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domingo, 20 de enero de 2013

Carlos III


Carlos III (Antonio Rafael Mengs, 1761)

La figura de este Rey español es de tal trascendencia e importancia que habría que dedicar al menos unas pocas de entradas a la transformación social íntegra en la que basó su gobierno durante los casi treinta años que estuvo en el trono. Conocido como “el Buen Alcalde” por sus maravillosas aportaciones urbanísticas en la Villa de Madrid que valieron para adecuarla a la gran capital que un gran Reino merecía, fue un ordenado, riguroso, instruido y efectivo gobernante, que, si nos atreviéramos a hacer un listado de Reyes ordenados por su buen hacer, quedaría entre los primeros de nuestra española historia y como un referente entre los monarcas de su tiempo. Carlos continuó la labor tímida de su hermanastro Fernando VI, que lo menos de trece años que pudo estar en el trono, sirvieron para que se cimentara un nuevo concepto de Estado que sí llevó a cabo Carlos III. Ellos dos, unidos a los “Austrias mayores”, pueden ser considerados los grandes Reyes de España, sacándole los colores a los que los sucedieron, y en especial al horripilante dúo conformado por Carlos IV y Fernando VII, padre e hijo a los que ni la naturaleza ni la educación consiguieron sacarles lo más mínimo de provecho.
                                    Retrato de Carlos III con meses (Miguel Jacinto Meléndez, 1716)

Hoy que se cumplen 297 años del nacimiento de Carlos III no es mi intención contarles la historia de sus gestas políticas y administrativas, por lo denso que el asunto puede ser y porque soy consciente que las anécdotas personales, del ámbito de la intrahistoria, seguro que resultan mucho más descriptivas y efectivas al propósito de recordar tan memorable figura. Más si tenemos en cuenta quién fue su madre, una de aquellas personas que merecen entrar en la lista negra de “enemigos de España”, al lado de validos, pretendientes orleanistas y “dirigentes” de la II República. Porque Isabel de Farnesio, reina consorte, segunda esposa de Felipe V, se pasó los días y las noches de su regia vida intrigando, comprando y favoreciendo a personas y naciones que aseguraran un trono para sus hijos, a costa por supuesto del dinero de los españoles y a costa, qué duda cabe, del perjuicio de España, que se veía envuelta en disputas sin sentido por el capricho maniático, megalómano y vanidoso de una pérfida mujer con corona en las sienes.

Carlos III cazando (Francisco de Goya, 1788)

Pues de una madre tal, salió un rey que desde Felipe II se esperaba y no había llegado, con todo mi respeto a Felipe III y IV. Tuvo la suerte de casar con María Amalia de Sajonia, una centroeuropea puesta al día, con buen gusto, sensibilidad artística y que miró siempre por el bien de su Real Familia, siempre y cuando ello no supusiera un menoscabo al interés de España. Gracias a ella se trabajó y se le dio valor a lo encontrado en Pompeya y Herculano, por lo que el Mundo entero tendrá que estar agradecida a esos benditos caprichos de María Amalia, enamorada de su esposo hasta la médula espinar y él de ella. Pocas veces nos creeríamos si no que alguien pasara 28 años viudo y con la promesa de no volver a tocar el cuerpo de una mujer guardando con celo la memoria de su difunta esposa. Enamorados como en las novelas inmortales, dedicó su vida a gobernar, a gobernar y a recordar a su difunta. Y en las pocas horas que su activa y frenética tarea se lo permitía, a cazar. España, a día de hoy, debe mucho de lo que es a los cambios, fundaciones, creaciones, incorporaciones y reestructuraciones que Carlos III y su Gobierno (uno de los más competentes de la Historia Patria) hicieron.

Carlos III (Miguel Jacinto Meléndez, 1727)

Era frío, no cabe duda. Esa campechanía que desde Carlos IV solemos repetir sobre nuestros Borbones y cuya máxima expresión reside en Isabel II, en su hija Isabel (La Chata) o en Alfonso XIII y Su Majestad don Juan Carlos I, no pudo venir de Carlos III. Se desvivió por España, pero jamás comprendió a los españoles y eso que él era uno de ellos. Cuando ordenó las reales leyes sobre salubridad, higiene en las ciudades y prohibición de usos y costumbres deleznables (arrojar desperdicios por la ventana y similares), soltó la frase más descriptiva posible: “mis súbditos son como niños... lloran cuando se les lava”. Y es que la historia le agradece lo que hizo, pero en aquella época, el Rey debía ser un tabernero encapotado como Alfonso XII, una maja, una chulapa entrada en carnes y castiza, como Isabel II o un rey que habla de democracia y no ofende a nadie (a lo mejor por miedo) como nuestro Monarca y Jefe de Estado.

Glorificación de la Monarquía española (Gian Battista Tiepolo, 1763)

Y Carlos III era frío. Dice el refrán que “dos que duermen en el mismo colchón, se vuelven de la misma condición”. No descarto que la austera sequedad, la rigurosa severidad de María Amalia, tan alemana ella, se le contagiara al español. Ni siquiera Nápoles le tostó la cara y lo volvió sureño y dicharachero. Para él, las maratonianas sesiones de trabajo (que comenzaba a las seis menos cuarto todos los días) eran parte del proyecto divino reservado a su persona. Y así fue feliz, con la única licencia de las monterías en las que tomó parte. Al respecto, una anécdota refleja el humor seco, casi a la británica de don Carlos: un regidor (desconocemos la ciudad) consiguió audiencia con el Rey pero le traicionaron los nervios. En la saleta del Palacio Real, el oropel y magnificencia del conjunto y la presencia del Soberano de España y de las Indias mareó al alcalde del siglo XVIII. Se olvidó del protocolo y de la obligación de descubrirse (no ya por etiqueta regia, por cortesía habitual). Pasó toda la conversación tocado con su sombrero y al despedirse, vio el que estaba apoyado en la silla que mediaba entre ambos. Aún con los nervios a flor de piel e impresionado por la regia figura, pensó que se había descubierto y que ése era su sombrero, y dicho y hecho decidió cogerlo para llevárselo a la cabeza. Entonces, Carlos III le soltó: “ya que no se ha descubierto en todo este rato, al menos no se lleve mi sombrero”.

La Gloria de España (Tiepolo, 1763)

En 1760 Carlos III visitaba Lérida. El obispo y la ciudad en sí querían conseguir el apoyo real para la edificación de su nueva Catedral, como finalmente fue y empezaría a construirse bajo el patronato regio en 1761. Satisfechos por la marcha de la entrevista y las promesas de don Carlos, decidieron agradarlo en todo punto, cometiendo la torpeza infinita el obispo Manuel Macías Pedrejón de obsequiarlo con joyas. Aquello indignó al rey que no se cortó en decir: “Nada pueden dar los obispos porque nada es suyo, luego, vendan estas joyas y con lo que consigan, repártanlo a los pobres”.

                                 Carlos III comiendo ante su corte (Luís Paret y Alcázar, hacia 1770)



Desde luego en la severidad y la modestia destacó el Rey Carlos. Jamás hizo ostentación ni vistió de manera suntuosa. No lució la retahíla de medallas, condecoraciones y joyas que sí gustó colgarse al pecho su hijo, y sus gastos fueron escuetos y muy recatados. Incluso sabemos lo que comía, porque en la etiqueta castellana, el Rey lo hacía delante de sus súbditos y cortesanos. No varió jamás el menú y se distinguió por su sencillez gastronómica. Los embajadores franceses se sorprendieron frecuentemente de la futilidad de esas comidas, que consistían, a diario, sin cambios, en sopa, un trozo de ternera asada, un huevo pasado por agua, lechuga con vinagre y fruta. En las cortes germanas, se solía cenar 50 platos. En Versalles, se servían en cada comida 20 tipos distintos de carne y los lujos de Felipe IV siguen asombrando. Pero Carlos III era así, de una sobriedad insultante. Por eso, cuando un día se cruzó en Palacio con su fiel y muy fundamental ministro del Marqués de la Ensenada, vestido con brillantes, con perlas en los ojales, hebillas de oro, encajes belgas y terciopelos bordados, le reprochó lo que había de haberle costado el atuendo. El marqués de la Ensenada (otro al que España le debe y bastante) le dijo que “por la librea del criado se conoce la grandeza del amo”... y Carlos III le dijo, “cuando todos mis súbditos tengan una, su rey se complacerá en llevar la mejor”.


Escultura a Carlos III en el Carmen de los Mártires de Granada.

Carlos III, el GRANDE, el Monarca de los cambios y mejoras. El estadista, el político, el buen alcalde y al que sólo le podemos achacar una cosa y ni siquiera es culpa suya: el hijo tan tonto que tuvo y lo sucedió en el trono. 

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