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sábado, 17 de noviembre de 2012

La Revolución Francesa


Léon Maxime Faivre (1856-1914), es, con toda probabilidad, el más atento de los pintores de historia y el más creativo de los autores plásticos franceses del llamado periodo de la III República, aquella etapa francesa que abarca desde 1870 (y por tanto coge a nuestro hombre con 14 años) hasta la conquista nazi de Francia en 1940. Es un pintor fabuloso, muy lírico en su temática y con un clasicismo inherente que sabe además modernizar y actualizar a la recta final del siglo XIX y alejándose de la influencia del Impresionismo, que iba a convertirse en realidad en el año 1873. 

Pero a Faivre le llega el momento de interesarse por un episodio glosado y llevado hasta la gloria por la historia más mentirosa y que no es otra que la Revolución popular que los franceses consignaron a partir de 1789 y que, a lo largo de los años, instauró el terror, el miedo, la sangre y el asesinato selectivo por doquier. Estamos por tanto en los llamados “Inicios del terror”, asunto histórico que retrata la vileza, la vergonzosa actitud de la Francia revolucionaria y motiva, 106 años después de aquello, que el pintor Faivre, al igual que otros tantos, se lance a ejecutar un lienzo de extraordinarias proporciones que conserva el Museo del Louvre, basado en el drama que experimenta una mujer concreta en los represivos sucesos de septiembre de 1792.

Sólo así puede entenderse “La muerte de la princesa de Lamballe” (1908). La aristócrata es María Teresa de Saboya, noble italiana casada con Luís Alejandro de Borbón, tataranieto de Luís XIV y por tanto familia del entonces rey de Francia. María Teresa se convirtió en una de las más fieles y sinceras amigas de María Antonieta. Tal vez eso, y su condición noble, hicieron que un 3 de septiembre de 1792, se convirtiera en una de las víctimas de las llamadas matanzas de septiembre. Sus verdugos se encarnizaron con su cuerpo, fue decapitada, sus restos mortales sometidos a vejaciones, el pueblo mojó pan en la sangre de la princesa antes de comérselo, otros utilizaron su piel, otros descuartizaron el cadáver, arrastrado hasta el Palacio Real y una vez allí, su cabeza fue peinada y maquillada antes de ponerla en la punta de una pica que, a continuación, pasearon ante las ventanas de la prisión para que pudiera verla María Antonieta.  

Una de tantas muertes genocidas de aquella Revolución que muchos siguen entendiendo como el paradigma de la libertad. 

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