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viernes, 30 de noviembre de 2012

Winston Churchill


Al cumplirse 138 años del nacimiento de Sir Winston Churchill (1874-1965) no se me ocurre nada mejor para recordar la incomparable figura del que fuera Primer Ministro Británico que recopilando algunas de sus anécdotas más divertidas, ingeniosas y recurrentes, en un intento por ofrecer una imagen distinta del que, sin lugar a dudas, fue de los más influyentes hombres del Mundo y que jugó un papel crucial para la Humanidad con sus posturas, decisiones y discursos a lo largo de la II Guerra Mundial.

Entenderíamos que, al ser considerado el más importante de los políticos de la II Guerra Mundial, el más firme defensor de la causa aliada frente al nazismo, militares y políticos de la talla del General Charles de Gaulle (1890-1970 buscaran en la Inglaterra de 1940, asilo para encabezar la lucha contra Hitler. Hasta las Islas Británicas se “autoexilió” el prestigioso general francés que luego fuera Presidente de su República, para desde allí encabezar la resistencia francesa al nazismo. Durante los dos años que vivió y actuó de manera muy activa desde suelo inglés para la libertad de Francia, tuvo ocasión Charles de Gaulle de tratar con asiduidad casi familiar a Churchill, aunque no siempre los debates que tuvieron, fueran relajados. Es el caso de uno de ellos, acaecido en 1942, cuando discutían sobre una operación militar que Churchiil consideraba costosísima. El francés  no compartía la opinión del inglés sobre la incursión miliar y que ésta no fuera financieramente rentable. Cansado en su exposición, el General Charles de Gaulle le dijo: “Ustedes los Ingleses solamente pelean por el dinero. Deberían aprender de nosotros los franceses, que luchamos por el honor y la dignidad”. Y  Sir Winston replicó, bastante calmado: “Bueno, cada quien pelea por lo que le hace falta”. (*)

Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Churchill fue nombrado Primer Lord del Almirantazgo, el máximo cargo al frente de la Armada Británica, la Royal Navy. Su principal misión consistía en proteger los puertos y bases escoceses e impedir a Alemania que sus navíos atravesaran el Atlántico Norte para atacar a los barcos mercantes de las colonias. Al poco, Rusia invadía Finlandia y se sabía que Alemania preparaba la invasión de Francia. La Armada debía actuar e Inglaterra era el único reducto libre de Europa, la única opción de libertad que le quedaba al Continente. Como máximo responsable, Churchill no dudó en fortalecer la potencia bélica británica y por ello, quiso presenciar con sus propios ojos la efectividad militar del país. Ese día se iban a probar los nuevos misiles haciendo explotar un carguero. En efecto, la artillería británica acertó y el carguero quedó hecho pedazos. Uno de estos trozos fue a parar no muy lejos del lugar desde el que, parapetado, se encontraba Churchill, protegido y pendiente del resultado de la prueba. De repente se dio cuenta que ese trozo de madera que había sido brutalmente arrancado de su lugar originario y había ido a parar cerca de él, era la puerta de uno de los servicios del barco empleado como diana, en la que seguía leyéndose claramente las iniciales WC. La puerta flotaba a los pies mismos de Churchill que tan agudo como siempre, soltó: “La Armada siempre tan gentil. No han dudado en marcar con mis iniciales los restos del buque”.

A principios de 1943 El Reino Unido homenajeaba encendidamente la actuación brillantísima que el General Bernard Law Montgomery había realizado al frente de las “Ratas del Desierto” (VIII Ejército Británico) en África frente a las tropas nazis de Erwin Johannes Eugen Rommel (1891-1944). Montgomery sufrió de megalomanía, de narcisismo pasajero al contemplar como todo Londres vitoreaba incesantemente su nombre y su heroica gesta desarrollada en 1942. Fue entonces que le tocara hablar, cuando a lo largo de su discurso, no olvidó puntualizar una breve semblanza de sí mismo: “No fumo, no bebo, no prevarico y soy un héroe”. Terminó su discurso de agradecimiento y despedía el acto el Primer Ministro. Sir Winston tomó entonces la palabra para decir con contundencia: “fumo, bebo, prevarico y soy el jefe de Montgomery”. Obviamente, no prevaricaba. Y obviamente, era mucho más héroe que el brillante militar británico. Y frases como esta lo dejan claro.

En la Cámara de los Comunes (la cámara baja del Parlamento Británico), Churchill tuvo dos poderosas enemigas, dos políticas que no dudaron en hacerle la vida imposible y reprender cualquier acto que el brillante primer ministro tuviera a bien llevar a cabo. La primera y más vehemente de las rivales fue Nancy Witcher Langhorne (1879-1964), la Vizcondesa Lady Astor que representaba al partido independentista Sinn Féin de Irlanda, en aquella época no tan virado a la izquierda. Con la dama tuvo sonados enfrentamientos que han quedado en fabulosas anécdotas, caso de la ocasión en la que, precedido de una fama de “bebedor”, Churchill comentaba en los pasillos del Palacio de Westminster qué disfraz llevar para una fiesta concreta de Carnaval. Lady Astor, que pasaba por el lugar, no dudó en hacer referencia a la capacidad alcohólica de Churchill diciéndole: "¿Y por qué no viene sobrio, Primer Ministro?". La paciencia de Churchill tocaba a su fin de forma que en uno de los debates en la Cámara, el hombre de Estado le dijo a Lady Astor: “tener una mujer en el Parlamento era tan molesto como tener una mujer en el baño”. Pero si el líder inglés creía que Nancy Astor iba a quedarse callada, no esperaba entonces la sagaz respuesta que la aristócrata irlandesa le espetó: “Usted no es tan atractivo como para tener que preocuparse por eso”.

Pero quizás, la más famosa disputa dialéctica, la más irónica y elegante, es la que viene a continuación. Al término de una de las sesiones parlamentarias, Lady Astor le dijo a Churchill: “Si usted fuese mi marido, le envenenaría el té”. A lo que Churchill respondió: “Señora, si usted fuera mi esposa, ¡me lo bebería!”.


La otra contrincante que se destacó por las puyas enviadas y recibidas, por los particulares enfrentamientos que tuvo con Churchill, fue Margaret Elizabeth Braddock (1899-1970), la más destacada figura socialista inglesa, que hja pasado a la historia como Bessie Braddock. En cierta ocasión, la político laborista le espetó a Churchill: "Winston, estás borracho”. A lo que Churchill respondió: “Y usted, señora, es fea. Pero yo, por la mañana, estaré sobrio”.

Los “amigos” no le llegaban al Primer Ministro precisamente a través de los debates políticos, puesto que sus enfrentamientos epistolares con el dramaturgo y novelista irlandés George Bernard Shaw (1856-1950), ganador del Premio Nobel en 1925 y del Óscar en 1938 fueron sonados. En una ocasión, hasta el 10 de Downing Street llegaba una carta de Shaw dirigida a Churchill en la que incluía dos entradas para su próximo estreno teatral. La nota decía: “Le mando dos entradas para mi estreno. Si quiere venga con un amigo (si es que tiene alguno”. Pero al Primer Ministro, en rapidez y fluidez verbal no le iban a ganar, contestándole con la cortesía irónica que le era habitual: “Me es imposible asistir a la primera representación. Procuraré llegar a la segunda (si es que tiene lugar)”.

Hasta su despacho llegaba a principios de mayo de 1945 que Hitler se había suicidado el 30 de abril en su búnker berlinés sin que las tropas aliadas consiguieran capturarlo con vida. En ello confiaba más de un dirigente político y por supuesto Churchill no iba a ser menos. En el momento en el que su ayudante confirmó que en efecto, Hitler se había suicidado, nuestro hombre no dudó en tirar del humor británico para decir: “Por lo menos ha hecho bien en morirse”.

En Septiembre de 1946, un joven Orson Wells estaba en Venecia, buscando financiación para rodar “La dama de Sanghai”. Una noche, al terminar una cena con un magnate ruso, se cruzaron con Winston Churchill y su mujer, que estaban sentados en una mesa del mismo hotel. Al ver a Welles, Churchill le saludó con la cabeza. El ruso quedó petrificado ante el gesto: Winston Churchill, el líder mundial más admirado, el mito de la guerra que acababa de concluir, reconocía al joven realizador. El magnate ruso decidió inmediatamente ofrecer a Welles todo el dinero que necesitase. A la mañana siguiente, Welles vio a Churchill nadando en la playa y se acercó para explicarle lo ocurrido: su silencioso saludo había resultado más valioso que semanas de negociaciones. Ese mediodía, Welles y el ruso volvieron a almorzar en el hotel. Esta vez, el hombre que lideró a Europa frente a los nazis, posó los cubiertos, se levantó y le hizo una reverencia a Orson Welles

Sir John Rupert Colville (1915-1987) fue el secretario privado de tres primeros ministros, empezando a las órdenes de Chamberlein (1939 a 1940), siguiendo fiel en el 10 de Downing Street hasta 1945, cuando decide dejar su cargo para seguir a la persona más carismática, influyente y hechizante que conoció, el Primer Ministro Winston Churchill, del que fue su secretario personal y asistente hasta 1955 pero con el que siguió tratando directa y familiarmente hasta su muerte en 1965. En una ocasión, el matrimonio Churchill, disfrutando de unas vacaciones en Montecarlo, decidió acudir al famoso Casino de la ciudad, siendo reprendido por Colville que hacía constante gala de la prudencia inglesa. El fiel Colville consiguió persuadir a Churchill de lo innecesario de su “noche de juego” teniendo en cuenta el revuelo que el Primer Ministro Británico iba a causar en el Casino. Entonces, la flema humorística del estadista salió a relucir y le dijo: “Hagamos una cosa: ve a jugar por mí y lo que ganes nos lo repartimos a medias”. Colville iba siempre por delante, y le dijo: “Señor, no entiendo lo suficiente de juego”. A lo que Churchill replicó: “Bueno, bueno, si pierdes, no te lo tendré en cuenta”. Y al regreso del Casino, en efecto, Churchill había perdido un buen puñado de billetes, sin haber probado suerte.

Fue un monárquico convencido, quizás el estadista más creyente en la Corona que haya conocido el Mundo. En unas declaraciones posteriores a su muerte, su viuda llegó a decir que era el único mortal que estaba convencido del derecho divino de la Monarquía. Pero sin embargo, Churchill no era especialmente religioso. De hecho, su juventud fue de un agnosticismo rotundo, rayano en el ateísmo, empezando a creer en “algo” a raíz de la Batalla de Inglaterra, en los meses de julio a octubre de 1940. Iba poco a la Iglesia y de las ceremonias religiosas sólo le gustaban los bautizos. Un día hablaba con su fiel Corville de la fe y de pronto le dijo: “No sé si existirá el gobierno de allí arriba, pero por si acaso, acudiré más a los oficios a ver si logran recomendarme para la Monarquía Constitucional del Todopoderoso”.

En el año 1954  seguía siendo Primer Ministro, en la segunda de las ocasiones en las que fue elegido para el menester y con una jovencísima Isabel II que desde 1952 era la Soberana Británica. Hasta la residencia oficial de los “presidentes” se acercó una hornada, una legión de fotógrafos con el objeto de felicitar personalmente al Primer Ministro por sus recién cumplidos 80 años y así poder ilustrar fotográficamente los rotativos ingleses que se iban a hacer eco del aniversario de Sir Winston. Uno de los fotógrafos trabajaba para The Daily Telegraph, afín al partido conservador y el trabajador debía ser un experto adulador. Tampoco podemos juzgarlo: tenía menos de 30 años y debía ser desde luego todo un acontecimiento estar al lado de un hombre de la talla intelectual y política de Churchill. Aquí, desde luego, nos importa ese dato: la veintena de años del fotógrafo. Así que tras la sesión y el pose institucional, el fotógrafo del tabloide no dudó en hacerle la rosca al Primer Ministro y le dijo: “Sir Winston, espero fotografiarlo nuevamente cuando usted cumpla 90 años”. El ingenio de Churchill saltó espontáneamente y le contestó diciéndole: “¿Por qué no? Tiene usted pinta de tener buena salud”. Lo curioso es que el anciano de 80 años, vivió hasta los 91.

Si se han dado cuenta, buena parte de las fotografías que ilustran esta entrada nos traen a Churchill junto a un perro. Amante de los animales, tenía un especial cariño por su caniche Rufus, con el que solía ver la tele relajadamente en casa. En una ocasión, el sagaz político se entretenía viendo la película que en 1948 produjo el Reino Unido bajo la dirección de David Lean y protagonizada por Robert Newton y Alec Guinness. Era, Oliver Twist, basada en la novela que Charles Dickens fue entregando de 1837 a 1839. En un momento del largometraje, uno de los chicos de la banda de Fagin, decide ahogar a su perro para que nadie le pueda seguir la pista, perseguido por la policía. En ese momento, Winston Churchill le tapó los ojos a Rufus para ahorrarle “el drama de la muerte de un semejante” diciéndole: “tranquilo Rufus, ahora te cuento lo que pase”.

(*) Esta anécdota recuerda la sagacidad del estadista inglés que aprovechó la ocasión para devolvérsela a los franceses, unos 125 años después. En concreto, se trata de la conversación que dos marineros, francés e inglés, mantuvieron acaloradamente en torno a 1820. En aquella ocasión los interlocutores fueron Robert Surcouf, marino al servicio de Napoleón y un oficial de la Real Armada Británica. En el encuentro, se hablaba sobre la batalla naval que enfrentó a ambas potencias hacia 1815, cuando los británicos bloquearon los accesos al Mar Índico. Fue entonces cuando Robert Surcouf, corsario con patente napoleónica, tomó las Islas Mauricio y Reunión. Capturó un total de 47 naves, abordando a la famosa fragata británica Kent. La discusión entre los viejos marinos, estaba llegando a un punto de máximo acaloramiento; fue entonces cuando el inglés dijo: “lo que nos distingue es que nosotros nos batimos por el honor y vosotros por el dinero”. A lo que contestó el corsario francés: “Pues sí. Cada uno lucha por lo que le hace falta”.

Ya no quedan políticos de esta talla.

3 comentarios:

Paco Tinoco dijo...

David, sabes que últimamente no seguía el blog, no era muy de santos, pero por facebook veo los enlaces y la verdad es que hablar de Churchill es algo que me ha interesado mucho, es un personaje al que ciertamente no conocía, o por lo menos no estas anécdotas (por supuesto que lo conocía...) Te puedo comentar, ya que me cogió de cerca una temporada, que tiene una estatua para él solito en la plaza adjunta al parlamento inglés, mirando de frente al Big Ben, con personajes tales como Nelson Mandela o Abraham Lincoln...

En realidad también te escribo para contar una anécdota curiosa que tiene mucho que ver con Churchill y con lo que he estudiado (Lo último, hostelería) Resulta que como bien sabrás, este hombre vivía pegado a un puro, pues bien, desde la fábrica de la marca cubana Romeo y Julieta decidió crear una marca (Valga la redundancia) con el nombre Churchill, en honor al puro que siempre fumaba, con una vitola de galera del nº2 Julieta (La vitola de galera viene a ser algo así como la medida del puro, tales como tamaño, diámetro, etc...)y lo mejor de todo, es que cuando alguien quiere ese tipo de vitola, piden directamente un Churchill, y no la nº2 Julieta. Esto viene a ser algo así como llegar a cualquier establecimiento de tu tierra y pedir un puleva de chocolate en vez de un batido de chocolate...

Sé que es una tontería, pero es una anécdota que me contaron en una ponencia de puros y tu artículo me ha hecho recordarla, y, por consiguiente compartirla.

Espero que te haya servido un poco esta reincorporación a tu blog.
Un abrazo David.

David R.Jiménez-Muriel dijo...

Paco, lo primero es mandarte un abrazo gigante. Ya sabes que la distancia no es impedimento. Por cierto que tendremos oportunidad de hablar ciertas cosas televisivas por privado en las que está presente la cocina... Ter mantendré informado.

La anécdota es magnífica. Lástima no haberla incorporado antes. Mil gracias.

Y ahora te cuento, al salir la "puleva de chocolate", ese viaje de estudios de unos alumnos de 8º de EGB al Norte, atravesando el país entero. Para ahorrar costes y tiempos, el viaje fue de un tirón desde la tarde noche anterior. Llegamos a Galicia de mañana y hubo parada para mil cosas, entre las que estaba el desayuno obligado.

Uno de mis compañeros discutía acaloradamente con un camarero de estación de servicio y le preguntamos que a qué se debía tal mosqueo.

Y es que había tenido los santos rieles de presentarse delante de un gallego, a mil kilómetros de su casa y decirle:

-Buenos días; ¿me pone una puleva de chocolate y una Maritoñi? [...]

¿Cómo que no tiene? Pero bueno, ¿qué desayuno yo ahora?

Y a mi amigo, ese día, se le "jodió el viaje"...

Un abrazo enorme.


Anónimo dijo...

Ja, jaja, una puleva de chocolate y una maritoñi, ¿se puede tener más arte?