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sábado, 22 de diciembre de 2012

El Caso Dreyfus


Los españoles tendemos a creer que cualquier cosa de fuera y los sucesos políticos de otros países, siempre son mejores y envueltos en un halo místico de progreso y superioridad que nos sacan los colores. Sólo hace falta viajar un poco y conocer algo de historia para darse cuenta que este país, a pesar de las circunstancias que atraviesa, no es ni de lejos, inferior a los más aplaudidos de Europa, considerados la cuna del progreso y el bienestar. Así las cosas, cuando observamos la decadente sociedad española que desde mediados del siglo XIX y la II República originaron irremisiblemente una Guerra Civil de la que todavía no nos hemos repuesto (por culpa de ciertos partidos y ciertos políticos), olvidamos que en circunstancias análogas se desarrolló el día a día de otros estados que nos parecen la panacea de las democracias y la libertad. Es el caso de Francia.

Retrato de Napoleón III y la Emperatriz Eugenia de Montijo (granadina)

Si en España ha habido dos periodos republicanos, en Francia éste que actualmente está en vigor es el cuarto. El primero de ellos hay que situarlo tras la Revolución Francesa de 1789, durando efectivamente, de 1793 a 1804, cuando toma el poder Napoleón Bonaparte. Duró por tanto 9 años. La II República Francesa fue aún más breve, teniendo su origen en la Revolución de 1848 y durando hasta 1852, cuando sube al trono Carlos Luis Napoleón Bonaparte, Napoleón III, que como saben se casaría con la granadina Eugenia de Montijo. Este II Imperio duró hasta 1870, año en el que oficialmente se proclamaría la III República francesa, que estuvo en vigor hasta la II Guerra Mundial, cuando los nazis dieron cuenta de la mitad del país francés y tras la victoria aliada, se pudo constituir una Francia libre bajo el marco de la hasta ahora IV y última República.

Coronación de Napoleón. Jaques Louis David, 1807.

Bien, la III República fue especialmente complicada, turbulenta y poco firme. Bien es cierto que su duración por espacio de 70 años nos puede parecer amplia, habida cuenta que las dos anteriores sólo consiguieron estar 9 y 4 años respectivamente en vigor. Pero lo cierto es que la mitad al menos de la población francesa encontró en cada caso, en cada circunstancia y en cada convulsión política, la mejor oportunidad para asestar el golpe definitivo al concepto de gobierno republicano, siendo entre otros, Degas o Renoir, convencidos partidistas en pro del cese de la República como miembros de la Liga de la Patria Francesa, nacida al abrigo de uno de los casos que más conmocionarían a la opinión pública de nuestros vecinos y que provocó más de un titular y un artículo en la prensa internacional. Nos referimos al Caso Dreyfus. Por tanto, si tenemos en cuenta que podemos hablar de Francia tal y como hoy la conocemos a partir de Enrique IV (1589), en los últimos 424 años Francia ha sido un reino durante 271 años y lleva como una República 153 años.

Degradación del Capitán Alfred Dreyfus

El Caso Dreyfus estalló en 1894 con la acusación de un capitán del ejército francés del que se dijo, actuaba como espía al servicio de los intereses alemanes. Alemania en aquel momento era el enemigo indiscutible de Francia con los territorios de Alsacia y de Lorena como escenario de la disputa, que desde 1871 pasaron de ser franceses a configurar el nuevo territorio del Imperio Alemán. Desde entonces, todo sospechoso de germanófilo era duramente tratado. El resultado de aquella maniobra político-militar que pretendía fortalecer a una III República atacada desde todos los flancos de la sociedad francesa, fue la condena de destierro y trabajos forzados del Capitán Alfred Dreyfus. Pero al poco de la resolución judicial, el responsable de contraespionaje francés demostró que Dreyfus no había tenido nada que ver en aquella operación y empezaron a salir a la luz conspiraciones impensables. Sólo hay que tener en cuenta que Dreyfus era Alsaciano y además, de ascendencia judía. Todo, en definitiva, era una pataleta patriótica y antisemítica de los republicanos franceses.

El ultraje de Zola. Henry de Groux, 1898

En 1898 el verdadero traidor fue absuelto, el recrudecimiento del antisemitismo provocó nada menos que persecuciones judías en 20 ciudades francesas y el genial escritor Zola, sacó a la calle su famosa obra “Yo acuso” que en el Diario la Aurora, vio la luz el 13 de enero de ese año. Los intelectuales se pusieron del lado de Dreyfus y de su defensor literario, Emilio Zola; Francia se dividió en partidarios y contrarios del capitán que erróneamente había sido tildado de espía y la ciudadanía respondió de mil maneras contradictorias a tan repetidos complots militares, políticos y judiciales. Un escándalo sin precedentes que dejaría al famoso Caso Watergate de Estados Unidos, a la altura de una simpática anécdota. Basta leer lo que Zola sacaría a la luz para darse cuenta de la trascendencia del caso:

Yo Acuso al teniente coronel Paty de Clam como laborante -quiero suponer inconsciente- del error judicial, y por haber defendido su obra nefasta tres años después con maquinaciones descabelladas y culpables.
Yo Acuso al general Mercier por haberse hecho cómplice, al menos por debilidad, de una de las mayores iniquidades del siglo.
Yo Acuso al general Billot de haber tenido en sus manos las pruebas de la inocencia de Dreyfus, y no haberlas utilizado, haciéndose por lo tanto culpable del crimen de lesa humanidad y de lesa justicia con un fin político y para salvar al Estado Mayor comprometido.
Yo Acuso al general Boisdeffre y al general Gonse por haberse hecho cómplices del mismo crimen, el uno por fanatismo clerical, el otro por espíritu de cuerpo, que hace de las oficinas de Guerra un arca santa, inatacable.
Yo Acuso al general Pellieux y al comandante Ravary por haber hecho una información infame, una información parcialmente monstruosa, en la cual el segundo ha labrado el imperecedero monumento de su torpe audacia.
Yo Acuso a los tres peritos calígrafos, los señores Belhomme, Varinard y Couard por sus informes engañadores y fraudulentos, a menos que un examen facultativo los declare víctimas de ceguera de los ojos y del juicio.
Yo Acuso a las oficinas de Guerra por haber hecho en la prensa, particularmente en L'Éclair y en L'Echo de París. una campaña abominable para cubrir su falta, extraviando a la opinión pública.
Y por último: Yo Acuso al primer Consejo de Guerra, por haber condenado a un acusado fundándose en un documento secreto, y al segundo Consejo de Guerra, por haber cubierto esta ilegalidad, cometiendo el crimen jurídico de absolver conscientemente a un culpable. No ignoro que, al formular estas acusaciones, arrojo sobre mí los artículos 30 y 31 de la Ley de Prensa del 29 de julio de 1881, que se refieren a los delitos de difamación. Y voluntariamente me pongo a disposición de los Tribunales. En cuanto a las personas a quienes acuso, debo decir que ni las conozco ni las he visto nunca, ni siento particularmente por ellas rencor ni odio. Las considero como entidades, como espíritus de maleficencia social. Y el acto que realizo aquí, no es más que un medio revolucionario de activar la explosión de la verdad y de la justicia. Sólo un sentimiento me mueve, sólo deseo que la luz se haga, y lo imploro en nombre de la humanidad, que ha sufrido tanto y que tiene derecho a ser feliz. Mi ardiente protesta no es más que un grito de mi alma. Que se atrevan a llevarme a los Tribunales y que me juzguen públicamente.
Así lo espero.



El sitio de París. Ernest Meissonier, 1870

A finales del siglo XIX, Francia era un hervidero de un nacionalismo extremo, de un antisemitismo que ideológicamente era tan criminal como el que después demostraría el nazismo y además, la prensa nacional tenía las manos atadas en tanto dependía del control político que ejercía su influencia de manera directa y descarada. El primer presidente de la Corte de Casación de Francia, llegó a definir este escándalo sin precedentes como el “símbolo moderno y universal de la iniquidad en nombre de la razón de Estado”. A la Tercera República francesa le llovían los males: la inestabilidad política, las revueltas anarquistas, el Escándalo de Panamá (la quiebra de una empresa que desarrollaba el proyecto se llevó la inversión y los ahorros de miles de franceses) y un inquietante día a día partidista. Para colmo, el Caso Dreyfus precipitaba la escasa credibilidad de los gobiernos republicanos, que habían nacido a la sombra de la derrota militar frente a Alemania y a la pérdida de miles de kilómetros cuadrados de su territorio. Los judíos fueron un chivo expiatorio sin precedentes. Seis diarios, algunos con una tirada de 200.000 ejemplares como “La voz libre”, eran resuelta y públicamente antisemitas. El odio a los judíos sería público y violento en lo sucesivo, y la demonización de este colectivo que hacia 1890 era de 80.000 ciudadanos (la mitad en París) fue rotundo. De hecho, en 1890 se había fundado la Liga Antisemita. Luego quiero que tú, lector de esta Alacena, entiendas que 20 años después, el Rey Alfonso XIII de España estaba refugiando a judíos perseguidos en la I Guerra Mundial, es decir, que mientras España acogía a este pueblo, en esos supuestamente países que constituyen la élite de la cultura y la intelectualidad, diarios, cómics, y movimientos políticos, pedían su persecución. ¡Queda dicho!

La familia del novelista

El caso se reabrió, el acusado fue de nuevo condenado pero a trabajos forzados, los verdaderos culpables andaban reposada y tranquilamente libres, los intelectuales bramaban, los distintos Tribunales, que habían olvidado la independencia y libertad de la Justicia, se movían con los hilos de la política... En 1902 y de manera extraña, Emilio Zola, verdadero artífice de las corrientes de opinión que estaban a favor del capitán Dreyfus, moría asfixiado en su casa por el humo de una estufa. La noche del 29 de septiembre de 1902, al regresar a su casa y con un tiempo fresco, Zola le pide al hombre que tenía de servicio en casa que eche unos leños a la chimenea, y éste se excusa para no hacer tal cosa aludiendo que el tiraje de la chimenea cree que es insuficiente. No obstante, la cena se produce al calor del fuego y el matrimonio se acuesta, teniendo que forzar la puerta los criados a la mañana siguiente encontrando a Zola muerto y agonizante a su esposa. Ésta, sobrevivirá.

Interior de la Casa de Emile Zola, "La Casa Encantada"

Dos arquitectos colaboran con la policía examinando la chimenea; al desmontar los tubos, los encuentran taponados por una cantidad de hollín "absolutamente anormal". Lo más lógico es pensar que Zola no actuó con responsabilidad y jamás mandó limpiarlos, pero dos químicos también encargados del caso traen al departamento dos conejillos de Indias y dos pajaritos y los hacen dormir en las mismas condiciones en que ha dormido la pareja. Los conejillos sobreviven; los pajaritos, no. Ni en unos ni en otros se detectan cantidades de óxido de carbono suficientes como para provocar la muerte de dos personas. La chimenea ha sido tapada el día del regreso de Zola y destapada al día siguiente, y varios testigos reconocen que han visto a un hombre caminando por el tejado de la vivienda del escritor. Con todo, el juez se apresura a dictaminar que el accidente ha sido fortuito. Días después se podrá leer en el escritorio del novelista amenazas recibidas en estos términos: "¿Dónde está la Charlotte Corday que libere a Francia de tu pútrida presencia? Tu cabeza ha sido puesta a precio"... Otra carta le decía: "Sucio cerdo vendido a los judíos. Salgo de una reunión donde hemos resuelto reventarte". Y otra más: "A muerte, infame, sucio judío. Un grupo de verdaderos franceses acaba de designarme y usted va a saltar, señor. La dinamita acabará con su vil persona, cuya baba ensucia tanto nuestra querida Francia".

Alfred Dreyfus, fotografía del mismo año en que murió

Todo ello, a raíz del caso Dreyfus. El Capitán que había sido cabeza de turco (no menos que Zola, que le costó la vida)  es reintegrado parcialmente en el ejército con el rango de Comandante. Sus cinco años de prisión no fueron tomados en cuenta para la restitución de su carrera, de la que había perdido 12 años (1894-1906). Pero todo no había acabado: se le fuerza a renunciar en junio de 1907 del Ejército y Dreyfus, cansado, nunca pidió ningún tipo de indemnización al Estado, ni daños a nadie. Sólo le importaba que reconocieran su inocencia. En 1908 los restos de Zola iban a ser llevados desde el cementerio de Montparnasse al Panteón. En Francia, es algo así como una canonización atea, como la consumación de la grandeza civil del finado. Sólo hay que tener en cuenta que Alejandro Dumas tardó 100 años en ser llevado allí. Por supuesto, Dreyfus no iba a faltar al último homenaje de su principal valedero, máxime cuando esa defensa le costó su propia vida. En el acto, un 4 de junio de 1908, Alfred Dreyfus sufrió un atentado, recibiendo dos disparos de revólver en el brazo. Al fin, pasó la tormenta. Llegó a participar en la I Guerra Mundial y se retiró con el grado de coronel, muriendo a los 76 años en 1935.

Era el mejor ejemplo de la verdad de esa Europa de la que oímos hablar y nos resulta la más perfecta Arcadia. En aquellas fechas, España quizás estaba más atrasada, pero le salvábamos la vida a los que eran perseguidos por raza o credo en otros países. Por supuesto, no pararé jamás de darle gracias a Dios por haber nacido en esta Nación, a la que por mucho que nos quieran colgar la mentira de Leyenda Negra Americana, nunca fue una asesina confesa y demostrable como las potencias anglosajonas, la Europa Central o el Japón Imperial. Por no decir tantos otros... 

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