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sábado, 1 de diciembre de 2012

Cuernos


Benvenuto Cellini (1500-1571) fue un genio muy humano era este escultor, orfebre y escritor, clave en el Renacimiento y con obras incontestables que se reparte el Louvre o el Museo vienés de la Historia del Arte. Su padre era un músico y constructor de instrumentos. Hubo de tener poco tiempo en enseñarle la docilidad al hijo, porque ya con 16 años, Benvenuto tiene que salir Florencia debido a una riña; vaga por Bolonia, Pisa y Roma y estudia en varios talleres de orfebrería. Su talento de artesano llama la atención del papa Clemente VII que, en 1529, lo nombra jefe del laboratorio pontificio. Dos años antes, en 1527, bajo los ojos del mismo pontífice, Benvenuto combate contra los lansquenetes de Carlos V durante los nueve meses que dura el asalto a Roma y mata al Contestable de Borbón con un golpe de arcabuz desde las murallas del Castel Sant'Angelo. Pero su carácter iba a traicionarlo y la salida de los territorios italianos no iba a hacer olvidar las cuentas pendientes del genio. A su regreso de Francia, fue encarcelado en el Castillo Sant'Angelo por dos asesinatos, así como la acusación proferida por el mismísimo sobrino del nuevo Papa Paulo III, el joven Pier Luigi Farnese, que lo culpaba del robo de joyas papales durante el Saqueo en el que supuestamente, había sido un héroe defendiendo los intereses del Vicario de Cristo.

Por cierto, que aunque no venga al caso, sería bueno recordar que “el Vicario de Cristo” durante el Saqueo de 1527, Clemente VII, fue un completo hijo de puta. Y no ya porque fuera hijo bastardo de Juliano de Médici, que lo fue, sino porque en 1523 sí le interesó que las tropas españolas y el Imperio gobernado por nuestro Carlos I se hicieran con el control de Italia echando a los franceses, pero luego recapacitó y pensó que el que ayer era enemigo, podía ser hoy amigo. Aliado de nuevo con Francia, creó la Liga Clementina para hacer frente a los españoles, animando a las tropas pontificias, francesas, venecianas y florentinas al grito de “¡Fuera los bárbaros!”. El Emperador Carlos le envió una legión de diplomáticos que recibieron el desprecio papal. Y como él había empezado la Guerra, Guerra tuvo. ¡Contra los lansquenetes alemanes y la poderosa infantería española! El resultado, pues que acabó preso, vencido, humillado... Y se hizo de nuevo amigo de Carlos I para de nuevo (no es juego de palabras) traicionarlo después de haber sido él mismo el que lo coronara Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. El “perla” de Clemente VII, le importó más asegurarle a su familia el poder de Florencia que las cosas de Dios. Y posiblemente fuera el representante de Dios en la Tierra. Pero en aquellos tiempos (tan añorados) los Españoles éramos la espada de Dios, y Dios era el más español de todos. PUNTO FINAL.
Sus memorias constituyen un más que ameno relato de sus huidas, aventuras e intrigas, así como un testimonio inigualable de lo que era el mecenazgo en la Italia del Renacimiento; El libro fue aplaudido por Óscar Wilde que aseguraba, era de lo poco que valía la pena leer. Constituyen estas memorias un documento impagable de la sociedad, política y fe de la Europa del siglo XVI, y si la edición norteamericana de 1945 cae en nuestras manos, encima se disfruta doblemente con las ilustraciones que para ellas, realizó Salvador Dalí.
El caso es que Benvenuto Cellini recibió la oferta del rey francés Francisco I para trabajar a sus órdenes y viendo el panorama que tenía en la Italia de la época, no lo pensó dos veces; eran ya varias ocasiones las que pisó la cárcel como para exponerse a pagar más deudas judiciales. De manera que en 1540 está el Château de Fontainebleau para decorar las estancias interiores. En concreto, el Rey quiere que haga algo de mérito para la entrada principal y el  escultor y orfebre considera que nada mejor que una escena cinegética que además recuerde algún episodio mitológico. Y así nace la “Ninfa de Fontainebleau”.
Se trata de un luneto de bronce de más de dos de altura y cuatro metros de longitud. La profundidad del relieve es el mejor argumento para valorar la pieza. La figura desnuda de esta “deidad mitológica” se recuesta plácidamente sobre un lecho de tierra y agua al que van a beber cervatillos y jabalíes. Un perro acude a la escena y un rutilante astado sirve para que la Ninfa apoye su mano en el cuello del animal. La escena de caza fue acabada hacia 1544 y hoy se conserva en el Museo del Louvre, pero donde estuvo realmente esta obra fue en el Castillo de Anet, residencia privada de Diana de Poitiers. Pero, ¿quién es esta dama que al final se queda con la obra que el mismísimo rey de Francia encargó a su escultor/orfebre?
Pues nada menos que la amante del hijo de Francisco I, que subió al trono como Enrique II. Su historia de amor, hecha pública a pesar del matrimonio de Enrique (y la viudedad de Diana) indica la belleza que la de Poitiers debía tener. Ella tenía 31 años y él, sólo 11. Encarnaba los valores del Renacimiento por su cultura y animó al Príncipe a que pasara “su noche de bodas con su esposa, Catalina de Médicis”. Los hijos de Enrique y Catalina la llamaban “tía”, el todavía rey Francisco I, que tenía especial agrado y adhesión a la figura mitológica de la Diosa Diana, la ensalzó como mujer entre mujeres en su corte y cuando Enrique era coronado en 1547, lucía un curioso anagrama en los bordados de su capa que estaba formado por las iniciales personales y las de Diana. Por supuesto, Catalina de Médicis, no aparecía en el simbolismo de la coronación. No es de extrañar por tanto que cuando moría Francisco I en 1547, Diana, se retirase a su Palacio-Castillo (regalo por cierto del difunto monarca) y se llevara consigo a la Ninfa que Benvenuto  Cellini había hecho poco antes... ¿Acaso no podía ser ella misma la modelo?
Sin embargo, la impresionante imaginación de Cellini (exagerado en sus memorias) y las ansias de la pseudo historiografía por inventar y sacar romances de hace casi cinco siglos, han terminado por configurar una historia que tiene poco de creíble pero mucho predicamento, una auténtica crónica del periodismo rosa centrado, eso sí, en un episodio de hace 468 años. Según se colige de las Memorias de Cellini, él mismo advierte al contar esta historia que ahora les dejo, que su trato hacia “Catalina”, no fue del todo honroso. En concreto, escribe de su puño y letra: “Si no dijera sobre algunos de estos accidentes que reconozco que he obrado mal, los otros, en los que reconozco haber obrado bien, no serían considerados verdaderos”.
Según la historia (con visos más de novela de ficción que de realidad, aunque tratándose de Cellini uno no sabe a qué atenerse), el artista contrató a una modelo llamada Catalina que posaría para su Ninfa, aunque de momento, la joven francesa sirvió también en tareas sexuales apaciguando los irrefrenables deseos del escultor y orfebre, que tenía ya 44 años (de mediados del siglo XVI, una edad más que a tener en cuenta), mientras la joven Catalina, debería estar más cerca de la adolescencia que de la madurez. Esto, sumado a que la joven era despreocupada en cuestiones de rigidez moral, hicieron que se enamorara del ayudante de Cellini. Frecuentaron el “tálamo” los dos servidores del genio italiano hasta que un día, Benvenuto, para desgracia del administrador/ayudante y de su reconvertida (y compartida) amante, los sorprendió. El aguerrido carácter del escultor hubiera terminado matando al infiel sirviente, pero este segundo, más joven, corrió más que el patrón y salvó el pellejo.
La cosa se le complicaba al florentino. Rabioso, había echado de la residencia que le procuró Francisco I a la “casquivana” modelo y a su madre, que ejercía de representante de la jovencita, mientras miraba para otro lado en cuanto su hija decidía recorrer las camas de los varones de la casa. Esta “deportación forzosa” no gustó a madre e hija que lo denunciaron por haber forzado a la joven “a la italiana”, o lo que hoy entenderíamos por sexo anal que en la Francia de hace casi 500 años, se castigaba con la hoguera. Cellini salvó la vida (recuerden que era el protegido del Rey), pero con indiscutible sed de venganza, decidió que le sería más placentero urdir una trama que hundiera  sus enemigos, más que que asesinar a un muchacho calenturiento, a una joven marchosa y a una madre que con tal de llevarse pan y viandas a la boca, consentía el “largo recorrido de su hija”.
Benvenuto Cellini contrató a dos perdonavidas, dos matones que “convencieron” de buenas formas (puño va, estoconazo viene) al administrador ligón que se casaría con la modelo. De otra forma (“poderoso caballero es don dinero”), logró que Catalina, la solicitada modelo, volviera a su trabajo e hicieran las paces. Ideó la postura que han visto ya en su obra, la joven que no entendía de caprichos estéticos se dejó y también se dejó complacer sexualmente. Para Catalina, todo volvía a ser como unos meses antes: acostarse con su patrón y con el administrador de éste, sólo que el administrador ahora era su marido. Alguien, en algún momento, tuvo que preguntarle al maestro qué pintaba una nereida, una ninfa acuática a las orillas de una fuente/riachuelo abrazada a los cuernos de un ciervo. Cuernos, pro cierto, descomunales. Y de repente, el lector habrá llegado a la conclusión: le estaba devolviendo la infidelidad al administrador, pero encima, aprovechaba su arte para reírse de ambos, especialmente del marido, que sin haberlo firmado en contrato, había posado también para Cellini, pero de una forma distinta, porque su cara se parecía sospechosamente a la de un ciervo, pero sin duda, los cuernos, los gigantescos cuernos del luneto que conserva el Museo del Louvre, eran los suyos.
Como dice un buen amigo, ESTA ES UNA VERDAD QUE LO MÁS SEGURO, NUNCA SUCEDIÓ. Pero leyendo la vida de Cellini, perfectamente podría haber pasado.

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