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miércoles, 19 de diciembre de 2012

Felipe V


Carlos II adorando la Eucaristía (Claudio Coello, 1699)

En el  año 1700 a Carlos II le quedaban suspiros de vida. La abominable mezcla genética de siglos de casamientos entre Habsburgo le propiciaron una ingente cantidad de males y una superlativa impotencia que le valdría por apodo, “el Hechizado”. Carlos era el último Austria español, la potencia que hasta muy poco antes había gobernado durante 200 años el Mundo pero que a pesar de su doblegada situación, seguía contando con el Imperio más extenso y la posibilidad de intranquilizar al resto de potencias. El pastel español era pretendido por austríacos, franceses, ingleses y alemanes. Todos encontraron en sus linajes, algún pariente que pudiera sentarse en el trono hispano; el más directo sucesor moría a una tierna edad y José Fernando  dejaba de ser la esperanza de los españoles. Un alemán nos hubiera dado en todo caso, fabulosas, racionales y laboriosas excusas para hacer una España más grande.

Observen el miedo lógico del Rey de Francia, con el Sacro Imperio y España rodeándolos.

Francia, no quería ni hablar del tema. Suspiró y pataleó de gusto en el instante en que supo de la muerte del de Baviera porque al rey Luís XIV, el Sol de los franceses, de repente le dijeron que el sucesor más directo ahora que el alemán había muerto, era su nieto. Las tornas habían cambiado, puesto que de ver su reino rodeado (Alemania al norte y un alemán sentado en el trono español, es decir, al sur), convertía en vasallo y súbdito al rey de España, habida cuenta que iba a ser su nieto.

Grabado alemán del Sitio de Gibraltar de 1722

Poco nos interesa ya la Guerra de Sucesión, las pérdidas territoriales y económicas que supuso el enfrentamiento de seis potencias europeas con España intentando arrebatarle algo de ese Imperio en el que no se ponía el sol y claro está, las vicisitudes que el Tratado de Utrech todavía sigue teniendo para nuestra Nación, recordando, como debemos recordar, que Gibraltar sigue siendo el testigo que avisa de aquel hecho histórico.

Felipe V matando la Herejía (Felipe de Silva, 1712)

El nuevo rey sería Borbón y francés. Era Felipe, nieto de Luís XIV, duque de Anjou y que tal día como hoy de hace 329 años nació en el Palacio de Versalles sin entonces sospechar nadie que estaba llamado a convertirse en el primer Borbón de la rama española, fundador de la nueva dinastía monárquica en España y el Rey que más tiempo ha sustentado la corona en la historia de nuestro país, nada menos que 45 años.

El Archiduque Carlos de Austria es jurado como el Rey Carlos III de Aragón.

Vayamos a su reinado. Los austríacos no iban a permitir que el francés tuviera tan fácil el trono. Su candidato, el Archiduque Carlos, que se había autoproclamado Carlos III, entraba en Madrid un 19 de abril de 1701 lanzando monedas a ambos lados de las aceras con el objetivo de demostrar la solvencia de los Habsburgo y atraer a su causa a la Villa y Corte. Los madrileños, que a gracejo y ocurrencia castiza no les ha ganado ni la fama de Andalucía, corearon de inmediato: “viva Carlos III mientras dure el dinero”. Pero el grado de parentesco que le unía con el difunto Carlos II era el de sobrino segundo, mucho más alejado que el de Felipe de Borbón (era nieto de una tía de Carlos II) y para colmo, en su testamento había dejado bien claro el último Austria español que quería al francés como heredero. ¡Asunto resuelto!

Aclamación de Felipe V en Madrid (Nicolás Guerard, 1700)

Así las cosas, el 8 de mayo de 1701 juraba Felipe... Se acababa de convertir en el quinto de los que llevaron ese nombre en nuestro trono, en el primer francés, primer Borbón y... PRIMER LOCO. El abuelito Luís debía recordar desde su Versalles la cantidad de veces que los españoles habían derrotado a los franceses, el domino de los primeros sobre su pueblo y que seguían siendo el enemigo. Así que aleccionó bien al nieto, le leyó la cartilla de lo que podía y no hacer y lo mandó para España, pero se le olvidó una cosa: enseñarle español. Una nimiedad que no gustó en el pueblo, con memoria como para recordar que cuando Carlos I (el Grande, el Magno, el Emperador) llegó con su corte de belgas (entonces flamencos) y alemanes la lío y bien liada en la Vieja Castilla y naciente España. Alguno hubo que dijo: si hace 200 años uno que no sabía nada de nuestra lengua conquistó el Mundo conocido, a lo mejor éste supone el mismo beneficio a España.

Retatro de la Princesa de los Ursinos por Miguel Jacinto Meléndez (1712)

La primera tarea fue buscar pareja a Su Majestad. El abuelito Luís decidió que era hora de amistarse con los alemanes y escoger a una hija de Leopoldo de Baviera. Pero el rey germano le contestó que el que tenía que ser rey era su hijo, no mandar a una hija suya de reina consorte. Compuesto y sin novia, al abuelito le pareció todavía mejor emparejar a la criatura con una Saboya, para reforzar vínculos italianos y que los austríacos, deseosos de hincar el diente en las posesiones españolas, se encontraran por lo menos con la rivalidad de unos súbditos que no atacarían las tierras de su “señora”. Y la elegida fue María Luisa, una reina que no destacará por su belleza pero que aportó cultura, academicismo, galantería y mucha complicidad con el pueblo. ¡Y hablaba español! Como quiera que se daba la feliz coincidencia de ser el primer francés rey y la primera italiana reina, el Papa, orgullos de su paisana, la condecoró nada menos que con la Rosa de Oro, la máximo distinción vaticana.

Cartel de la película española "La princesa de los Ursinos" (1947, dirigida por Luís Lucia)

El segundo regalo de la Reina María Luisa antes de pisar España se lo mandó el abuelo de su marido... A una camarera mayor con las órdenes de convertirse en espía de Francia dada su proximidad a los reyes y su complicidad hogareña desde el interior de Palacio. La boda era presagio de la tensión que se vivía entre españoles y franceses. Nuestros antepasados comprendieron desde el primer momento que en España iba a reinar Francia y los franceses querían dejar constancia de su posición preeminente. Así que hasta la misma celebración de la boda se vio envuelta en estas cuestiones rivales, resolviéndose que el menú contendría el mismo número de platos españoles que franceses. Pero la corte hispana decidió que si en el pasado los franceses se habían olvidado de los pactos, era hora de devolvérsela y qué mejor que componiendo un menú todo de platos españoles, que sentó arrebatadoramente mal a Felipe V y a su séquito. ¡Pero se lo comieron! María Luisa descubrió dos cosas esa noche. La primera de ellas, el sexo. La segunda, que con el sexo podría hacer lo que quisiera con su marido.

Vista del Alcázar Real de Madrid. Félix Castello (h. 1630)

Y los españoles descubrieron a la camarera mayor, a la princesa de los Ursinos, que éramos personas en las que fiarse. Y rompió poéticamente el contrato de espionaje que había firmado con el “Abuelito Sol” para hacerse la más patriota de las españolas que nunca antes ni después nacieron en Francia. Y el primer objetivo que la camarera mayor se fijó es que la enorme cantidad de cortesanos franceses e italianos del Real Palacio de Madrid se convirtieran en españoles. Ahora que en los equipos de fútbol de la élite de nuestra liga quieren “españolizar” sus plantillas, sepan que eso mismo hizo en la Corte la buena Princesa de los Ursinos, a la que habrá que agradecerle lo mucho que quiso a España.

Familia de Felipe V por Jean Rac (1722)

La guerra se recrudecía. Los austríacos no iban a abandonar su proyecto imperial por mucho que legítimamente el trono fuera de un Borbón. Milán y Nápoles ardían y se precisó de la presencia del Rey. Éste, empezó a demostrar para qué había sido realmente mandado a nuestro trono: para convertirse en pelele, en marioneta, en títere y fantoche de su abuelo y de los intereses de Francia y hasta para hacer lo que su responsabilidad real ordenaba, le pidió permiso a “Abuelito Luís”. IR A LA GUERRA. A Carlos I o a los Reyes Católicos nunca se les olvidó que iniciar cualquier guerra significaba jugarse la vida de sus súbditos si ponían en peligro la suya, dando muestras de dignidad que hoy día no tienen ni los mandatarios que ordenan guerras desde la seguridad de sus despachos. El caso es que nuestro rey volvió entero y mientras tanto, su mujer empezaba a ser aclamada hasta en Barcelona, que apoyaba a Austria, gracias a la inteligencia y diplomacia de la “Ursinos” que para más muestras de su impecable servicio, cuando Luís XIV se dio cuenta que la espía que mandó no actuaba como tal, cambió de embajador francés ante España con ese mismo objetivo: medrar desde dentro de Palacio y velar por el cumplimiento de los deseos franceses en el trono español. Pero la de Ursinos se había ganado la confianza de los Reyes y había demostrado que a española no le ganaba ni la más castiza chulapa de Madrid. Así que asesoró a Sus Majestades y cuando el nuevo embajador se plantó a por sus credenciales ante Felipe V, éste le contestó lo que momentos antes le había recomendado la de Ursinos: “Dígale a Su Majestad mi abuelo, que el Rey de España soy yo, no él”.

Continuará

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