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viernes, 11 de enero de 2013

Danone


En España somos muy dados a utilizar la metonimia para designar una cosa o idea con el nombre de otra, o explicado de manera llana, nos tomamos un Rioja cuando realmente lo que hacemos es tomarnos una copa de vino de Rioja, o asistimos a una comida de varios platos, pero realmente almorzamos el contenido de sus recipientes. Esta figura literaria aporta lirismo y musicalidad al español; sin darnos cuenta terminamos convertidos en poetas a pie de calle hasta el punto de caer en el empleo de las marcas comerciales lexicalizadas (como así lo llama nuestra Real Academia de la Lengua), que mediante el uso de los epónimos, hemos hecho popular y repetimos a diario. Sí, muy fácil: llamamos al producto por el nombre de una marca comercial líder en el sector. De siempre, al menos en mi casa, los alimentos sobrantes de una comida se han envuelto en “Papel Albal”, no en papel de aluminio. Y en honor a la marca comercial que da título a esta entrada, también hemos tomado “danones” y no yogures. Pues la historia de Danone es cuando menos, curiosa y emotiva.

Fue fundada por un griego, Isaac Carasso (1874-1939), comerciante de la ciudad de Salónica que en 1917 se trasladó junto a su familia a la ciudad de Barcelona en la que se instala y descubre el lecho comercial enorme que en la España de hace un siglo le va a permitir la introducción de un producto de su tierra que tiene muy escaso consumo entre los españoles. Convencido de los beneficios saludables del consumo del yogur, su empeño es repartir el producto desde la Ciudad Condal a toda Europa, a través (y esto es lo sorprendente) de farmacias y se pone manos a la obra pariendo la firma de su nuevo negocio, y estudiando un nombre impactante. Y es así como a día de hoy, sin ponernos de acuerdo aún en el origen de Danone, surgen varias teorías que son todo un universo de curiosidades.

La primera de ellas abunda en que Danone rinde homenaje a una deidad del pueblo celta, muy arraigada en Europa Central. Isaac Carasso era un sefardí, un antiguo judío español cuyos antepasados habían emigrado a Grecia pero que con el estallido de la I Guerra Mundial, cuando Salónica estaba bajo el poder de los turcos, decidió marcharse y residir en Bulgaria. Allí fue donde descubrió el valor nutritivo del yogur, y muy especialmente después de que el Premio Nobel de Medicina, Elías Méchnikov, recomendara desde 1908 su consumo, insistiendo en las propiedades saludables que encierra el producto lácteo y afirmando que su consumo diario retrasaba el envejecimiento. Isaac Carasso tuvo tiempo de descubrir el culto arraigado a Danu, la diosa más antigua de todo el panteón celta y “Madre” de las divinidades. Se estima que el nombre del poderoso río Danubio procede de ella, que en griego acabaría transformándose por Danonea. La hipótesis no es descabellada, en tanto el Danubio cruza 477 kilómetros de territorio búlgaro dejando 7 importantes ciudades búlgaras bañadas por sus aguas.  

La otra teoría que tiene más fuerza y está más extendida es que don Isaac Carasso, padre desde 1904, bautizó a su producto con el nombre de su hijo, Daniel. Siguiendo las pautas no escritas que, todo invento y nombre parece sonar mejor en otro idioma, asoció las primeras letras del nombre de su hijo a su condición de ser el primero que tuvo, de forma que a manera de acróstico complicado, Dan (de Daniel) y One (de uno, de primero), acabó transformado en el yogur DANONE. Así fue cómo en 1917, decidió regresar a la madre patria de su familia, volver a sus orígenes y asentar en nuestro país (también suyo a pesar de su pasaporte griego) el centro comercial del yogur para toda Europa. La comercialización no fue fácil en un principio, aunque le favoreció el hecho de que los médicos comenzasen a recomendarlo a los pacientes, motivo por lo que los primeros “danones” se vendiesen en farmacias. Luego comenzaron a distribuirse en lecherías, granjas, colmados y pastelerías.

En 1919, Isaac Carasso abría una pequeña fábrica artesanal que producía yogures en el número 16 de la Calle de los Ángeles del barrio barcelonés del Raval. Así nacía el primer yogur industrial del mundo y su hijo Daniel, que era conocido en el ámbito familiar por el cariñoso apelativo de Danón, le daba nombre.

La estrategia comercial de Danone, que empezó fabricando sus productos, sólo para la ciudad de Barcelona y destinados a sus farmacias, fue todo un éxito. Isaac Carasso negoció con la empresa de tranvías de la Ciudad Condal un precio por el que los cobradores de las líneas dejarían sus tarros en la farmacia correspondiente. Los productos se fabricaban por la noche y aquellos casi centenarios “ómnibus” los llevaban a primera hora, en unas pequeñas heladeras con 24 tarros en el interior. La popularidad de Danone creció en pocos años, al punto que los tranvías frenaban incluso donde no había parada para hacer la entrega, facilitando así que el cliente pudiera recoger el encargo a tiempo para su desayuno.

Ahora bien, hay un personaje fundamental en la Historia del Arte europeo y pieza clave de los gustos y modas españolas a lo largo de las tres primeras décadas del siglo XX que tiene mucho que ver con el desarrollo definitivo del yogur, como producto comercializado y como alimento en auge. Se trata del insuperable Antonio Gaudí, quizás el arquitecto español más sobresaliente de todos los tiempos, que heredó de su padre un gusto por el naturalismo y la alimentación sana. En 1920 Danone era una balbuciente empresa sin el desarrollo que al poco alcanzaría, luego el yogur era un alimento casi desconocido en España; se consumió en un primer momento, natural, sin aditivo alguno, pero el genio de Gaudí fue quizás el inventor del yogur con frutas, que él mismo añadía al producto del señor Carasso, que sin embargo no se atrevería a comercializar hasta 1931. Antonio Gaudí solía comprar una media docena de tarros que dejaba alineados sobre la mesa que utilizaba como despacho y comedor, y al no refrigerarse, los fermentos provocaban que la superficie se cubriera de una capa de diminutos hongos verdes que él retiraba antes de iniciar su batido manual. Los rivales de Gaudí aprovecharon que el simpar arquitecto Eso hizo que entre algunos trabajadores de las obras y otros personajes contrarios a la figura del arquitecto corriera la voz de que se comía los hongo de los yogurs que ellos creían alucinógenos, así como algunas setas tóxicas, y que por eso proyectaba en sus obras unas formas bulbosas raras y retorcidas. La tesis de las setas se apoyaba en la débil circunstancia de que a nadie se le había ocurrido antes adornar con esa hortaliza el portal de un edificio, como él hizo en la Casa Calvet.

Pero el espaldarazo definitivo a la marca le vendría de la mano de la prestigiosa Feria de Milán, que en 1923 lo premiaba y algo más tarde, en 1927, el apoyo de la Infanta Isabel de Borbón, que conseguía que Danone se convirtiera en proveedor oficial de la Casa Real, haciendo así que la marca se distribuyera por toda España y que su presencia empezara a ser progresiva y continua en las familias españolas de la época. Su popularización gracias a “La Chata”, consumidora de productos lácteos, sirvió a los proyectos de Carasso que había conseguido al fin convencer a los españoles de lo saludable del yogur.  En 1927 se inauguraba la fábrica de Madrid en el añejo barrio de Prosperidad, hoy devorado por la M-30. Luego, toda España empezaría a ver los viejos vehículos que con la impresión de la marca dejaba los frascos de cristal con el yogur Danone en las ciudades. La guerra civil truncó temporalmente el ascenso de la empresa y Carasso murió justo al finalizar la contienda, pero la familia prosiguió en el empeño comercial que soñó el fundador en 1919.

Fue entonces el turno de Daniel Carasso, asentado en Francia con una fuerza empresarial inaudita y verdadero responsable de la conversión de la marca en un grupo mundial prestigioso. Daniel, que había “prestado” el nombre a Danone, falleció en París en 2009 a los 103 años de edad y nunca renunció a la nacionalidad española tanto personal como empresarial, dejando bien claro que su familia era oriunda de España desde el Medievo y que en España había nacido y crecido. 

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