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miércoles, 21 de noviembre de 2012

Sabrina


Si todavía queda un solo mortal con una menuda afición al cine que no conoce a Billy Wilder, entonces será verdad que el Mundo se acaba este 2012. Porque el guionista y director austríaco, veintiuna veces nominado al Óscar que ganó en cinco ocasiones y capacitado como el más fecundo animal que el cine ha dado, nos dejó títulos incombustibles en los 60 guiones, de los que dirigió 26, películas rotundas como “Perdición” (1944), “Días sin huella” (1945), “El crepúsculo de los dioses” (1950), o “El apartamento” (1960) en los que se saltaba del humor al drama dentro de un lenguaje único que sólo pudo crear el maestro Wilder.

Su cine persigue que el espectador se contagie de una alegría de vivir, de una necesidad de conocer al género humano. Nunca lo verán detrás de una cámara para realizar una película del oeste, un musical, una epopeya histórica. Él cuenta la vida, perfectamente creíble y bajo su especial percepción, retratando a los protagonistas desde el instante en que comienza el largometraje. Por eso, cuando en 1954, Paramount Pictures saca a la luz Sabrina, muchos están convencidos que asistirán a la revisión del cuento de la Cenicienta, una obra ñoña, sensible y edulcorada sin trasfondo alguno. Y en efecto, cualquier otro director podría haber convertido la historia (ciertamente débil) en una hora y media cursi y débil. Pero Wilder, maestro a la hora de hacer “un cine negro cómico”, estaba dispuesto a reinventar el manido tema y hacerlo interesante.

De partida, el elenco de actores simplemente corta el hipo. William Holden para empezar. Audrey Hepburn, que un año antes se había metido en el bolsillo a medio Hollywood con “Vacaciones en Roma”. Y para terminar, Humphrey Bogart, el duro de la pantalla “haciendo de menos duro”. Givenchy era el modisto; de hecho, cuando al famoso diseñador francés Hubert de Givenchy le dijeron que iría a su casa Hepburn para que trazara para ella la ropa de una película de Wilder, creyó que se presentaría ante él Katharine Hepburn. Su sorpresa fue tal que al principio, se negó a realizar el vestuario de la actriz. Pero entonces, conoció a la inmortal Audrey, haciendo suya la frase que un año antes dijeran de la actriz: “Tiene todas las cosas que busco: encanto, inocencia y talento. Además es muy divertida. Es absolutamente encantadora”.

Pero es el personaje del padre de ella, el señor Fairchild, un chófer al servicio de la poderosa familia Larrabee el que nos indica dónde está la diferencia entre ser un director bueno y ser Billy Wilder. Las sentencias que suelta por su boca el actor John Williams (un secundario a las órdenes también de Alfred Hitchcock) hacen que el mito de la Cenicienta apetezca. El caso es que el rodaje no fue fácil. Se presupuso que Audrey Hepburn y William Holden tuvieron más que palabras, todas “cariñosas”, durante la interpretación. Por otro lado, Bogart no quiso ponerle las cosas fáciles al resto del reparto. El genial Humphrey aceptó el papel porque su agente le convenció de que debía participar en una comedia, con el fin de mitigar la imagen de duro que tenía. Pero si alguien cree que estamos ante una obra menor (en comparación con otros títulos de Wilder es posible, pero quién puede tildar de mediocre cualquiera de sus películas), ahí está la copia servil que en 1995 dirigió Sidney Pollack con Julia Ormond como Sabrina (la Audrey original), Greg Kinnear como David (que dio vida William Holden) y Harrison Ford como Linus (Bogart, siempre Bogart).

Y a todo esto, ¿por qué citar esta “peliculita” (entiéndase la calificación teniendo en cuenta las genialidades de Wilder) como interesante? Pues entre otras porque, como ya vimos en su día en una obra de Hitchcock, Rebeca, el cine ha impuesto modas y hasta términos que hoy día usamos. Si en el caso de Rebeca (1940) los españoles conocieron esa prenda que lleva el nombre por la protagonista en la sombra del film, los zapatos bajos que de un tiempo a esta parte se han puesto de moda entre las adolescentes y adultas, que muchos llaman “manoletinas” en honor al diestro cordobés, el califa que murió en la Plaza de Linares, su otra forma de conocer a este calzado informal tan en boga hoy día es como “sabrinas”.

Porque Audrey, antes de saltar desde su sitio como hija de un criado de una familia rica a deslumbrante mujer que seduce y cautiva a los dos hermanos herederos, justo en el momento en que no es más que una “cenicienta” norteamericana de mediados del siglo veinte, usa este calzado simple, básico y sencillo, para trepar al árbol del jardín residencial desde el que ve con infantil envidia, la gran vida que se dan los “Larrabee” , suspirando por el rico hermano pequeño David (William Holden).

Gracias a Billy Wilder y a Audrey Hepburn, cientos de miles de adolescentes españolas, se calzan sabrinas. Aunque la mayoría, no le lleguen a la fina suela de ese zapato, a la más deslumbrante (eso cree el que firma) mujer que ha dado el cine.

1 comentario:

costalero gruñón dijo...

Yo suscribo la calificación que la das a Audrey, David, no soy muy imparcial a la hora de hablar de ella, ya que me gusta con locura. Audrey es única e irrepetible y, por suerte para nosotros, podremos verla siempre que queramos sólo con encender el DVD o el VHS (quien lo conserve, como yo).

Un abrazo