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miércoles, 9 de enero de 2013

El parchís


En Occidente solemos atender muy poco a lo que ocurrió históricamente en los continentes asiático y africano. Quizás el “Continente Negro” nos ha preocupado algo más por motivos plenamente imperialistas, pero de Asia sabíamos desde el siglo XIII (mediante las empresas comerciales venecianas con Marco Polo como primer explorador) que suponía un excelente marco donde comerciar y rentar. Y poco más. Por eso muchos se extrañarán al oír hablar del Imperio Mogol, un gigantesco dominio territorial que tenía su sede ejecutiva en la actual India y que ocupó 5 millones de kilómetros cuadrados y más de 150 millones de habitantes que desde Delhi, abarcaba  India, Pakistán, Bangladesh, parte de Afganistán, de Nepal, de Bután y el este de Irán. El gran Imperio, quizás el más poderoso después del español, duró desde 1526 a 1858 y tuvo su gran apogeo de 1556 a 1605, fechas en las que gobernó el soberbio e imparable Yalaluddin Muhammad Akbar, conocido gracias al prestigio que supo otorgar a los mogoles, como AKBAR EL GRANDE.

Akbar era analfabeto pero estaba enamorado de las artes; fue un mecenas incansable y un conquistador nato que como todo buen guerrero, necesitaba del reposo y el sosiego de un espacio palatino que le diera la tranquilidad que el poder y el trono le negaron. Fue así como ideó que la capital de su Imperio se trasladara desde Delhi a Agra, una población en la que la falta de agua le iba a privar de todos los caprichos que pensaron para el regocijo cortesano. Este contratiempo le hizo reforzar su idea de un palacio sensorial y estimulante, que satisficiera los placeres que las sucesivas conquistas le habían privado.

El Palacio de Delhi era una fortaleza, una ciudad palatina a orillas del río que contenía a los altos funcionarios y sus familias dentro de sus muros. Nada más superar sus puertas, un gran espacio de carácter público se articulaba en torno a su una gran plaza donde se alzaba la imponente Sala de Audiencias Públicas. Gigantescas portadas para facilitar las entradas procesionales en las que figuraban elefantes, daban paso a la mezquita privada del Gran Mogol Akbar el Grande, caso de la riquísima Moti Masjid, “la Mezquita de la perla”, hecha entera en mármol blanco; y al fin, la zona privada, llena de pabellones de mármol, jardines, terrazas orientadas al río y espacios para que naciera, hacia 1580, el juego del pacisi.

El pacisi fue un juego ideado para el divertimento del soberbio Akbar. Hay que especificar que mientras que la inmensa mayoría mogol era hindú, sus dirigentes eran musulmanes; quizás sea tendencioso explicar esto último, pero lo cierto es que el pacisi era un juego real, machista y subyugador. Se jugaba en la Plaza de la Sala de Audiencias Privadas y los límites del juego, es decir, el tablero, era el gran rectángulo del patio, además dividido en cuatro partes simétricas según la concepción del Edén que los musulmanes otorgaban a sus patios y jardines monumentales, y que uno de los ejemplos más bellos del Mundo no es otro que el Patio de los Leones de la granadina Alhambra.

Las fichas eran las mujeres de su harén. Se movían de acuerdo con la puntuación que arrojaba el dado del Emperador, y se desplazaban desde una casilla a otra, formada por las baldosas de mármol sorteando las especies arbustivas del jardín. Para los dados se usaron conchas de carey o bien de llamativos tonos del coral, que llegaron a ser antes de la formación del Imperio Mogol, la moneda de esos territorios. Los hindúes las conocían como “cauríes”, Esos dados tenían reglas propias: la concha que cayera con su abertura hacia arriba significaba que la chica asociada a ella debía dar un paso.

Las jóvenes de India sabían que formar parte del pacisi o del juego del Emperador no era ya sólo un honor, sino la manera más rotunda de vivir bien bajo la protección de un palacio y con los cuidados y mimos del harén imperial. Así que lejos de entenderlo como la mentalidad del siglo XXI, se disputaban el honor de ser escogidas y se preparaban aumentando sus bellezas y los rasgos más femeninos y sensuales, para acabar dentro de los muros de Delhi o de Agra. Las mujeres más exquisitas del país se disputaban el honor de actuar como piezas en esta diversión del emperador.

El Imperio desapareció pero la ciudadanía había reproducido a pequeña escala el Palacio de Agra y el juego de Akbar el Grande. Así lo descubrieron los ingleses que tomaron India y la pusieron bajo su dominio hasta mediados del siglo XX. Los británicos aprendieron que pacisi significaba en hindú veinticinco, o lo que es lo mismo, el número de conchas lanzadas en una serie. Las sobremesas de los colonizadores europeos fueron amenizadas por el pacisi que por su pronunciación nos ha llegado como parchís.

El tablero era el gran jardín... El centro, desde donde parten los jugadores, el trono donde Akbar seguía el juego. Las mujeres se cambiaron por fichas y el divertimento de un guerrero, por un divertido entretenimiento de sobremesa que es hoy día, uno de los más conocidos del Mundo, pero que ya han visto, tiene un origen no tan infantil y edulcorado, pero desde luego muy curioso y sorprendente. 

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