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sábado, 19 de enero de 2013

El primer servicio secreto del Mundo


Si la embajada más antigua que se conserva en el Mundo (como legación, no me refiero al edificio) es española y la labor diplomática durante el reinado de los Reyes Católicos fue extensa, prolífica y efectiva, todo ello nos obliga a considerar a Isabel y Fernando como unos de los padres de los servicios de inteligencia moderna y más cuando conozcan lo que hemos de explicarles. Todo esto tendría como punto de partida el año 1495 y la estrategia que desde España se había diseñado para agraciarse y ponerse a bien con los reyes europeos, toda vez que España acababa de nacer tal y como la conocemos librándose de los musulmanes y reconquistándola para la cristiandad. Así, los monarcas pensaron que su hija Catalina, que estaba a punto de cumplir los 10 años, podía ser perfecta para cualquiera de los gobernantes de las Islas, manteniendo relación a través del culto y sabio doctor Rodrigo González de Puebla, con los candidatos ingleses y escoceses.

Don Rodrigo marchó a Londres. Su labor surtiría efecto años más tarde cuando se casó con 15 años con el Príncipe de Gales y por azar, reye de Inglaterra. Lo cierto es que Catalina había vivido desde 1492 a 1501 en la Alhambra; los documentos cuentan el enorme pesar con el que abandonó Granada y los palacios nazaríes y de su historia, podríamos contar mucho, pero no es lo que nos interesa. Sí que antes de conseguir el compromiso de los Tudor y del entonces rey Enrique VII, Rodrigo González de la Puebla hizo todas las gestiones posibles para que Catalina acabara esposada con un heredero al trono.

El diplomático metido a “celestino”, informaba con puntualidad de todo a la corte española. De sus progresos, impresiones y asuntos sobre los británicos que pudieran interesara España, pero los despachos diplomáticos y cartas de la época eran fácil de violar, de abrir y leer a hurtadillas. La sospecha se confirmaría en 1496 cuando por orden del rey escocés Jaime IV, una carta de los Reyes Católicos a Rodrigo fue interceptada y leída. Su contenido insistía en que el embajador mantuviera las esperanzas de la corte escocesa sobre el arreglo matrimonial del heredero con Catalina, hasta que no se confirmara conb garantías que Enrique VII de Inglaterra quería para su hijo a la infanta española. La desgracia fue descubrir la nota, para enfado de los escoceses que no fue fácil convencer y conseguir que recuperaran la confianza española y pasaran por alto la triquiñuela. 

Entonces se le ocurrió a Rodrigo alguna forma de proteger los mensajes con un código secreto imposible de averiguar que asegurara su confidencialidad. Recibió las oportunas órdenes desde Granada y se dispuso a comunicar el cifrado correspondiente. En 1497, ningún país del Mundo había intentado algo parecido, luego España se convertía en pionera, conseguía antes que nadie gestar “servicios secretos de inteligencia” y espionaje.

La forma más sencilla de cifrado consistía en remplazar ciertas palabras con números romanos; lo que nadie pensó es que al añadir vocablos a la palabra, el código iba a ir cambiando, creciendo y haciéndose imposible de transcribir al castellano. En una de esas valijas diplomáticas una carta contenía la palabra “mar”, que en el código inventando, se escribió MCCCCLXXXVIII. Aún poeor parece el resultado de transcripción de determinantes y artículos que debieran resultar fácil de codificar, pero resultó aún más engorroso, de manera que la “el” se cifraba como DCCCXXXIX. “En” se representaba como DCCCCLXVIIII y un texto normal y corriente de poco más de un pliego de extensión, se tardaba días en codificarlo y más días aún en traducirlo y convertirlo al castellano. Pronto, ni los emisarios sabían que mandaban ni los receptores entendían qué se transmitían, por lo que se hizo habitual responder a las cartas con otra escueta que decía: “imposible”, o bien “sin sentido”. Desde Granada, que era donde estaba la corte y capital de España entonces, las misivas de los embajadores no se entendían.

A todo esto hubo que poner fin teniendo en cuenta que era inútil e imposible, pero en la última de las relaciones epistolares secretas, como si de un agente del MI6 o de CIA se tratara, el responsable de recibir las cartas de don Rodrigo desde Inglaterra e informar a los Reyes Católicos, se vio en la necesidad de contestarle que “le agradecería en el siguiente envío, mandara también las órdenes para interpretar la clave”.

España fue en efecto pionera. Pero como todos los adelantados, las cosas hay que pulirlas para que terminen funcionando, y desde luego al invento español de la transmisión secreta y cifrado de documentos le faltaba un buen repaso. 

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