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sábado, 29 de diciembre de 2012

Ver menos que Pepe Leches


Muchos se habrán preguntado si existió Pepe, ese que no veía nada de nada, que sirve hoy día para señalar jocosamente un problema visual o para ironizar con la pérdida de la capacidad ocular, propia o extraña. No es raro, ya que si vivieron realmente Rita la Cantaora y en efecto hubo uno tan feo como lo esperado que se llamó Picio, habría de existir ese “don José de las leches” que tanto repetimos los españoles. Los hay que se atreven a señalar la intrahistoria del sevillano pueblo de El Viso del Alcor, en el que entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX vivió un lechero acuciado de dolencias visuales que solía tropezar frecuentemente y caerse, como en cierta ocasión, por los lugares más insospechados, caso en una ocasión de su tropiezo y caída al interior de un pozo. En El Viso pronto, ver poco fue sinónimo de “ver menos que Pepe Leches” (se entiende que el apelativo hace referencia a su oficio), y pronto
Sin embargo, en 1903 comenzó a circular por Madrid un pequeño librito, más folleto didáctico que otra cosa, que bajo el lírico nombre de “No hay prenda como la vista”, procuró mediatizar a los escasos lectores de la época sobre la importancia del cuidado ocular y especialmente sobre conceptos de higiene visual y corrección a la hora de leer o no forzar la vista. Entres sus hojas, se incluyó a posta a manera de reclamo, la historia jocosa de un viejo guardia de la población madrileña de Leganés y activo en su ejercicio a mediados del siglo XIX.
En el relato, el protagonismo es todo para José Fernández Albusac, guardia municipal del Ayuntamiento de Madrid, que no se andaba con tiento a la hora de cortar y dar por zanjada cualquier discusión vecinal y no se atenía a diálogos estériles cuando había de sancionar a un viandante. Excesivamente rápido a la hora de desenguantar su recia mano, atajaba problemas con la palma de ésta, lo que le valió ser conocido como Pepe Leches, que le venía como anillo al dedo por su pasión por la bofetada.
José Fernández era una institución en aquel Madrid que sobre 1840, no alcanzaba los 160.000 habitantes. Además le caracterizaba una profunda miopía que nunca fue atajada a tiempo, quizás por cierta necesidad de rudeza a la hora de vestir el uniforme de guardia municipal; sea como fuere, los años iban recrudeciendo la dolencia de José Fernández al punto de haberle hecho perder una gran cantidad de vista, algo que terminó por inmortalizarlo, unido todo ello a una frase que a manera de coletilla, repetía cada vez que solía coger a un grupo de amigos afectados por el alcohol o en medio de una disputa: “ninguno es totalmente inocente cuando dos se pelean”.
José Fernández, hacia 1845, empezó a sospechar de la fidelidad jurada ante un Altar que un día pronunció su mujer. Alertado y cada vez más meditabundo, la vida de una urbe como Madrid (a pesar de su recoleto tamaño en comparación con el actual), llena de problemas y enfrentamientos, y todo ello aderezado con el poco respeto que a causa de su vista cada vez más fallona le conferían los madrileños, terminaron por convencerse de lo útil y provechoso que sería regresar al pueblo de sus ancestros, aún rural y pequeño, pero intentando seguir en el ejercicio de la autoridad pública que tanto le gustaba y hacía disfrutar.
El guardia Fernández comenzó a acariciar la idea de entrar en un Cuerpo de Seguridad recién creado, la Guardia Civil. En un pueblo, quizás el suyo, dedicado a tareas por las que fuera respetado, alejando a su mujer de las tentaciones masculinas de la capital y gozando de la tranquilidad del campo español, José Fernández tenía que entrar como fuere en ese nuevo Cuerpo. Y la oportunidad se le presentó en la celebración de una cena benéfica a la que le habían enviado para prestar sus servicios, o bien se había encargado él de que se la adjudicara la vigilancia en ese acontecimiento, en el mismo instante en el que pudo saber que contaría con la presencia de Francisco Javier Girón y Ezpeleta, II Duque de Ahumada y fundador de la Guardia Civil un año antes (1844).  
Aprovechando un momento distendido de la encopetada fiesta, José Fernández se dirigió al Señor Duque de Ahumada en el intento de convencerlo de su capacidad y experiencia para ingresar en el nuevo cuerpo sin necesidad de tramitar peticiones y rellenar formularios; pero si Madrid se reía de él no era por gusto, pues en el momento preciso en que se creía frente al Excelentísimo Fundador de la Guardia Civil, empezó su meditado discurso, sin darse cuenta que se lo estaba diciendo de tirón (entre méritos inflados y proezas inventadas) a una niña pequeña, hija de los anfitriones, a quien confundió con Ahumada dando muestras inequívocas de su falta de visión.
Que no entró en la Guardia Civil nos consta, pero que su miopía próxima a la ceguera no cesó nunca de crecer, da fe que muriera a los años, atropellado por una carroza fúnebre cuando cruzaba al encuentro de una sobrina suya. Y déjenme que les diga: lo más probable es que esto lo escribiera algún lúcido y creativo escritor decimonónico que cobró por crear esta historia, por encargo de algún óptico que quisiera difundir su negocio y alertar a la sociedad de la necesidad de cuidar la vista. Pero nadie puede negar que siglo y medio después, si José Fernández Albasac, naturalde Leganés, Guardia Municipal de Madrid, no existió, es imposible borrarlo del colectivo español, que se ríe e ironiza de problemas visuales (humor patrio) diciendo que “ves menos que Pepe Leches”.

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