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viernes, 14 de diciembre de 2012

Don Paco


Era Francisco Lozano un trabajador de la empresa de transportes que comunicaba a diario Madrid con las poblaciones de Chinchón y Colmenar  de Oreja. Como sabrán casi todos, en la España de 1880 lo más normal es que los ciudadanos se trasladaran en el coche de tiro, una especie de tranvía de los llamados de sangre porque eran conducidos mediante el sacrificado esfuerzo de entre 1 y 4 caballos, aunque pudiera ser que algunas poblaciones españolas de finales del siglo XIX, emplearan, sin contrato ni seguridad social, pacientes mulos de comprobada resistencia física.

La empresa era una de las aventuras económicas del granadino Salvador Victoria Sánchez Povedano (1842-1898), que lo más seguro es que nadie conozca a menos que digamos su apodo: Frascuelo. El diestro se había retirado en 1890 conquistando el más alto de los podios del toreo y desde entonces, vivía plácidamente en una finca adquirida en Torrelodones, compartiendo tertulias nada menos que con la Infanta Isabel (La Chata) y dedicándose a invertir con cabeza el dinero tan justamente reunido a lo largo de 23 años de lances en los ruedos españoles. De hecho, cuando los viejos ómnibus, que tirados por caballos cubrían la distancia entre la Puerta del Sol y el Barrio de Argüelles de la capital de España se jubilaron, Frascuelo los reutilizó para llegar hasta los pueblos que distaban de 40 a 50 kilómetros de la Villa y Corte, en la famosa comarca de Las Vegas de donde brotan los melones de Villaconejos, por ejemplo.

Se guardaban los “tranvías” en unas cocheras de la madrileña calle Fuencarral; allí trasegaba con bestias y vehículos el bueno de Francisco Lozano hasta que un día, entró a formar parte de tan particular plantilla un perro negro, callejero, avispado y listo como pocos, que decidió exiliarse en las cuadras y dependencias de la empresa de transportes de nuestro ilustre paisano, el diestro Frascuelo, haciendo uso de las mismas por la noche. Porque el día lo reservaba para andurrear por un Madrid que todavía guardaba las esencias de su populismo y su gracejo, cuando la ciudad contaba con poco más de 500.000 almas y guardaba las esencias castizas que le valieron a ojos de Machado, el sobrenombre de “rompeolas de las Españas”.

El perro debía haberse llevado en el reparto genético la astucia e inteligencia suya y de varios congéneres. Con un olfato, en todos los sentidos, fuera de dudas, la tarde noche del 4 de octubre de 1879 se topó con una reunión de notorios prohombres, preclaros señores, altos de cuna y sobrados de cartera, cuadrilla madrileña ésta que encabezaba el Marqués de Bogaraya, don Gonzalo de Saavedra y Cueto, que años más tarde terminaría siendo alcalde de Madrid. El caso es que el perro de las cocheras de Fuencarral supo camelarse con perruna zalamería a los “señores bien” de aquella jornada y muy especialmente al cabeza de grupo, al señor marqués, que no dudó en hacerlo entrar en el prestigioso Café de Fornos, posiblemente uno de los sitios con mayor reconocimiento de aquellas fechas. Y pidiendo una botella de champán, el señor marqués decide bautizar al perro callejero, negro, menudo y descarado, haciendo honor a la festividad del día, por lo que quedará inmortalizado como “Paco”.

Paco se convierte en una institución en el Madrid de 1880. Acude puntual a Fornos y es convidado diariamente. Cada día, un parroquiano no duda en compartir unas chuletillas, un entrecot o aquello que haya pedido en la carta. Paco incluso se encarama a la mesa de los comensales y con un plato delante de sus negros hocicos y tierno belfo, da cuenta de la invitación con ánimo y entereza. Solía ser habitual que cayera en gracia, en demasía. Y Paco que debía ser el superdotado de los canes de la España del siglo XIX acompañaba a su “protector momentáneo” hasta la puerta de casa, eso sí, sin entrar jamás al domicilio. No faltó el caballero que tiró de Paco, lo empujó hacia el domicilio, con un más que evidente intento por adoptarlo. Pero Paco era un perro de las cocheras de Fuencarral, un espíritu libre y más que todo eso, los perros, que son a veces más listos que muchos humanos y éste lo demostró sobradamente, sabía que a convidada diaria y con comensales distintos cada noche, no necesitaba de dueño que impusiera normas en el hogar. Así que Paco, llegó incluso a enseñar los dientes al que pretendió por la fuerza hacerlo suyo.

Al poco el perro negro y callejero pasó a ser conocido en todo el Madrid que se preciara. Desde la esquina del Café Suizo solía hacer un recorrido que lo llevaba a ingerir partes de bollos calientes, tostadas, carnes hechas y guarniciones diversas. A pie de barra se roza con los perniles de los empresarios taurinos madrileños, con vizcondes y con diestros, especialmente con diestros. A lo mejor Paco, dotado como todos los de su especie de un sentido especial, olía el valor que debe rezumar por cada poro de su piel un matador y gustaba de ello. A lo mejor le recordaba al patrón de Fuencarral, su verdadero amo sin serlo, el granadino Frascuelo. El caso es que desde la Calle Sevilla, recorría sin que nadie osara a negarle la entrada, los Cafés Imperial y el Inglés, el Círculo Militar, el que hoy es Casino de Madrid y hasta las cocinas nada menos que del palacete de la Duquesa de Santoña, cuyo servicio cumplimentaba como todo Madrid, con la solidaria tarea de alimentar (o sobrealiementar) a Paco.

Hasta ahí, dirán ustedes, nada ilógico. Un perro con salero, astuto y que sabe jugar sus cartas hasta el punto de que lo dejen entrar en los sitios más elegantes y exclusivos de la Villa y Corte. Pero los amigos de Paco, que como han visto eran todos los que entonces tenían que decir algo en la Capital, consiguieron que el perro se hiciera de la alta clase, de la gente bien... Cuando alguien iba mal vestido, a Paco le faltaba tiempo para enseñarle los dientes y ladrarle. Y fue de repente como nuestro can se convirtió en el capricho de Madrid, quizás el mismo día que lo dejaron entrar en el Teatro Apolo. Incluso, si no se habían vendido todas las entradas, Paco ocupaba un asiento en el patio de butacas y sorprendía verlo seguir con fruición la representación. Pero es que además, a Paco, a nuestro callejero de la especie perruna, le chiflaban los toros.

El coso de Madrid estaba en la Calle Alcalá por aquellos años. Empleados, monosabios y alguacilillos de la Plaza permitían que Paco se adueñara de vomitorios y pasillos hasta llegar al mismísimo callejón. Un día Paco, que sin duda tenía sangre ibera en sus caninas venas saltó entre toro y toro al ruedo y divirtió con cabriolas y brincos al respetable. Paco, ese mismo día, se convirtió en propiedad de nadie y en el perro de todo Madrid. Acompañaba a los morlacos, ya muertos y arrastrados por las mulillas hasta “toriles”, otras veces se atrevía a reñir en su perruna lengua al toro manso que había dado poco juego en la plaza y en los días de primavera y verano, aliviaba el calor con la manguera con la que se mantenía firme la arena del ruedo.

Paco tenía desconcertada y admirada a la castiza ciudad. Dos diputados, a punto de entrar en el Congreso, charlaban en la Carrera de San Jerónimo cuando vieron aparecer a Paco; y lo invitaron a conocer la casa de los españoles y el templo donde supuestamente, se trabaja por el bien de la Nación. Otra vez Paco llegó hasta el Hipódromo que se emplazaba en lo alto de la Castellana y en una jornada taurina de la feria de San Isidro, cuando la tarde prometía poco, Paco salvó el día burlando y recortando al morlaco sin muleta alguna, mientras le bailaba con valentía acompasada en la misma testuz que el animal humillaba en el intento por dar cuenta de Paco. Fue tanta la expectación que levantó nuestro perro que el periodista y crítico taurino Enrique Sepúlveda escribió de él aquel día y relató su canina hazaña en la publicación “La Lidia”.

El 18 de junio de 1882 Paco se empeñó en hacerse el valiente; el cartel estaba compuesto por Lagartijo, Ángel Pastor y Fernando Gómez García. El sexto toro se le cruzó al de Sevilla y tras varios estoconazos, no le daba muerte, mientras los clarines recordaban un segundo aviso y la inexorable cercanía del tercero y último que supondría el acabose del diestro que tuvo por hijos nada menos que a Rafael el Gallo y a Joselito (el macareno matador de toros que paralizó España con su muerte). Paco no podía soportar la ineptitud del de Gelves (algo poco habitual) y se lanzó a la arena a auxiliar a un torero que no tenía el día. La alimaña se vino arriba y llegó a cornear a Paco, levantando los “ayes” del coso de la Calle Alcalá, aunque quedó todo en susto cuando consiguió agarrar al toro por el hocico y lo llevó a donde quería, a la arena... Y allí lo remató el Gallo.

El 21 de junio de 1882 Frascuelo organizó una corrida en el coso madrileño. Una de las espadas iba a ser Pepe el Galápagos. Su faena sólo podría recordarse por la tropelía cometida, porque desde luego estaba resultando un auténtico despropósito. Paco tomó protagonismo, y más con su Frascuelo echado sobre las tablas de la Plaza. Pero al torero no le tuvo que sentar nada bien aquello y sin querer y queriéndolo, en vez de pinchar sobre la cruz del astado, asestó un mortal estoconazo en el cuerpo prieto y desenvuelto de Paco, que calló moribundo en el ruedo que tantas veces lo había ovacionado.

Desde los tendidos al redondel empezaron a llover todo tipo de cosas. La Guardia Civil se afanó en proteger a “Pepe Galápagos” (de nombre José Rodríguez) que se había convertido (aún cabe pensar que a posta) en el “canicida” mayor del Reino. El empresario intentaba contener a la masa, que lloraba y protestaba enérgicamente por las heridas causadas a Paco, a su Paco.... Los días 22 al 26, el diario “La Época” informa de la evolución de Paco. El diario “La Correspondencia” va dando cuenta del empeoramiento de su salud. Una señora acomodada corre con los gastos de su tratamiento. El jefe de los areneros de la Plaza habilita en su hogar, un improvisado quirófano para que sea tratado. Pero el 27 de junio de 1882, Paco, el más sagaz, inteligente, oportuno, agudo, desvergonzado y querido animal de España entera gracias a todo Madrid, muere.

Su cuerpo fue disecado y hubo disputas por quién debía tenerlo. Se exhibió en negocios y tiendas y algunos oportunistas sacaron una división de productos con el nombre de “El perro Paco”. En 1884, vio la luz un libro que contaba las andanzas de Paco y aprovechaba la trama para criticar usos y costumbres. Bajo el nombre de "Memorias autobiográficas de don Paco", siempre se ha atribuido nada menos que al Rey don Alfonso XII. Al fin, los restos mortales de Paco fueron trasladados al Parque del Retiro y depositados en la arena que un día fue propiedad real. Allí, descansa eternamente el más conocido perro que ha dado nunca España y que protagonizó las correrías más sorprendentes del Madrid del siglo XIX. 

P.D. Puede ser que alguno se crea que esta entrada pertenece al género de la ficción, pero todo lo que se cuenta sucedió realmente y las hemerotecas y Biblioteca Nacional conservan las publicaciones de la época dando prueba de que Paco, don Paco, existió realmente y protagonizó esta historia tan fabulosa. 

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