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martes, 15 de enero de 2013

Alfonso XIII


Hubiera sido un buen Rey pero la historia engaña sólo si la manipulamos. Es una señora muy convincente, muy educada y muy responsable, que sabe responder siempre y cuando formules adecuadamente la pregunta. Así que si a la señora historia le preguntáramos por el reinado de Alfonso XIII, nos diría que los errores propios y los ajenos lo dejan mal parado. Y es triste que tal día como hoy, 72 años en concreto, a punto de morir, el Rey de los españoles le dejara toda la herencia dinástica y el poder de la corona a su tercer hijo, abdicando en el que no pudo sentarse nunca en el trono y hubiera sido el mejor de todos. Con esta efeméride, nos corresponde hablar del rey que murió a consecuencia de sus dientes, por mucho que algunos de vosotros se hayan echado la mano a la cabeza. Y es que, como el odontólogo e historiador Julio González Iglesias descubrió hace ya 33 años, a Alfonso XIII cinco dientes, lo pudieron llevar a la tumba.

Cinco piezas dentales. Estamos en los años veinte del pasado siglo y es muy probable que al Rey le ocurriera lo mismo que a muchos de nosotros. ¡Perder un diente es una gigante derrota!, porque con independencia del dolor a lo largo del proceso de extracción o del que tiene que venir a posteriori, con ese diente arrancado se pierde un poco de juventud, de tiempos mejores, de vanidad viril. Si además de todo esto, eres monarca y sufres una curiosa afección más que demostrada que se refiere a la influencia de las infecciones focales dentarias en las cardiopatías, Alfonso XIII tenía que extirparse cinco piezas. Pero el monarca español iba a perder pilares de puentes fijos, luego si se hacía extraer tales dientes, el abuelo de don Juan Carlos I tendría que llevar toda la dentadura postiza, cosa a la que no estaba dispuesto. Y además, una vez contraída la afección cardiaca, no estaba demostrado que sirviera de algo la extirpación. La enfermedad cardiaca que padecía, estaba producida por el estreptococo Viridans, originada en sus cinco dientes afectados, que lo llevaron a la tumba sin haber cumplido los 55 años. Una coquetería regia acabó con el Rey de España, que además, no podía volver a su tierra.

Antes que nadie me diga que Su Majestad Alfonso XIII tomó las de Villadiego a las primeras de cambio precipitando la llegada de la II República, desentendiéndose de su obligación como monarca y Jefe de Estado, habrá que contar que de la pared del cabecero de su cama de Roma, durante el exilio, colgaban cincuenta pequeños saquitos de tela. Cada uno de ellos tenía tierra de una de las provincias españolas. El Rey dormía a la vera de España, de la tierra de España que le habían hecho llegar aristócratas y monárquicos con los años. La mañana del doce de febrero, el asma consumía al enfermo. Llevaba 16 días luchando contra la muerte y a las 10 de la mañana, ante sus hijos Jaime, Juan, Beatriz y María Cristina, y con su mujer (a pesar de todo), al pie de la cama, dijo antes de despedirse de este Mundo: ¡España, Dios mío! Sobrecoge...

Hace 10 años, la nuera de Alfonso XIII, Emmanuela de Dampierre (1913-2012), contaba en una autobiografía sin desperdicio que el Rey, en realidad, no había soportado jamás vivir fuera de España. Así de crudo, así de duro y así de realista. Para la hija política, Su Majestad había perdido todo sentido a su existencia, se entregó sin reparo a la bebida y dobló la cantidad de tabaco. se volvió apático y a la pérdida del trono, (que más que la pérdida de una condición y una posición era la derrota de siglos de historia dinástica), tres de sus cuatro hijos varones estaban incapacitados por enfermedad o por decisión propia para ejercer el trono y el General Franco se negó en rotundo a que regresara a su añorada, a su querida, a su anhelante Patria que era mucho más que una bandera y una causa para alguien que había sido educado como lo fue Alfonso XIII. Al fin, fallecido, los cincuenta sacos de tierra de las cincuenta provincias españolas, se depositaron en el interior de su ataúd.

Campechano, próximo, cercano, risueño... pero jamás educado para Rey. Digamos que unos señores con mentalidad del siglo XIX lo prepararon para el convulso siglo XX. Las armas educativas y formativas hicieron aguas y salió a relucir un Rey que era en el fondo de su corazón, un militar, un soldado patriota que disfrutaba con las maniobras, simulacros y paradas. Para muchos, fue Alfonso “El Africano”. Para otros, “El Desventurado”. Los hay que lo han calificado de cobarde al conocer que en las elecciones del 12 de abril de 1931, la izquierda había dado un paso de gigante en votos (ganaron las derechas y las opciones monárquicas, ojo) y fue entonces cuando se exilió voluntariamente. Porque abdicar, abdicó tal día como hoy hace 72 años en su hijo Juan, dentro del Gran Hotel de Roma. Otros, siempre recordarán que no conoció a su padre y tuvo que enterrar a dos hijos. Y otros no le perdonarán su vida de crápula, cargada de amantes e hijos concebidos fuera del matrimonio.

No será el mejor Rey que haya conocido España y aunque el mérito no será suyo, la historia no nos dejó que su hijo si lo fuera (o lo intentara). Dos anécdotas narran a la perfección su personalidad más desconocida. La primera ocurrió en 1917, durante la “Semana Trágica de Barcelona”. Los atentados y bombas se sucedían y los ministros y consejeros recomendaron a Alfonso XIII que se abstuviera de cursar su viaje oficial con carácter dialogante a la Ciudad Condal. El Rey les dijo: “el día que llegue a inspirarme temor visitar cualquier parte de mi reino, ese día tendré la honestidad de abdicar”. La otra anécdota ocurre en 1913. La recién creada Asociación Nacional de Exploradores de España (los primeros escultistas o como son más conocidos en inglés, los “scout”) son recibidos en Palacio. Su fundador era el Capitán de Caballería Teodoro Iradier y Hererro (1880-1940), que además ejercía de asistente personal del Rey, por lo que consiguió el apoyo de la Corona para su causa escultista. En la ceremonia, estos primeros exploradores iban a jurar ante Su Majestad, pero el texto del que disponían, hablaba de “Jefe de Estado” y no de Rey. Tras el acto, el fundador y monárquico Iradier, se acercó al Rey disculpándose y aclarándole que de haberlo sabido antes, hubiera hecho que sus pupilos juraran por la Corona. Y Alfonso XIII le contestó: “No, porque mañana puede venir la república, y el régimen puede cambiar pero la Patria es eterna”.

A mí siempre me albergará la duda de, si hubiera sido educado sin la influencia de su muy austríaca madre y la sociedad española del siglo XX no hubiera sido tan convulsa, no hablaríamos ahora con otra perspectiva de Alfonso, que por mucho que sus padres no fueran supersticiosos, el trece no le vino bien ni a él ni a España. 

1 comentario:

Doña Urraca Osorio dijo...

Buena entrada. Felicidades.