casi nuestros días, jamás volvió a ser libre sino coaccionada dependiendo de los intereses de ciertos países, y especialmente durante este periodo, de los beneficios que pudiera obtener Francia, que en 1305 consigue nombrar Papa a Clemente V, el mismo que no se corta en trasladar la sede pontifica a la ciudad francesa de Aviñón. Acababa de nacer una Iglesia sometida a un país que duraría hasta que regresara a Roma el poder eclesial en 1378, aunque con Florencia, Milán y otras ciudades italianas en contra, que sabían que si Roma volvía a ser sede papal, su prestigio decaería, de forma que organizaron una liga para luchar contra el Papa.

Era entonces Sumo Pontífice Gregorio XI, cometiendo la torpeza de aceptar los servicios de mercenarios bretones, entre los que sobresalió por su violencia John Hawkwood, que entre otras, asesinó a 3.500 ciudadanos de Cesena, prácticamente todos. Mucho le costaría al Papado recuperar el prestigio que había logrado Gregorio VII y mucho, retornar a la imagen de “líderes espirituales” de la cristiandad. De hecho los florentinos empezarían a llamar al Papa, el Ruin de Roma. La expresión corrió de boca en boca y los españoles del Reino de Aragón, que ya controlaban Sicilia y pronto Nápoles, escucharon la misma y se la trajeron a España, modificando (diferencia de lenguas aunque sonoramente parecidas) ruin por rey. A fin de cuentas, en efecto, los Sumos Pontífices no eran Papas ya, eran Reyes henchidos de orgullo y sedientos de poder.

Hoy día, cuando hablamos de alguien (especialmente si no es en tono adulatorio, positivo o respetuoso) y éste aparece en la reunión, espetamos aquello de “Hablando del Rey de Roma que por la puerta asoma”. Ya Bécquer, nuestro romántico poeta español, cita la frase en su obra “Maese Pedro”. A veces, no hace falta estar criticando a una tercera persona, sino simplemente hablando de ella cuando hace acto de aparición y acude a nuestros labios la misma expresión. Pero en efecto, aquel negro periodo histórico digno de olvidar en el que el Papa fue algo menos que Papa y las potencias (Francia, siempre díscola) europeas un nido de avaros, el Vicario de Cristo era ruin, Roma sede vacante, en Aviñón residieron los “antipapas” y Europa estaba necesitada de la luz de la ciencia y la cultura que nació con Dante, Giotto, de la Francesca, se inmortalizó con Brunelescchi, Bramante, Leonardo, Miguel Ángel y Rafael y desbordó hacia el resto de Occidente haciendo que el viejo continente fuera de nuevo la luz que iluminara al Mundo, y no un nido de bárbaros. 

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