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lunes, 5 de noviembre de 2012

José de Mora


A mediados del siglo XVII, la corriente estética que imperaba en la escultura religiosa de todo el sur de España, coincidía con el gusto por el idealismo, o lo que es igual, por sublimar, por elevar las representaciones de Cristo, la Virgen o los Santos. Y de repente, aparece en Granada un escultor de Mallorca que aprende los oficios de la escuela granadina y se afirma en el realismo, en la autenticidad precisa y firme. En esa fuente bebe su hijo y en esos gustos nace al Mundo José, al que el taller paterno se le quede chico muy pronto, formándose con los más preclaros artistas del barroco español, caso de los granadinos Pedro de Mena y Medrano o Alonso Cano Almansa.

Para los principales críticos de arte, que la producción de José de Mora es una “poética de acentos místicos”; sólo observando su arte, decía el catedrático Pita Andrade, “uno puede descubrir su personalidad de sentidas soledades, de atormentados sentimientos”. El pintor Antonio Palomino, coetáneo de él, habla en primera persona: “yo lo conocí y traté mucho cuando estuve en Granada en el año 12 [1712] a pintar la célebre Capilla del Sagrario de aquella Santa Cartuja... y verdaderamente era hombre muy caballeroso, y muy honrado y de los más pacíficos de los artífices, honesto, casto y en todo momento muy aprovechado para el arte”.

El arte de José de Mora fue por tanto consecuencia de su personalidad. Elevado a lo más alto que un escultor del barroco podía soñar, fue nombrado “ESCULTOR DE CÁMARA” de Su Majestad el Rey de España Carlos II. Lo pretendió incorporar a su servicio, el rey Jacobo II de Inglaterra y VII de Escocia. Para el catedrático Sánchez-Mesa Martín, su temperamento sería envidiado por el resto de imagineros contemporáneos, debido a un “sentimiento apasionado, especialmente único y propicio para el tema religioso”.

Sólo con estas descripciones entendemos que un joven de 29 años, terminara a finales de agosto de 1671 una singular y exclusiva Imagen encargada por los Servitas de Granada. Fue trasladada de noche, desde la mágica y personal Casa de los Mascarones, tan particular como su dueño. Desde la vivienda-taller atravesó el Albaicín camino del centro neurálgico de la ciudad, hasta San Felipe Neri, la Casa Madre espiritual de los Servitas (hoy Santuario Redentorista del Perpetuo Socorro). En el trayecto, como después afirmaran los granadinos, le dio tiempo a la Dolorosa de talla completa hasta de curar a una niña desahuciada.

Pero tal día como hoy se cumplen 341 años que fue bendecida, entronizada y ocupó el Altar Mayor de la Iglesia, que todavía conserva en su portada lateral una reproducción de su plástica y estética, inmortalizando que ésa fue su Casa inmemorial. Hablamos de la más elegante y perfecta representación de la “Soledad de María al pie de la Cruz”, pero que durante tres siglos fue venerada y le rezaron los granadinos bajo la advocación de Dolores. Ella es simplemente, producto de uno de los genios más grandes que ha dado el arte español y una de las piezas más meritorias de la imaginería pasionista en el Mundo. El profesor, arqueólogo y director de la Comisión de Monumentos Históricos de Francia Marcel Auguste Dieulafoy, dijo a principios del siglo XX, en una visita a Granada movido por su pasión por el arte islámico, que “su rostro es una de las páginas más emocionantes de toda la escultura de la pasión europea”.

José de Mora falleció 53 años después en su ciudad. Era un 25 de octubre de 1724 y el consumado artista tenía 82 años. Había compuesto las mejores iconografías hagiográficas de todo el Barroco. Una de sus creaciones, un Crucificado que los granadinos llamamos de la Misericordia, es la imagen religiosa más copiada de cuantas procesionan en España. Y sus tipos se siguen copiando tres siglos y medio después. Pero un 5 de noviembre de 1671, hace hoy 341 años, pagó a la historia el precio más alto y singular que conozcamos, a través de esa Dolorosa única que hoy se venera en la Parroquial de Santa Ana de Granada. 

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