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jueves, 20 de diciembre de 2012

La Chata


Isabel de Borbón con 16 años por Madrazo.

María Isabel Francisca de Asís Cristina Francisca de Paula Dominga de Borbón y de Borbón... Hija primogénita de la Reina de España Isabel II, dos veces Princesa de Asturias y hermana del rey Alfonso XII. Pero ella será ya para siempre, La Chata, la más castiza, populachera, franca, sencilla y cercana de cuantas personas ha tenido la Corona de España. Una vida a caballo entre la pompa regia y el drama hollywoodiense que resume al miembro de la Casa Real más querido y más sentido; madrileña castiza pero con más sangre azul en sus venas que las de muchos reyes, Isabel fue una aficionada a los toros y a las verbenas, excelente pianista y con el favor y la simpatía del pueblo, hasta el punto que tras la muerte de Alfonso XII, el entonces Presidente del Gobierno, Antonio Cánovas, la obligó a renunciar a la corona. Sin duda, antes de que naciera Alfonso XIII y se produjera la regencia de la viuda del Rey y Madre (María Cristina), Madrid entero querría haberlo visto en el trono.

Retrato de la Infanta a la edad de 4 años.

Nació tal día como hoy, hace 161 años y en la relación amor/odio que ha unido a los Borbones y a los españoles desde 1804, la única que se ha salvado de cualquier extraña opinión fue nuestra espontánea Infanta. El siglo XIX y el primer tercio del Siglo XX se puede entender como el periodo de tiempo en el que el español se aficionó a echar a sus reyes de España y a volver a sentarlos en el trono. Pero será Isabel de Borbón la única que tras el estallido de la II república y el exilio real, no abandonaría Madrid ni lo consentirá el ciudadano. Ella si fue la princesa del pueblo, la verdadera princesa del pueblo. El Gobierno interino de la II república fue quien pidió a la Infanta que no saliera de Madrid. Quizás porque estaba enferma y a punto de cumplir 80 años, pero la única amnistiada fue nuestra “Chata”, que con todo, quiso irse con su familia muriendo al poco en el París del destierro. El 23 de abril de 1931, 9 días después de que la tricolor ondeara en las calles españolas, entregaba el alma en el Convento de Auteuil. A los pocos días, ni siquiera esa nueva España republicana y persecutora de la Iglesia y de la nobleza (hasta matar) se pudo contener y decía la prensa: “Era, indiscutiblemente, la figura de la Familia Real más popular y querida en Madrid, por su espíritu democrátio y castizo”.


Su populismo residía en una sencillez llevada al extremo; habiendo nacido en el Palacio Real acudía a los mismos sitios que el pueblo llano. Se dejaba ver en romerías y procesiones, en verbenas populares y banquetes de gala, pero por encima de todo, en su habitual asiento en la Plaza de Toros de la Calle Alcalá, coso en el que dejó patente su afición y hasta su entendimiento de la Fiesta Nacional. Luego, le tocó el turno a la Monumental de las Ventas, como también lo hizo en la Plaza Vieja de la Fuente del Berro. Pero de lo que nunca se olvidó es de usar su figura para presidir y aumentar las recaudaciones de la infinidad de organismos asistenciales y de caridad que llamaban a su puerta buscando colaboración o el préstamo de su reconocida imagen.

La Chata era “gata”. Castiza hasta el tuétano, vestía de forma llamativa y alegre, hablaba con cualquiera, se saltaba las restricciones protocolarias, era generosa y sencilla y lucía con orgullo una mínima y respingona nariz que le valió el apodo por el que se ha inmortalizado su figura. Para entender mejor lo que suponía la Infanta en el Madrid de su época nada como escuchar y leer El "Romance de la Infanta Isabel", poema escrito por Rafael Duyos (1906-1983) que en 1957 el actor Alejandro Ulloa grabaría: 





-¡Deprisa que no llegamos!
¡Quiero la mantilla blanca!

Que run-run por los salones
del palacio de Quintana,
mayo y tarde de domingo.

En el piano una sonata.

Se le deshacen los dedos
gordezuelos, a la Infanta.

-Maestro Saco del Valle,
tanto Bethoveen, me carga.
Os lo digo sin rodeos,
Chopin si me llega al alma;
mientras me visto tocad
este nocturno. ¡Caramba!
¡Son las cuatro menos cuarto!
¡No llegamos a la plaza!

-Las damas transmiten órdenes.
El coche llega a las cuatro.
Con el traje de su alteza
de colores lila y grana
con encajes de Bruselas,
apretando cuello y mangas,
y rematando la orilla
manola de gran falda,
dos camareras la visten,
mientras Isabel no para:

-Dame el abanico verde
de Mercedes mi cuñada,
el que ella llevó a los toros
cuando era reina de España.

No, no quiero ese collar
ni esos pendientes, no, ¡nada!
Unos claveles prendidos
en el pelo ¡Y a la plaza!

¡Vamos! ¡Deprisa! ¡Ligeras!
Que las cuadrillas no aguardan
Recuerda que Romanones
viene a merendar mañana.

-¡Armas! ¡Armas a su alteza!
Grita el teniente de guardia
(Flecha de seda y charol).
Sale el landó de la Infanta,
y a ritmo de pasodoble
van la yeguas salazanas,
llevando a Isabel de Borbón
igualito que en volandas.

-Princesa, Bailén, Mayor,
y Alcalá. Dame el programa...

¡Ajá! ¡Hoy torea mi torero!
-¿Cuál es tu torero Juana?
-El mío es "El Gallo" Alteza.
-¡Uy! ¡"El Gallo"! ¡Quien lo pensara!
Torero gracioso pero
no te arriendo la ganancia.
Yo, de Vicente Pastor.

Uy qué raro...Antonio Maura
- Adiós, adiós... ¡Cuánta gente!

La reina se queda en casa
pretextando una jaqueca...

Los toros la asustan ¡Vaya!

-Ya estamos, ¿y mi abanico?

Junto al coche de la Infanta
la gente se arremolina
(“Buenas tardes, muchas gracias...
¿Qué tal Arbós?, ¿a los toros?

-No faltaré esta semana.
Quiero asistir al estreno
que anuncian de ese tal... ¿Falla?

¿Qué hay Benlliure, hola Tamames.
Con Dios Duque de Veragua
Ya, ya sé que los toros
que hoy se lidian son de tu casa)

Abren paso como pueden
los de la guardia montada
¡Quitasoles!, ¡abanicos!
¡almohadillas!, ¡naranjadas!

-¿Qué hay empresario? ¿Contento?,

-Vengo yo sola, más ancha...

-Sí, sí, que me brinden toros.
-No, no, al contrario, me agrada...

Ya traía en previsión
tres pitilleras de plata,
La infanta llega a su palco
y al entrar, toda la plaza
puesta en pie se arremolina
batiendo alegre las palmas,
mientras la marcha de infantes
resuena en las altas gradas,
y el sol pone al rojo vivo
las barreras encarnadas.

En la andanada de sol
con popular algazara
Lo morenos se alborotan
y gritan ¡Viva la Chata!

Y en los tendidos de sombra,
las cabezas inclinadas
se rinden por un segundo
ante su augusta mirada;
cuando se sienta Isabel
resuena el clarín de plata.

Entre el clamor, las cuadrillas
cruzan la arena morada,
Pastor, Machaco y el Gallo,
(un trío de rompe y rasga):
la Almudena, la Mezquita
y un poquito de Giralda.

La corrida se desliza
bien y mal, una de tantas.
Doña Isabel de Borbón
tras de la regia baranda,
bulle, ríe, palmotea
y hasta jalea (en voz baja)

Y rompiendo el protocolo
más de un "¡Ole!" se le escapa,
con el acento chispero
que suspira en su garganta
cuando Rafael el Gallo,
tras su clásica espantada
se adorna por bulerías
con la larga afarolada.

La Infanta, luego al salir,
(la tarde ya oro y malva),
desde Alcalá por Cibeles
remonta la Castellana;
dan una vuelta y por Génova
suben después hacia casa.

En glorieta de Bilbao
al pasar piden horchata
de un puesto en que se le antoja
beber. No pueden pagarla
No llevan ni un perro chico.

Apuros de la azafata...

La Infanta y el horchatero
ríen de muy buena gana.

-Ya te pagare otro día.

-¿Pagarme? ¡Está convidada!
Yo estoy pagado con solo
verla a usted en mi casa
y con poner un letrero
"Proveedor de la Infanta".

Palmoteos, sombrerazos.
El coche sigue su marcha,

-¡Fijaos! ¡La Infanta Isabel!
-¡Mirad! ¡Mirad! ¡Si es la Chata!

Cuando llegan a Palacio
(la tarde ya declinada)
un organillo en la esquina
con ritmo alegre desgrana
notas del cabo primero
mientras presentan sus armas
al paso de la señora,
los soldados de su guardia.

-Vamos que hay cena en Palacio
y en el Real La Traviata.
Como siempre llegaremos
al acto segundo. ¡Ah! llama,
pregúntale por teléfono
a la empresa de la plaza
para el domingo que viene
¿qué corrida nos prepara?

Yo quizás no pueda ir,
con esto de ser Infanta
¡Demonios del protocolo!

No me negarás, mi dama
que este Vicente Pastor
es el que manda en España
(se entiende, después del rey)

¿Cómo dices? Sí, sí, claro,
la noche es noche de alhajas.

Quiero el collar de chatones
y ese broche de esmeraldas;
quiero empatar a esa tonta
Embajadora de Francia.

En fin, vamos a Palacio...
Con lo bien que se está en casa.

O como mi hermano hacía
cenando por esas tascas
de tapadillo. ¡Era un hombre!
Que aun siendo rey se saltaba
las cosas a la torera

¡Ay! Madre y señora,
quien volver a nacer lograra
para ser solo mujer...
En vez de nacer Infanta.

Unos segundos después
con sus sobrinos estaba.

Las dos reinas impacientes
se acercan para besarla.

Chicoleo con los nobles
sonrisa la diplomacia;
taconazos del saludo.
Golpes de las alabardas

-¡Paso a su alteza real
La Infanta Isabel de España!

Fuera, en la Plaza de Oriente
las violetas pregonaban
y ¡Heraldo con la corrida! ¡Del santo!
¡Fresquiiiiita el agua! Y un chavea, un raterillo,
con la colilla apagada
Calle Arrieta hacia arriba
decía "¡He visto a la Chata!"


 Desde el primer instante en que vio la luz no tuvo las cosas tan fáciles como cualquiera puede pensar habida cuenta de su nacimiento en  un Palacio Real. La ocultada homosexualidad de su padre obligaba a pensar que éste, el rey consorte Francisco de Paula, no era el verdadero progenitor. Se resistió a presentarla según el protocolo palatino al que accedió gracias al presidente del Consejo de Ministros, don Juan Bravo Murillo. Al menos el rey consorte no montó el escándalo que protagonizó con su anterior hijo (fallecido al poco) pero a los ocho días, cuando se cumplía con el rito de presentar a la Infanta ante la Virgen de Atocha, el perturbado cura José Martín Merino se abalanzó sobre la reina y la apuñaló, no pasando de una herida gracias a las ballenas del corsé y no resultando herida el bebé Isabel gracias a la contundencia con la que se aferró a su cuerpecito su regia madre. Ahora que es imposible de demostrar, siempre quedará la duda de si el cura, loco de atar, no actuó comprado con dinero del cuñado de Isabel II, el Orleans que sí acabó con la vida de un hermano del Rey consorte y con el entonces Presidente del Gobierno Juan Prim. Ya vimos en su momento la cantidad de males y quebraderos de cabeza que los Orleans causaron a España. 

El futuro Alfonso XII con sus hermanas.

Tenía “Isabelita” seis años cuando vino al mundo su hermano Alfonso. Fallecidos ya dos hijos, la Infanta y Princesa de Asturias tenía al fin un hermano. Se supuso que la niña le tendría celos, pero la verdad es que desarrolló pronto una disposición maternal y protectora que les hizo inseparables de por vida. Juntos y solos pasaron varios años y luego se les unieron las infantas que sobrevivieron: Pilar, Paz y Eulalia. Murió la quinta infanta, María de la Concepción, a los dos años, y el noveno y último, Francisco de Asís, a los 20 días. Siempre hubo dos grupos: el de Isabel y Alfonso y el de las otras tres infantas.

Retrato con 16 años

En 1870, concluida la unificación de Italia, se proclamaba Rey Víctor Manuel, de la Casa de Saboya y el Gobierno de España reconocía al nuevo Estado para enfado del Papa. Esto suponía el fin de más de 1.100 años de historia de los Estados Pontificios y Pío IX se convertía en el último soberano de una Nación que quedaba reducida a un pequeño territorio dentro de Roma. Que la Reina de España, obligada por el Consejo de Ministros, hubiera autorizado el reconocimiento de Italia sentó arrebatadoramente mal a Su Santidad e hizo estragos en la muy católica mentalidad de Isabel II que encontró en la boda de Isabel con uno de los hijos del rey de Nápoles, la excusa para amistarse de nuevo con el Papa y buscar un acercamiento entre los Borbones de España y de las Dos Sicilias. Fue así como nuestra protagonista, la Chata, se convertía en esposa de Cayetano de Borbón.

Foto del casamiento con Cayetano de Borbón

Isabel hija había sido destinada a la sacrificada labor de poner paz mediante un velo de novia. Y el matrimonio nunca fue feliz; se casaron en mayo en Madrid y cuatro meses después tenían que salir del país tras el derrocamiento de Isabel II y el nombramiento de Amadeo de Saboya como nuevo rey de España.  A Isabel le tocó lidiar con un marido propenso a ataques de epilepsia, muy dado a intentar suicidarse y prometedor saltarín de balcones, pues así intentaría acabar con su vida. Al fin, a los tres años de matrimonio, logró su propósito pegándose un tiro en Lucerna. Con apenas 20 años, Isabel se quedaba viuda y en el exilio. A lo largo de sus tres años de luto, España sintió absoluta pena por su infantita 18 años, subía al trono. Estaba claro que su hermana favorita, no faltaría en el regreso ni en la ceremonia.

Fotografía que inmortaliza el luto por la muerte de su marido.

Isabel estaba en edad de volver a casarse y eso pretendieron sin contar con su aprobación. Sorprendentemente, el elegido no aceptó e Isabel quedó libre, adquiriendo un palacete de la Calle Quintana en el que vivió el resto de sus días junto a tres damas de compañía y una legión de gatos. Ejercía la beneficencia y el auxilio de los más necesitados con fruición. Se mezclaba en el ambiente madrileño como si fuera una sencilla ciudadana más y revolucionaba con su casticismo aplastante a cuantos la veían pasear. Fue una excelente pianista, una amante de la cerámica y una taurina irredenta. Apadrinó a cuantos jóvenes talentos tuvo ocasión y una caída del caballo, gusto por la equitación que han heredado entre otras Elena de Borbón, casi le cuesta la vida. Desde entonces decidió que los caballos debían ser para la Guardia Real.

La Infanta con el Presidente Argentino.

Su única labor protocolaria fue el viaje a Buenos Aires en el Centenario de la Independencia argentina, ejerciendo la representación real. En Buenos Aires, el gentío estuvo varias veces a punto de aplastarla. Pero su verdadero escenario fue hacer que la realeza pasara por vulgo. Y el vulgo la adoró hasta el punto que el 14 de abril de 1931, nadie quiso que abandonara su casa ni se marchara de España, y menos los republicanos que la habían tratado de cerca y comprobado su filantropía. Pero quiso, enferma y moribunda, acompañar a los suyos muriendo a los días. Al saberse su muerte, en la Plaza de las Ventas se guardó un minuto de silencio. Desde 1991, la Infanta querida descansa en suelo español, enterrada en Granja, donde pasaba los veranos., tan cerca de ese Madrid que adoró y cuyo matrimonio amoroso fue recíproco. 
Detalle de su Monumento en la Granja de San Ildefonso.


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