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martes, 4 de diciembre de 2012

Sálvame Deluxe (en el siglo XIX)


Propiedad del Blog "La Infantona" de Salvador Guzmán

Cabra, Subbética cordobesa. 21 de febrero de 1867. En el seno de una humilde familia nace la cuarta hija del matrimonio formado por el zapatero de San Roque (Cádiz) José Giménez Brito, y la egabrense María de la Sierra Flores Milla. Con los años, la joven, de nombre Carmen, va dando muestras de una belleza imparable mientras se afana en ayudar a la sencilla familia trabajando en la aceituna y en la remolacha que constituye la principal vía de sustento de la época. Así comienza la vida de Carmen Giménez Flores, la mujer llamada a remover los cimientos nada menos que de la Casa Real española. Alguien sin cultura y de un bajo estrato social que acampó en medio de la realeza europea y puso en jaque la fachada pulcra de los Orleans.

El Infante Maldito, esposo de Eulalia de Borbón

Siendo adolescente, Carmen Giménez marcha a Madrid con el objetivo de servir en alguna reputada casa que le librara del fatigoso día a día del campo andaluz, entrando a servir en una “casa bien” de la Villa y Corte, de unos paisanos egabrenses instalados en la capital de España. El matrimonio, bien posicionado, no sólo será quién le granjee a la joven de Cabra una vida distinta y menos sacrificada, sino quién, sin pretenderlo, le haga conocer al que fue el amor de su vida. ¡Nada menos que el nieto de Fernando VII, cuñado del Rey Alfonso XII y primogénito del que en su día fuera pretendiente al trono español: Antonio de Orleans y Borbón! Para aquellos que quieran recordar de lo que han sido capaces los Orleans, les dejo la entrada que en su día subí a esta Alacena sobre tan ILUSTRE FAMILIA.


Doña Eulalia de Borbón, hija de Isabel II y tía abuela del entonces Rey Alfonso XIII.

Todo puede parecer normal. Joven aristócrata de lo más granado de la sociedad española se enamora de sirvienta joven y guapa, iletrada y con ambiciones. Casi que estaríamos ante un guión de aquellas películas españolas de la pasada década de los setenta, con un descocado Antonio Ozores y un “revuelto” José Luís López Vázquez. Quizás las escenas picantes de cama del cine español de destape, con la criada sobada por las manos de Pajares y Esteso. Y quedaría todo en anecdótico, a no ser que contemos que Carmen Giménez fue la causa del primer divorcio de la historia de la Casa Real española y quién puso en jaque la honorabilidad de la familia Orleans y del matrimonio que Antonio tenía con, nada menos que Eulalia de Borbón, la hija menor de la Reina Isabel II y hermana del difunto rey, Alfonso XII.

Carmen Giménez. Foto del Blog La Infantona, propiedad de Salvador de Guzmán

La relación de Antonio de Orleáns y Carmen Giménez estaba ya plenamente consolidada a mediados del año 1892. Fue la propia Infanta Eulalia de Borbón, la que descubrió la carta que confirmaba el amor extraconyugal de su marido con la de Cabra, que por cierto exhibía la realidad cultural de la sencilla Carmen Giménez. El “amoroso texto” empezaba diciendo: ”Sielito mío”

Pero a Antonio de Orleans la intelectualidad de su amante le iba a ser indiferente; y en el amorío que duró varios lustros (y que no fue el único desliz que se permitió el conocido como “Infante Maldito”) gastó generosísimas cantidades de dinero. Porque la relación entre Carmen y Antonio iba a ser un pozo sin fondo. De repente, “la otra” pasa de trabajar el duro campo cordobés y de limpiar la cubertería de unos burgueses bien del Madrid de finales de siglo XIX a recibir los más lujosos regalos de todo un infante, entre los que se encontraban nada menos que una mansión en París, viajes europeos o una nada desdeñable “casita” para el relax de la furtiva pareja en Sanlúcar de Barrameda.

La población gaditana donde muere el Río Guadalquivir será escenario de sus encuentros amorosos. Sin esconderse de una relación “prohibida”, el entonces Duque de Galliera  pasea de la mano de su amante mientras la tía del Rey (el niño Alfonso XIII), aguanta con el estoicismo que aprendió la generosidad infiel de unos cuernos ducales mal llevados. De este impropio escarceo que no tapan a la vista pública da cuenta sus compras por los locales comerciales más distinguidos de Sanlúcar, sus comidas en el entonces exquisito Restaurante Viena y como guinda del pastel, las obras de un suntuoso palacio a imitación del soberbio edificio familiar de los Orleans en Sevilla (la llamada segunda residencia real española, que lo fue casi de facto en vida del ruin Antonio de Orleans padre), el impresionante Palacio de San Telmo que hoy usa el Presidente de la Comunidad Autónoma andaluza.


Entre la sociedad aristócrata sanluqueña, Carmen Giménez ya es conocida como LA INFANTONA. Pero adquirir tan importante tren de vida y codearse con la alta sociedad con el único mérito de ser la amante de un infante, le valdrá el desprecio de la nobleza española. Eso sí, el cuento de la Cenicienta, cuya primera versión conocemos por el francés Charles Perrault (1697) se está desarrollando a la perfección. Al palacete que usan como “nidito de amor” se le añadirán la finca “El botánico” y otra que se valoró en 1899 en la impresionante cifra de 250.000 pesetas. Se trataba de un refugio exclusivo bajo el nombre de “El mestre”.

Foto de Marilo Mab para Minube



Las fincas había que amueblarlas. Manos, cuello y orejas de la graciosa cordobesa, también. Llegan joyas, tapices que estuvieron en el Palacio boloñés de los Galliera, mobiliario barroco.... Incluso cuantías económicas que de inteligente manera, alguien aconseja a la “amante”, depositar en cuentas suizas. El capricho más deseado por Carmen Giménez fue que su amante le regalara un suntuoso mausoleo con el fin de descansar plácidamente el resto de la eternidad en el cementerio de su pueblo. Y el infante Antonio de Orleans no tuvo mejor manera forma que complacer los deseos de su “cordobesita” que encargándole al inconmensurable Mariano Benlliure una obra digna de reyes, pagándose por adelantado (como en los libros de cuentas del obrador de este insigne escultor se han encontrado) 200.000 pesetas, a las que se sumarían otras 100.000 pesetas para completar el resto de la decoración. Hoy, el sepulcro de mármol de Carrara con los restos de Carmen Giménez Flores está en la Capilla de la Fundación Vizcondesa de Termens de la que hablaremos más adelante. 

Mausoleo de Carmen Giménez en la Capilla de la Fundación del Vizcondado de Termens, Cabra.

Pero a la ya conocida como “Infantona”, le preocupaba que los linajes históricos españoles no respetaran su reciente condición (debe ser que acostarse con un duque emparentado con la Casa Real aporta nobleza) y no descansará hasta que Antonio de Orleans le procure el título que sirva para entrar en la aristocracia hispana y acalle el apodo que tan mal encaja, aunque hace referencia a sus orígenes, de los que al parecer se avergonzaba. En efecto, el de Orleans se puso manos a la obra. Aprovechando que desde el siglo XVII había quedado sin reclamación un título nobiliario creado para el General de Artillería de Cataluña y Gobernador Militar de Lérida don Gregorio Brito por el mismo Rey Felipe IV, y que el I Vizconde de Térmens (el mencionado General) tenía un curioso apellido que coincidentemente era el mismo que uno de la madre de Carmen Giménez (Brito), se falsearon partidas bautismales y se construyó un falso árbol genealógico con el objeto de presentar a la amante como descendiente de esta familia. Y coló; en 1909 se expide por Alfonso XIII la Real Carta de sucesión de aquel título a favor de Carmen, que desde entonces acaba siendo conocida (o al menos eso pretendió) como la Excelentísima Señora doña Carmen Giménez-Flores Brito y Milla, II vizcondesa de Termens. ¡Un engaño para aumentar su codicia! Y no quedaría en eso. A las 500.000 pesetas que costó todo el papeleo, trámites y tramas urdidas para la consecución del título, habría que sumar la talla en piedra del escudo de armas que se hizo colocar en su residencia parisina, residencia por cierto que el lector a estas alturas, sabrá que corrió a cargo de Antonio de Orleans.

A la Infanta de verdad, es decir, a la esposa del de Orleans Doña Eulalia de Borbón (tía abuela de Alfonso XIII), esta relación ya le parecía hasta cómica. Dejó escrito lo que sigue: “Mi marido, en sus aventuras, era algo más que principesco, y la fortuna de Montpensier, junto con mi patrimonio y mi lista civil, se le iba de las manos rumbosamente... Sevilla, París y Madrid lo vieron pasar en carruajes lujosos junto a una amiga a la que apodaron La Infantona, mientras yo en París me encontraba en una situación comprometida, difícil y molesta de una casada sin marido”.

La extraña pareja fotografiándose a la oriental en La Alhambra de Granada. 
Fotografía de La Infantona, propiedad de Salvador Guzmán.

Un día Carmen Giménez Flores, ascendida a golpe de cama y sábana a Excelentísima Señora Vizcondesa, la relación no le interesa. Son casi 30 años de convivencia encubierta y de amoríos callados y ocultos (aunque no funcionara tanto disimulo, porque desde la legítima mujer a media sociedad parisina y madrileña lo sabían) que terminan por hartarla. A eso, hay que sumar que “El infante maldito” no se contenta con una mujer y una amante. Aristócratas inglesas, cantantes francesas y todo un salterio de féminas conocen los secretos del dormitorio ducal. Mientras, la verdadera Infanta pasa apuros. Pero como es otra historia, digamos que a la Excelentísima Señora Duquesa, se le gasta la pasión con el Orleans y decide poner punto y final a la relación. No por despecho, claro, porque, digámoslo con fineza, las sábanas de Carmen Giménez no eran precisamente desconocidas en París...

El Palacio Botánico que fuera de los Duques de Montpesier

Carmen se retira a Sanlúcar. Al de Orleans, las cuentas no le salen: ha invertido la mareante cifra de 10 millones de pesetas en esta relación. Ha arruinado a la familia y vendido propiedades seculares de la Casa de Orleans. Su regia esposa malvive, su matrimonio se rompe, sus hijos no quieren saber de él. Carmen por su parte, sigue su vida; se casa en 1921 en su Cabra natal con un Capitán de Infanteria, Luís Gómez de Villavedón y Santos que la deja viuda cinco años más tarde, muriendo en extrañas circunstancias. Para entonces, Luís Gómez es comandante y limpiando una pistola, ésta se dispara con el fatídico final de la muerte del experimentado militar que para colmo, había estado a punto de recibir la Laureada de San Fernando, la más prestigiosa de las condecoraciones militares españolas por su arrojo en la Guerra de Marruecos. ¡No parece cuando menos normal este accidente!

Desde esta fecha, a la Vizcondesa los pleitos se le van a amontonar; la familia Orleans le reclama propiedades cuya cesión no está del todo clara; El Botánico pasa de nuevo a manos de los herederos de Antonio de Orleans. El famoso collar de Carlos V, una histórica joya familiar, centra y polariza la atención de la época, y Carmen Giménez ha de devolverlo, no sin antes recibir 700.000 francos de la época. El Infante es incapacitado mediante la demanda presentada por sus dos hijos. De la Infanta Eulalia no sabemos nada, pues había decidido no seguir su vida junto a tan descarriado esposo, pero significa que los pleitos son ganados por los Orleans-Borbón y Carmen, viuda y ya sexagenaria, tiene que establecerse definitivamente en su casa de Cabra, consagrando sus últimos días a la actividad caritativa y a generosas donaciones a Cofradías locales, siendo la de la Expiración y angustias la que termine por elevarla a Hermana Mayor incluso.  

Morirá en Cabra en 1937, a los 70 años. Había sido la otra, la amante. El título sigue vivo en sus sobrinos nietos que, aunque pueda parecer extraño, mantienen el Vizcondado de Termens aunque ya sabemos que se consiguió ilícitamente. La historia me recuerda la ambición de algunas mujeres y cómo los refranes del estilo de “tiran más dos tetas que dos carretas”, pueden cumplirse. Pero como dice el aforismo latino, “nada nuevo bajo el sol”. Hoy no se buscan títulos nobiliarios, escudos de piedra tallada, sepulcros de Benlliure ni el reconocimiento social de la aristocracia española; ya no se estila. Pero eso sí, Sálvame y el resto de programas rosas de la más baja televisión nacional, da muestras a diario de este tipo de “ascensos sociales”. A falta de Gran Hermano y bazofias por el estilo, una mujer de aquella época podía componérselas para poner en jaque a la familia cercana a la Casa Real Española y hacerse con sumas de dinero más que generosas. ¡Ya ven que la historia de la codicia humana es la historia de la humanidad”

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