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martes, 27 de noviembre de 2012

Juan y medio

Juan Álvarez de Mendizábal (1790-1853), gaditano de Chiclana, Ministro de Estado, Ministro de Hacienda y Presidente del Consejo de Ministros, fue, es y será una de las figuras más polémicas de la historia española. Cambió su apellido materno (Méndez) por el conocido de Mendizábal que le ha dado toda suerte de fama, por el prestigio que un sobrenombre vasco daba en aquel primer tercio del siglo XIX a cualquier comerciante afincado en Cádiz. Pero todavía se especula si el controvertido Ministro se desentendió de la herencia materna para ocultar un pasado judío. Pero no crean que don Juan aborrecía el Méndez hebreo por sus creencias católicas, porque aunque bautizado en la fe, era un masón activo y afanoso.


Mendizábal era a los 29 años el responsable de intendencia del Ejército español en el sur. Será a raíz de sus negocios cuando radicalice su condición liberal, ganándose la vida con el comercio (o tráfico, vaya usted a saber) de carey para la elaboración de peines para la clase alta gaditana. En todo caso, la progresía de este país siempre ha sido proclive a desentenderse de sus principios cuando el “poderoso caballero don dinero” hacía acto de presencia. Y con un generoso rédito económico, se lanzó en 1820 a costear la conspiración militar de Rafael de Riego. Expulsado del país, Mendizábal huyó a Londres, que conoció todo lo bien que lo dejaron, puesto que pasó una generosa temporada en la cárcel por deudas, lo que le hizo cambiar de trabajo, dedicándose entonces a la exportación de vinos españoles.

En 1830, Juan Álvarez vuelve a enfrascarse en conspiraciones siendo uno de los que sufraga la Expedición de Vera, sin olvidarse de participar en la Guerra Civil portuguesa mandando a los liberales de un país que ni le iba ni le venía, cantidades de dinero suficientes como para mantener intactas sus oportunidades bélicas. De su pacifismo poco habremos de destacar, puesto que ese mismo año se embarca en otra aventura internacional intentando costear también la Revolución de Bélgica de 1830, con sumas de dinero enviadas a la causa liberal que pretendía el establecimiento de una República y que se mostraba oficialmente contraria a la Iglesia y al rey francés. Seguro que saben que de aquella Revolución, nació Bélgica tal y como la entendemos pero con la primera Monarquía Constitucional o Parlamentaria del Mundo, a la que sumó enteros la española Fabiola de Mora, Su Majestad la Reina Madre de los belgas.

Ilustración del Bolg Paseando la Historia.

Nadie puede discutir que Mendizábal era un hombre de fortuna, al menos económica, como sus “empresas revolucionarias” lo ponen de manifiesto. Así las cosas, en 1835 entra en los gobiernos interinos de España, tomando como primera medida la famosa ley que con su apellido (falso, pero por el que lo conocemos) procuró la confiscación de los bienes de la Iglesia Católica para redistribuir la riqueza del país y ayudar a los millones de ciudadanos que no tenían nada. Pero la gestión de Mendizábal, muy poética, muy lírica, fue un fracaso absoluto. La incautación de los bienes católicos no fue a parar a quienes lo necesitaban, sino a la oligarquía nacional, de forma que los pobres siguieron siendo pobres, las arcas de la Nación se quedaron igual (vacías), se robó al propietario legal un patrimonio extenso y con esta medida, cuadros, piezas litúrgicas, tierras y otros sirvieron para que los ricos se enriquecieran y buena parte del patrimonio español saliera de nuestras fronteras. La ruina de centenares de edificaciones, que hoy día formarían parte del catálogo patrimonial de cualquier ciudad, da muestras de una inusitada torpeza y un error de bulto en la ejecución de esta “desamortización”.

Otra de sus felices ideas fue la “redención de quintas”, es decir, la posibilidad de pagar para no hacer el servicio militar y en caso extremo, acudir a la guerra, de forma que los burgueses y adinerados de España salvaron a sus hijos de la contribución equitativa, dejando sin amparo a los pobres. Como ven, favoreció a las mismas clases poderosas que jamás representó y con las que no comulgaba, para hacer todo lo contrario de lo que se espera de un liberal, un progresista: acabar con la igualdad de los ciudadanos, que gracias a su decisión, fueron “más” si tenían, y nadie si eran pobres.

Pero si por algo nos ha de interesar este personaje en el día de hoy, es por el sobrenombre que le pusieron debido a su figura. Madrid, ya sabemos, ha hecho gala a lo largo de la historia de uno de los gracejos e ingenios más incontestables en el panorama nacional. Cuando Juan Álvarez Méndez, es decir, Mendizábal, fue nombrado alcalde de la Villa y Corte, los madrileños pudieron tratarlo con asiduidad y fijarse en su porte característico. Dicen de él que vestía las levitas más caras y mejor cortadas de toda España, algo muy propio de un progresista (¿no creen?), a lo que se sumaba su altura, que en aquella fecha era inusual y rotunda. Medía Mendizábal más de 190 centímetros, aunque como curiosidad, se dice de él que tenía unos pies muy pequeños en comparación a su envergadura. Lo que no cabía duda es que alguien como él, tan alto, tan distinguido en el vestir, sería pronto conocido de una manera muy castiza entre los madrileños: Juan... Y MEDIO.   

Con el tiempo, un almeriense tan alto como él y con gracia indiscutible, aprovechando que su nombre también es el de Juan, es conocido de igual forma, lo que nos recuerda que en una España milenaria, lo más seguro es que todo esté ya inventado...

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