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martes, 31 de enero de 2012

Las verdades del comunismo.

Ceaucescu fue un cruel dictador como pocos ha tenido la humanidad, protagonista de una represión ejercida sobre el pueblo rumano entre 1965 y 1989, año en que fue asesinado por los rumanos a quienes condujo a la ruina y que sometió con férrea mano. El dirigente comunista controlaba todas las facetas de la vida, desde la libertad de expresión o prensa, la vivienda o incluso el número de hijos que habían de tener las mujeres rumanas. Fue en uno de sus ataques de locura donde concibe un plan para aumentar la natalidad de Rumanía creando una policía femenina encargada de controlar periódicamente los partos de sus compatriotas.

No sólo se trataba de prohibir el aborto, sino de obligar a las familias a una considerable multiplicación. Sus palabras son elocuentes: “Cualquiera que evite tener hijos es un desertor que renuncia a las leyes de la continuidad nacional.” De esta manera, una brigada del partido, convertida en policía para asuntos natales, controlaba a las mujeres realizándoles pruebas de embarazo y anotando los resultados. Aquella fémina que no se quedara embarazada con cierta regularidad era multada y obligada a pagar una multa considerable que estimuló rápidamente el crecimiento de la natalidad, de forma que Rumanía se multiplicó por dos, poblacionalmente hablando, en tan sólo un año.

Las prácticas de esta ideología, como pueden verse, han sido con diferencia las más totalitarias y enfermas de la política histórica. Y lo malo de todo es que muchos hoy día siguen prodigando las excelencias de esta dictadura de izquierdas.

lunes, 30 de enero de 2012

La Alhambra de Inglaterra

Hubo un tiempo que la Alhambra no era el foco de atención de la ciudad de Granada ni la joya mimada de su patrimonio. Tal vez ni siquiera pesaba el enorme impacto que en los viajeros de todos los tiempos había tenido y las admiraciones que desde 1495 había provocado en toda clase de embajadores y diplomáticos europeos que la conocieron desde el mismo instante en que se convirtió en cristiana. Sería el siglo XIX el más dañino para el Monumento. En la madrugada del 16 de septiembre de 1812 y siguiendo las órdenes del mariscal francés Soult, los soldados invasores de Napoléon, antes de abandonar Granada intentaron volar la zona militar y palatina que se salva gracias al cabo José García, del cuerpo de Inválidos del Ejército Español.

Poco después las continuas visitas de Richard Ford a España escogiendo Granada como residencia despiertan en Inglaterra toda una pasión por la Alhambra. En 1840 nacería el primer “libro de bolsillo” que procura ser una colección de números compuestos por guías de viaje. Es entonces cuando los ingleses descubren la Alhambra que pasa a ser llamada el “Partenón de los árabes”. Desde el que era entonces Primer Ministro (Robert Walpole) a cónsules y lores, la fascinación por la arquitectura nazarí no tiene freno, al punto de que el hijo del primer marqués de Buckhingham, Granville Temple, adquiere la Torre del Vino (anexa a la Puerta) y se traslada a vivir a la Alhambra en 1849. Lo imitará poco después un coronel del Ejército británico, que adquiere el Oratorio del Partal y lo convierte en su hogar.

Este mismo adquirirá la Ceca o Casa de la Moneda. De ella sólo conservamos hoy los leones que siguen en los Jardines del Partal de la Alhambra, mientras que el resto de su decoración y piezas muebles los custodia con celo el prestigioso Museo Victoria and Albert de Londres. Pero no era la primera vez que el patrimonio granadino era usurpado y llevado a Inglaterra; ya en 1818, el historiador Richard Twiss (1747-1821) estaba en posesión de azulejos originales que él mismo arrancó de los alicatados del Palacio de los Leones, como  tuvo que hacer el conocido coleccionista Francis Carter, que se hizo con un azulejo con el escudo nazarí y el lema del reino de Granada: “Sólo Dios es vencedor”.

El tráfico de piezas robadas en la Alhambra fue casi insultante. Algunos granadinos quedaban sorprendidos por el enorme interés y crecido número de ingleses que acababan interesándose en el recinto palatino. El capitán inglés destinado en Gibraltar Victor Word fue otro de ellos; el Museo londinense cada vez terminaba por adquirir más y más piezas originales de la que fue corte real granadina, hasta que le llegó el turno a las reproducciones. El primero en empezar fue el mismo Richard Ford que tanto había peleado por defender el Monumento. Cuando regresó a su Inglaterra natal, se construyó una nueva casa en Exeter (a 315 kilómetros de Londres), inspirada en la Alhambra. Lo que no imaginaría nadie es que tendría pocos reparos en arrancar todo un paramento del Cuarto de la Sultana del Palacio de Comares, con una cornisa de mocárabes decoraciones cúficas incluidas para su nueva vivienda. En 1949 desapareció la casa de Ford en Exeter (foto de arriba) que entre otras cosas, guardaba en su cuarto de baño la decoración de yeserías de la Casa Sánchez del Palacio del Partal.

No fue el único: el coleccionista Walter J. Donne ya se había hecho con 4 columnas de mármol para su casa en la prestigiosa calle Sant James Street de Londres. Habrá que añadir además las 53 piezas cerámicas que del Real Instituto de Arqueología de Londres pasaron a donde hoy se exhiben, el School and Design...

En 1854 el prestigioso arquitecto Owen Jones construyó en Londres, con motivo de la Exposición Internacional que acogía la capital inglesa, la reproducción del Patio de los Leones; sólo un año después, como ven en la fotografía de arriba, la Reina española Isabel II encarga a Rafael Contreras que haga en el Palacio Real de Aranjuez una réplica de la Alhambra para destinar la habitación a Sala de Fumadores; el arquitecto, como pueden ver, se inspiró en la Sala de Dos Hermanas.

Inglaterra sigue siendo, después de Granada, quién más Alhambra tiene. Y casi que la soñó entera para sí, como las fotos de arriba y abajo demuestran, cuando se mandó replicar la joya nazarí en el interior del Crystal Palace, donde hasta 1936 estuvo, que por culpa de un incendio se arruinara. 


domingo, 29 de enero de 2012

Haz el amor y no la guerra

Si la entrada del pasado martes se movió en los tiempos del reinado de Felipe V y la de mañana buscará acercarse a la figura de Carlos II, esta debía contar de manera somera algunos sucesos que se dieron en la Guerra de Sucesión española, esta que desde 1700 a 1714 supuso la disputa de 6 países europeos por hacerse con la herencia del vasto Imperio español, toda vez que el último de nuestros Austria murió sin descendencia y dejándole el trono al nieto del rey de Francia.

Legitimados los Borbones por los Ministros españoles y por la Corte que respetó el deseo de Carlos II, ingleses, holandeses, daneses, los italianos de Saboya, y austríacos entre otros no estaban de acuerdo con que un francés subiera al trono español y entre ambos países se llegaran a pactos que pusiera en peligro al resto de potencias, que de haberlo querido (nunca nos entendimos los franceses y los españoles, tal vez por ello persista cierta tirantez aún), uniendo la fortaleza militar de ambos reinos, se hubiera logrado. Así las cosas, los ingleses y portugueses se acercaban a Madrid en 1706, aprovechando que el ejército español apoyado por el francés estaba en mil frentes bélicos a la vez. Por espacio de unos meses, la Villa y Corte dejó de ser hispana y vivió la coronación del pretendiente de Austria que quiso hacerse con nuestra corona tomando como nombre el de Carlos III. ¿Cómo plantar cara al invasor sin soldados? Y el ingenio madrileño se puso manos a la obra.

Reunida una Junta de urgencia, observaron cómo los miles de soldados ingleses y portugueses solían ser los mejores clientes de los casi 100 prostíbulos que en aquellas fechas poblaban Madrid. Y teniendo en cuenta que las medidas higiénicas no eran las más efectivas, decidieron vestir con las mejores galas y bañar literalmente en perfume a las prostitutas enfermas; a los pocos meses, 6.000 soldados enemigos estaban contagiados de sífilis, de gonorrea y de otras enfermedades de transmisión sexual.

Lo que las bayonetas no consiguieron, lo hizo la castiza puta de Madrid. Y poco a poco, el que estaba llamado a ser Rey, se encontró coronado y regresando a la capital, libre de soldados enemigos y lleno de enfermos moribundos sin heridas de guerra pero con pústulas “de amor”. 

sábado, 28 de enero de 2012

La importancia de escoger bien un nombre

Alfonso VIII fue rey de Castilla entre los años 1158 y 1214. Más allá de lo que sucediera a lo largo de su Gobierno, lleno de luces y sombras, fue protagonista directo de una de las más curiosas anécdotas de la historia de la monarquía europea. De su mandato diremos que cuando perdió frente a los musulmanes en la Batalla de Alarcos (año 1195), se vieron reducidos los territorios cristianos en la Península de manera alarmante. Del resultado de otra batalla, la de Las Navas de Tolosa (1212), se puede decir que supuso el principio del fin del Islam en tierras españolas. ¡Una de cal y otra de arena!

Sea como fuere Alfonso VIII mantenía excelentes relaciones con Inglaterra, casándose de hecho con la hija del rey inglés, y con Francia. Los tres reinos (Castilla, Inglaterra y Francia) llegaron a un acuerdo  para que el heredero del trono francés se casara con una de las hijas de Alfonso VIII. Se encargaría la reina inglesa Leonor, suegra de Alfonso VIII de escoger a la prometida entre sus nietas, a las que aún no conocía. Cuando llega a Burgos, le son presentadas Urraca y Blanca. Y al conocer el nombre de la primera, sin dudarlo, se decantó por Blanca, pensando que tan castizo y castellano nombre no iba a ser entendido en Francia.

Jamás sabremos si acertó del todo, pero el recuerdo de Blanca de Castilla es inmenso, entre otros, por ser madre del rey Luís IX, San Luís de los Franceses. 

jueves, 26 de enero de 2012

Jaime Peñafiel


Ayer el Diario Ideal nos ofrecía una entrevista con este periodista extravagante controvertido y reconocido por burlar la confianza que un día pudiera depositar el Rey en él, que, a mí personalmente, me cuesta creer. Sus devaneos en los círculos de famosos y sus apariciones en programas concretos de cadenas concretas que no están ni sintonizadas en el televisor hogareño, me resta poca pérdida de tiempo. Su contribución a la sociedad la considero hartamente frugal y de su granadinismo, que es una condición a caballo entre el amor y la locura por la tierra de uno, la única verdadera patria que cada día me da la bienvenida, más que escueta.

Peñafiel hace cientos de millones de años que dejó su ciudad de nacimiento a la que poco ha regalado. Pero textualmente decía ayer en el Diario Ideal lo que sigue: “Creo que es una ciudad [refiriéndose a Granada] de la que hay que irse. Si te quedas estás perdido. Hay granadinos fantásticos que no han tenido el valor. Es una ciudad cómoda para vivir, para pasear... Pero te mata, te anula. Cuando he vuelto siempre me ha parecido ver las mismas caras, el mismo guardia de circulación, las mismas putas en las calles de putas... Y han pasado 50 años. Parece que la vida se ha parado en Granada”.

Yo he viajado cuanto he podido y espero seguir haciéndolo; pero nunca he dejado Granada, a pesar de las ofertas, a pesar de las propuestas. Nunca he dejado lo único que me da todos los días ganas de seguir en la tarea impuesta y asumida de prodigar, difundir y dar nombre a Granada: el resquicio del Pico del Veleta, mayestático, erguidamente insuperable que veo desde la ventana de casa todas las mañanas de un nuevo día donde Granada, su historia, su patrimonio, su cultura y sobre todo, los míos, me van a ocupar hasta la madrugada.

Conozco a decenas de extraordinarios granadinos que han estudiado una, dos y hasta tres licenciaturas en una de las más prestigiosas universidades de Europa, la nuestra. Con una formación académica que enterraría en intelectualidad al periodista en cuestión y al más pintado. Que destilan por cada poro de su piel capacidad y don... Y que nunca han dejado Granada, tal vez porque para acabar como el hazmerreír nada menos que de la prensa más sucia y rastrera que el periodismo jamás haya inventado, no hace falta perder de vista la rotunda mole rojiza de la Torre de la Vela, ni olvidarse de la grácil silueta de la segunda catedral más grande de España, ni evocar con anhelo el olor del arrayán justo después de que el cielo haya descargado su lluvia sobre calles y monumentos, algunos, con 1.000 años de historia a sus espaldas.

Muchos optamos un día por fijar en la pared del dormitorio unas baldas. Escuetas pero suficientemente amplias como para que cupieran en ellas las Guías de Gómez Moreno y de Gallego Burín. El trabajo de Barrios Rozúa, el de Bosque Maurel y las Efemérides de Morell y Terry. Con eso basta. Con esos cinco libros es suficiente para que todos los días, uno nunca olvide donde fue parido y por qué esta tierra asombró a los más ilustres de cada época y cada rincón, o fue el escenario donde nacieron grandes como muy pocos pueden igualar.

Muchos optamos un día por consagrarnos a la difusión, a la divulgación de la ciudad. Desde nuestro trabajo, con nuestras conferencias, con nuestrso artículos, participaciones en Enciclopedias, obras colectivas o en solitario con someros y primorosos libros culturales. O abriendo una ventana al Mundo para que todo el que quiera entrase en una Alacena que lleva Granada como la más sagrada de las palabras que en ella se ha escrito.

Granada no es la panacea laboral ni la que ofrece las mejores posibilidades para ejercer profesionalmente lo que uno ha estudiado y en lo que uno se ha especializado. Pero ningún granadino con un mínimo de respeto a su cuna, se atrevería a desprestigiar la patria de la infancia, la tierra de los suyos, sino elevar la queja oportuna, en hora y tiempo, reclamando las mismas posibilidades o cuantas merezca su Granada. Y ahí estriba todo... “Su Granada”. Porque el que nunca ha hecho nada por ella, jamás podrá sentirla dentro, pero no como una propiedad, sino como una responsabilidad.

Hablaba el periodista que nos ocupa de la ausencia de galardones y reconocimientos que Granada ha tenido para con él, saliendo a relucir en sus palabras Tico Medina. ¿Acaso el cuenta chismes de la Corona pretende igualarse a quien, mejor o peor, se despierta todos los días vestido de granadino y se acuesta dando gracias por saberse granadino?

Pero a fin de cuentas, yo tengo que rebatirle algo más importante al señor Jaime Peñafiel, que decía “haberle parecido ver las mismas putas”. Pero... ¿no dice que ya no le queda familia aquí? Y preguntar, dice el españolísimo dicho, no es ofender. 

miércoles, 25 de enero de 2012

Enemigos de España (I)

Con una nueva dinastía y un rotundo cambio en la política española empezaba el siglo XVIII. Al despojo que fue en vida Carlos II le sucede un francés, el primero de los Borbones. De la figura de Felipe V hablaremos en su día, pero hoy toca dilucidar sobre el papel que ejercerían en su voluntad y con ello en el devenir de España dos mujeres, la princesa de los Ursinos, aristócrata francesa que el abuelo del primer Borbón español (Luís XIV, el Rey Sol de Francia) colocó cerca de su nieto para que le sirviera de espía, y la que centra verdaderamente el interés de este escrito: la pérfida Isabel de Farnesio, la segunda esposa del rey Felipe V de España que lo único bueno que hizo fue parir a Carlos III.

A la muerte de Gabriela, la primera esposa, la Ursinos (María Ana de la Tremòille) por encargo del monarca de los franceses le buscó la esposa más indiferente y del reino menos activo y decisivo del continente a nuestro rey. Por mucho que fuera su nieto, una alianza con alguna de las potencias destacadas de Europa no beneficiaría en nada a Francia, de forma que el Rey Sol, hábil como pocos, empezó a tutelar la política exterior española; y la historia, hemos visto, se ha vuelto a repetir no ha mucho. La elegida no era otra que la hija del Rey de Parma, que fue vendida por la Ursinos a su verdadero señor (y enemigo español), Luís XIV con esta descripción: “tiene la muchacha veintidós años, insignificante, se atiborra de mantequilla y queso y está educada de tal manera que nunca ha oído hablar de nada que no sea coser y bordar”... Habían escarmentado después de Gabriela de Saboya que no se dejó amedrentar por la camarilla francesa instalada en nuestra corte madrileña y había sido el verdadero motor del gobierno español ante la indiferencia de su marido.

En cuanto se casa por poderes, su tía Mariana, viuda del último Austria español Carlos II, la pone sobre aviso del carácter de la Ursinos. Y en cuanto está en suelo español, aún sin conocer a su ya marido, la Princesa María Ana le sale al encuentro en la provincia de Guadalajara. Allí, Isabel de Farnesio, cándida joven de 22 años, la manda apresar sin haberse siquiera saludado y la obliga al destierro escoltada por la caballería que los parmesanos le habían puesto para cubrir el viaje desde su patria a la nuestra. Aquí dio la primera muestra del carácter que iba a tener la futura reina española, que al contrario que Gabriela, defender a España le importó menos que dotar a cuantos hijos tuvo de un espléndido futuro gracias al nombre de nuestro Imperio. Como madre no se le puede tachar de nada, como reina, de derrochar nuestra ya entonces escasa fortuna en hacer que sus hijos fueran reyes o reinas de los países europeos.

Fue Felipe V uno de los reyes más promiscuos sexualmente hablando de nuestra historia, aunque esto no signifique que engañó a ninguna de sus esposas, aunque bien es cierto que podía encerrarse en la alcoba real con la Farnesio hasta 22 horas seguidas, haciendo pasar al servicio para comer y reponer fuerzas mientras los augustos reyes se tapaban su desnudez bajo las sábanas. El embajador de Francia dijo al verlo que “lo encuentro decaído por el excesivo comercio con la reina, que lo soporta todo”... Más específico fue el religioso Alberoni: “El Rey sólo necesita un reclinatorio y una mujer”. Isabel de Farnesio se dio cuenta desde el primer momento que podía gobernar fácilmente al rey y con ello a España y en eso se empeñó.

Lo primero que hizo fue cambiar a toda una corte de franceses por otra de parmesanos puestos a su servicio. A su hijastro, el futuro Luís I (el rey más breve de España, con siete meses en el trono) lo ninguneó. Apoyó a sus amigos prelados para que consiguieran el ansiado título de Cardenal, mandando dinero de las arcas españolas al Papa y deseosa que sus hijos heredaran Parma a pesar de que a las potencias extranjeras no les gustaba que un posible rey español lo fuera también de otro Estado, introdujo a nuestra nación en la Guerra que estallaría en 1717. España, sombra de lo que fue militarmente hablando, se enfrentaba contra la nada menos que Triple Alianza, esto es, Inglaterra, Holanda y Francia que nos obligaban a cumplir los pactos alcanzados en el Tratado de Utrech cuatro años antes. En cuanto España se hizo con Cerdeña, entró en la Alianza Austria, que de ser nuestra amiga secular, pasó a formar la ya Cuádruple Alianza. Isabel se empeñaba en que su hijo fuera el futuro Rey de Parma y de la Toscana. Y esto significó la invasión de Galicia, la toma de Vigo y la asfixia sobre las posesiones que aún manteníamos en Europa. Tres años después, en 1720, se firmaba la llamada Paz de Londres. ¡España era más pobre y menos respetada! Todo por el capricho de una madre, no de una reina de todos sus súbditos.

Cuando en 1724 Felipe V abdicaba a los 40 años en su hijo Luís, la cosa se puso fea para Isabel de Farnesio. Recluida en La Granja, lejos de poder disponer y tomar decisiones como antes, cuando fue testigo de la repentina muerte de su hijastro a los siete meses de subir al trono, no ocultó su felicidad. De regreso a la corte y siendo de nuevo su esposo el Rey, cada vez veía más cerca la posibilidad de que su hijo Carlos fuera el futuro monarca. Esta segunda etapa se iba a caracterizar por el inmenso poder de la parmesana, ya sin disimulo. En 1725, después de gastar fortunas inmensas a través de su portavoz, el barón Ripperdá, consiguió que Austria reconociera a su hijo Carlos como rey de Parma, Plasencia y Toscana. Poco después obliga a su marido a firmar un acuerdo con Inglaterra. Los ingleses ya pueden campar a sus anchas en América; ellos por su parte apoyaban la instalación militar de la marina española en suelo italiano, para provecho del futuro Carlos (nuestro Carlos III) que cada vez estaba más cerca de ser rey de Nápoles. En 1731 la Hacienda española estaba en bancarrota. El Ministro competente no entendía que había sucedido con los galeones de oro que desembarcaron entre 1729 y 1730 en Sevilla. El destino de la fortuna fue directo a Italia. Carlos, con 16 años, entraba el 30 de diciembre de 1731 en Florencia con tal fasto y grandeza que dejó a todos boquiabiertos. Los gastos, como pueden entender, iban a costa de la plata y oro de la América española. La ambición no iba a menguar. En 1735, conseguía que su hijo fuera el Rey de Sicilia tras 21 meses de guerra con lo que quedaba de Polonia, los ejércitos del Imperio Austríaco y unas primeras batallas frente a Francia, que rechazó la idea de adquirir la tierra de los sardos.

Cuando se firma la paz mediante el Tratado de Viena, las cosas no salen como esperaba Isabel. En efecto, su hijo mayor (Carlos) es coronado Rey de Nápoles y Sicilia. Pero hay que ceder a Austria Parma y Palermo, que ella esperaba que quedase en manos de su segundo hijo, Felipe. España había puesto la vida de sus soldados e ingentes cantidades de dinero en Guerras que no nos importaban para que la parmesana viera sobre la cabeza de sus hijos la corona de un reino.

Isabel no perdió el tiempo con el resto de la prole; la infanta “Marianina” casó con el rey de Portugal. La dote fue espléndida, como su vanidosa madre supo hurtarle a las arcas de la hacienda española. Al infante Luís Antonio lo quiso destinar a la carrera eclesiástica. Una vez más los impuestos españoles se iban en pagar el capelo cardenalicio que nunca le dieron. Si por lo menos lo hubiera ostentado, por bien empleado los dejamos. Pero como fracasara, ese dinero también fue a parar a saco roto. Después de siete partos y presa de una glotonería imparable, la reina estaba deformada. El embajador de Francia dijo de ella: “no le conozco virtudes salvo las que ella misma dice de sí: por lo menos nadie podrá decir que soy una puta”.

La larga lista de despropósitos con los que obró le valen, sin paliativos, la consideración de enemiga de España. Pero lo que es peor: siendo encima empleada de todos los españoles. 

martes, 24 de enero de 2012

Expo de Sevilla

Sevilla abría sus puertas en 1929 al Mundo con una exposición que pretendió poner de manifiesto la relación con América y reformar urbana y socialmente la ciudad. Con 20 años de retraso se inauguraba contando con 9 países americanos, Portugal y Marruecos y pabellones de regiones españolas y de las ocho provincias andaluzas, hasta el total de 22 edificaciones, algunas de ellas de una maestría soberbia que siguen siendo referente arquitectónico hispalense y usándose para diversos destinos e infraestructuras de servicios, al contrario que la de 1992. Y como la que acabamos de citar, también en 1929 Huelva se opuso a que la sede fuera Sevilla, reclamando su participación en el Nuevo Mundo. Sin duda, el desconocimiento de la historia es a veces el peor compañero de los atrevidos.

Como estaban las provincias andaluzas, estaba el Pabellón de Granada. La ciudad de los tres ríos quería tener un papel trascendental en el curso de la Exposición, dado que en tierra granadina consiguió Colón permisos, dotaciones y prebendas para conquistar el Nuevo Mundo y cuando este ingresa en el ya Imperio Español, Granada es la capital y corte de la nacida España. Lo cierto es que no atravesaba la mejor de las situaciones económicas para hacer frente a un proyecto arquitectónico lucido y ambicioso como desde un primer momento se pretendió, quizás obligando a llegar demasiado tarde a la cita: en febrero de 1928, cuando la Exposición Iberoamericana se inauguró el 9 de mayo de 1929.

En abril de 1928 ya había concluido el proyecto el genio Leopoldo Torres Balbás, el conservador de la Alhambra y con toda probabilidad, el más ajustado a la intervención científica y respetuosa del patrimonio local. Un edificio de una sola planta con 484 metros cuadrados de los que 66 correspondían al patio; una obra del neomudéjar, que respondía a la perfección a los criterios constructivos que imperaban en la zona de los pabellones: el historicismo. De manera que el arquitecto que mejor conocía el estilo original, con mucha diferencia sobre el resto de autores mundiales, pensaba en un bloque constructivo hispano musulmán presidido por patio, con torreón que funcionaría de ingreso al interior, galería en torno al patio y armadura en las techumbres y tejas vidriadas en los tejados.

La entrada remitía directamente a la soberbia Puerta del Vino de la Alhambra. En el zaguán, un complejo azulejo cerámico reproducía el famoso cuadro de Pradilla, “La rendición de Granada”. En el suelo, un mapa provincial en cuyo interior se inscribieron el nombre de los principales pueblos y pasando al patio, las medidas, proporciones y decoraciones del Patio de la Acequia del Generalife. Toda la cerámica la hizo Fajalauza; el mármol de las seis columnas del patio, provenía de la granadinísima Sierra de Elvira. A los lados, siete salas (tres a cada lado y una enfrente) para acoger muestras de Arte, Historia, Industria, Agricultura, Medicina, Ciencia y la última sala destinada a fotografías de paisajes y patrimonio de Granada, a la vez que sirvió para recepciones. En la galería superior se instalaron despachos y puntos de información.

El Pabellón de Granada estaba justo enfrente del que levantó el País Vasco y era vecino del de Cádiz. Se presupuesto en 195.000 pesetas, cantidad nada desdeñable en la época e iba a acabarse en 100 días. Pero el presupuesto que se manejaba no cubría la cantidad exigida, por lo que Torres Balbás se vio obligado a restringir dimensiones y dotaciones del conjunto, que quedó constreñido a 336 metros cuadrados y a 176.000 pesetas de coste. Eso sí, nunca redujo la calidad de los materiales, de forma que se contemplara el sueño de su autor: la casa palacio granadina del siglo XVI hecha en estilo mudéjar. El pintoresco contraste de la edificación gustó desde el primer momento.

Con todo, el contratista no pudo trabajar a placer porque Granada hacía ímprobos esfuerzos, no siempre con buenos resultados, para ir liberando el dinero que se le exigía. Así las cosas, las obras se eternizaron más de lo previsto y no se pudo concluir hasta el 2 de noviembre de 1929, contando en su inauguración con el Rey Alfonso XIII y la Familia Real al completo, siendo decorado gracias a la generosa contribución de varios anticuarios granadinos que no escatimaron en piezas, cedidas, para el ornato del interior. A las piezas se unían interesantes muestras: las de Cerámica Fajalauza, los Tapices de la empresa López Sancho y los granadinísimos faroles de Fernández Estete. A su vez, Sierra Nevada aparecía fotografiada con especial vehemencia gracias al Club de Esquí, la Compañía de Jesús exhibía su delicado y exquisito material astronómico y sismológico por la que se recibió la Medalla de Oro de la Exposición (sorprendió sobremanera la Estación Sismológica) y por supuesto, la cuidada selección patrimonial.

Fue tal el número de piezas que se seleccionaron desde los Conventos e Iglesias de la ciudad que hubo que decirle no a algunas, por falta de espacio.  Santa Catalina de Zafra, San Antón, Santo Domingo, Escolapios, de la Universidad, de la Abadía del Sacromonte, de la Basílica de las Angustias, de la Real Chancillería, del Ayuntamiento, Palacio Arzobispal, Catedral y de colecciones particulares llegaron lienzos, esculturas, documentos y la participación de Alonso Cano, Diego de Mora, Pedro de Mena, José de Risueño, José de Mora y Bocanegra entre otros, sin olvidar los valiosos documentos que la Casa de los Tiros expuso, desde los Reyes Católicos a don Juan de Austria. Leopoldo Torres Balbás fue distinguido con la Medalla de Oro de la Exposición por el Edificio, como también la Estación que exhibieron los jesuitas, mientras que fueron condecorados con la Medalla de Plata la empresa de tapices y con menciones honoríficas la empresa de mármol de Sierra Elvira y la de faroles artísticos... Y así fue como Granada, después de muchos esfuerzos, dejó tan alto el pabellón, gracias  a su pabellón. 

lunes, 23 de enero de 2012

Los leones de la Alhambra

Provienen de la que fue residencia del visir del Reino de Granada, el judío José Ibn Nagrella, que corrió la misma suerte que el resto de sus hermanos hebreos, siendo perseguido y asesinado por musulmanes como los otros 5.000 granadinos de ascendencia israelita. El Primer Ministro se estaba construyendo un Palacio en la hoy Antequeruela de Granada suntuoso y delicado. Del mismo vendría la suntuosa fuente con los doce leones que le da nombre al afamado Palacio de la Alhambra y que felizmente hemos podido recuperar desde este enero, con la restauración completa de tan inigualables piezas escultóricas.

La primera de las curiosidades que estas doce esculturas nos arroja es que ninguna es igual a otra. No encontrará el visitante un león idéntico entre sí debido a las diferencias en el pelaje o en los rasgos faciales que los distinguen y hacen únicos. La segunda de las particularidades reside en el tamaño. Seis son más grandes que los otros restantes, de forma que la taza de la fuente descansa realmente sobre la mitad del conjunto mientras que la otra mitad están tan solo adosados a la pieza. Así las cosas, se trata de seis leones y seis leonas, siendo los machos los que cargan con el peso de la fuente..

El sentido simbólico de este conjunto ornamental es complejo y sin dudarlo poético. Su origen estriba en la representación de las doce tribus de Israel, señalándonos en efecto al primero de los propietarios, el ministro hebreo Nagrella. En Mesopotamia y Persia el león es fiel representante de virtudes y cualidades como la bravura o el instinto sanguinario, además de otorgarle el mundo árabe la misión de vigilar y guardar las entradas de la ciudad o de los palacios, dejando en el mundo occidental, en el Mundo Cristiano dicha influencia como nos explica San Carlos Borromeo en el Concilio de Milán que se efectuó entre 1575 y 1582, donde el eminente cardenal recomendó "poner estas representaciones en las puertas de las Iglesias para recordar a los sacerdotes la vigilancia precisa en el cuidado de las almas.

El león como figura alegórica tiene en el Islam diversas interpretaciones, empezando por Ali, yerno de Mahoma, conocido por los siíes como el "León de Alláh ". En el Corán aparece relatado como un símbolo de justicia, ya que seis parejas escoltaban el trono de Salomón, al tiempo que la dinastía otomana solía incluir leones que figuraban sustentar el trono del califa. Sin duda, cuando Muhammad V, el emir de Granada, hace instalar esta fuente que estuvo arrumbada durante años para signar la zona privada de la Alhambra que hoy conocemos como Palacio de los Leones, advirtió esta antigua tradición persa y bizantina variando aquella simbología hebrea de las doce tribus de Israel sosteniendo el trono de Salomón para aplicarlo a la dinastía nazarí de los granadinos y a la Casa Real que él presidía en ese siglo XIV desde cuando están en este Patio alhambreño. 

En la taza hay un poema que Ibn Zamrak compuso en honor del siguiente sultán, Muhammad VI, casando la idea de poder y justicia regia con los leones, defensores del sultán que es el que ostenta el derecho y ejercicio de poder y de justicia. Se orientan en grupos de tres a cada uno de los puntos cardinales lo que ha hecho que algunos hayan querido interpretar a estos granadinos leones con una significación astrológica,  los símbolos del Zodiaco, los doce meses del año y todo ello en definitiva como ideal de eternidad.

La leonas miran hacia las Salas de Mocárabes y de los Reyes (antes conocida como "de la Justicia"); dos leones se orientan hacia las Salas de Abencerrajes y de Dos Hermanas de las que dijo el eminente arabista y profesor de la Universidad de Granada Emilio García Gómez, son el escenario de la confirmación del poder del sultán justo cuando se libró del presumible peligro de una oposición por parte de las familias nobles que amenazaban el trono. Si aceptamos esta teoría, la Fuente de los Leones toma una nueva dimensión: los animales están velando por el Emir, por el Palacio y por el Sultanato, de tal forma que encarnan la personificación de su Guardia Personal. Y si seguimos leyendo el poema, el agua que vierte el surtidor se entiende como los favores que da el Rey de los granadinos a sus súbditos. Por supuesto, los leones son los ciudadanos de Granada que reciben esa justicia y el bien de las decisiones que toma en favor del Reino. 


No podemos olvidar el concepto de la numerología para las culturas de Oriente y Occidente. Son dos grupos de seis y en seis días se hizo el Mundo como recoge tanto la Biblia como el Corán. Pero en este caso, el león tiene el valor que le dio San Jerónimo en el siglo V: "es terrible con los malos y dulce con los buenos". Y así, se convierten en los guardianes del Paraíso, seis de ellos permitiendo la entrada de los justos, otros seis expulsando a los que no son dignos de entrar en él. Y todo ello, quedaría magnificado si conservaran su policromía original, que cubría toda la blanca superficie de su impoluto mármol. 

Los leones de la Alhambra son obras de arte casi milenarios y todo un programa iconográfico, simbólico y poético que hace de ellos una de las mejores muestras e inventivas del Mundo del Arte. 

sábado, 21 de enero de 2012

Fachas

Proclamada la II República, los diputados progresistas se opusieron de manera cerril a que la mujer pudiera votar. Y no sería sino tras el triunfo conservador de la CEDA, de la derecha política española, cuando la mujer pudo acercarse a las urnas. La izquierda sostuvo que si las mujeres españolas podían acceder al voto, sería el cura que las confesaba el que introduciría el voto por ellas. No hace falta ser nada inteligente para observar que cuando alguien de la progresía política de este país le espeta a otro conservador el afamado insulto de “facha”, es un perfecto desconocedor de su propia historia. La fotografía de arriba demuestra lo expuesto. Se trata del Diario “El Heraldo de Madrid”, en su edición del 2 de octubre de 1931.

El mismo día, los periódicos progresistas “La voz” o “El Diluvio” se expresaban en términos parecidos. Si uno recuerda palabras del fundador del PSOE, tales como “tomamos la senda democrática porque nos conviene”, empieza a entender que en este país, fachas, lo que se dice fachas, son todos los que son, todos los que están y los que reniegan de su pasado y nos pregona claramente que no hace falta votar al PP para haberse ganado a pulso la condición de facha.

Y ahí lo dejo para el buen entendedor.