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miércoles, 28 de noviembre de 2012

Estornudo


La ciencia ha venido a explicarnos infinidad de cuestiones cotidianas que a nuestros antepasados (y no tan lejanos) les producía auténtico pavor. Algún día hablaremos del rey franco sucesor de Carlomagno que murió infartado al contemplar un eclipse lunar, sin ir más lejos. Y esto ocurriría desde el principio de la Humanidad con el saludable y normalísimo efecto de estornudar. A este acto reflejo de expulsar el aire de manera violenta lo conocemos como estornudo gracias a los griegos, que se fijaron en el ruido producido por este acto fisiológico y la apabullante presencia al producirse de los vocablos S, T y R. Los romanos fijaron semánticamente el término con el verbo sternuo, que evidentemente tiene su origen en el griego. Y de ahí, estornudar en este latín vulgar que hablan más de 500 millones de personas y se llama Español.

Los egipcios consideraban que el estornudo era un aviso, una advertencia de los dioses siempre que se cometía algún acto nada honroso. Podía darse el caso que se estornudara en una ocasión propicia, lo que venía a significar que el dios concreto aprobaba el acto; o todo lo contrario. No faltaron faraones que intentaron a través de sus “magos” predecir el futuro en torno a los estornudos y cuándo éstos tenían lugar.

En Grecia está presente incluso en la Odisea de Homero, hace por tanto más de 2.800 años. En la narración de la compleja obra, una de sus protagonistas, Penélope, ríe de emoción al ver cómo su hijo estornudaba justo en el momento en que le están comunicando que no saben si su marido sigue vivo o no. Y ella, siguiendo la fidelidad de la época, estuvo desde ese instante del estornudo, perfectamente convencida de que los dioses le querían comunicar el buen estado del esposo mediante el acto reflejo.

Desde el siglo V antes de Cristo, tras un estornudo, loso griegos popularizaron saludar tal acto con una expresión de júbilo. El estornudo era ya algo de buen agüero. Así sucede y así lo cuenta en el año -401 cuando en la Expedición de los Diez Mil Hombres al mando de Ciro, los griegos pretenden tomar Persia y en el momento en que aguardan para asaltar a las tropas de Artajerjes, un soldado estornudó. Alguien se adelantó diciendo: “¡Vivid!” en señal de alegría y de buena fortuna, pues los dioses estaban de su lado y la victoria sería griega. Puede que estemos ante el instante en que se originó la costumbre de decir algo tras el estornudo.

A Roma las tradiciones le importaban mucho. Las suyas eran mezcladas con la de los pueblos conquistados, haciendo una amalgama sincrética de ritos y modos que hizo grande al pueblo romano. Lo que absorbieron desde luego fue la cultura griega y la costumbre de decir “¡Vivid” tras el estornudo, en Roma fue “¡Júpiter te conserve!”. Con los años, lo normal fue acortar la expresión de buenos deseos, el saludo a un gesto asociado a la divinidad para decir simplemente, “¡Salve!”.

Así llegamos a la Edad Media y al cristianismo. En el año 590 subía al solio pontificio el conocido como Gregorio Magno. San Gregorio I, el Grande, fue Papa desde el año 590 al 604, aportando no ya sólo al cristianismo su erudita cultura, sino que dejó para la Humanidad importantes contribuciones como la música bautizada en su honor como “gregoriano”. Pero el nuevo Papa no empezó su trabajo como Vicario de Cristo con buen pie, y a los pocos meses de ocupar la Silla de Pedro se declaró una virulenta epidemia de peste en la ciudad de Roma. A decenas morían los habitantes sin que la medicina de la época pudiera hacer nada por evitarlo. Cada vez que se producía un estornudo, la población creía que el que lo había exhalado estaba contagiado, haciéndose popular una expresión justo al término del estornudo: “¡Jesús!”. Con la intención de invocar el nombre de Cristo, los romanos de hace 1422 años pretendían que Jesús detuviera el avance del contagio en aquel que acababa de estornudar.

Pero Gregorio Magno quiso ir más lejos. La epidemia era imparable. Así que propuso que desde el principio de detectarse cualquier signo evidente de enfermedad, como por ejemplo el estornudo, los ciudadanos lo tuvieran presente y dijeran en voz bien alta, “¡Salud!”, a manera de aviso para los demás, que acababan de estar informados de las precauciones necesarias a tomar para no acabar contagiado. El caso es que tras la epidemia, Roma aprendió que para bendecir el lugar y desear salud al que estornudara, fuera por motivos buenos o malos, contestaría el creyente con vehemencia e inmediatez diciendo el nombre de Dios Cristo: “¡Jesús!”.

En los países de tradición latina, se hizo popular. Entre los anglosajones, el término que más se empleó fue “Bless you”, es decir, “¡Dios te bendiga!”.En la España Moderna (1492-1789), la profunda huella católica de nuestra Nación fermentó en una letanía, una pequeña oración o jaculatoria que aún hoy sigue siendo frecuente escucharla según en qué regiones y poblaciones: “¡Jesús, María y José!”, por si al decir todos y cada uno de los miembros de la Sagrada Familia, el que estornuda sea triplemente protegido.

Las culturas de casi todos los rincones y países del Mundo siguen aún hoy concediendo una importancia grande al estornudo. No hace falta creer en ello, pero sin quererlo, el poso cultural es hoy imposible de borrar y se repiten frases a manera de bendiciones o se cree y asocia el estornudo a cosas concretas como algo que ha quedado grabado en el colectivo ciudadano. Así por ejemplo, países eslavos como Rusia y otros ortodoxos como Bulgaria, creen que los estornudos que ocurren después de hacer una afirmación, no son otra cosa que la confirmación por parte de Dios de que lo que se dice es cierto. Por su parte, India, Pakistán y Guatemala creen que cuando alguien estornuda es que recuerda o es recordado por alguien querido. En Japón son mal pensados, porque estornudar es señal de que alguien está hablando de la persona que estornuda. Y en México, si un hombre estornuda, su esposa le está siendo infiel.

Hoy en España, mucha gente no emplea el “¡Jesús” tradicional, por cuestiones de agnosticismo o ateísmo, algo muy respetable, aunque en cambio, sí que dicen, como los romanos de hace decenas de siglos, “¡Salud!”. Luego, una buena mayoría, no dice nada... No han de hacerlo, y si acaso, los católicos lo repetimos quizás como un gesto de cortesía, o tal vez porque 3.000 años en el colectivo cultural de toda la Humanidad, no son fáciles de eliminar de un plumazo. Pero a día de hoy, al menos en esta España nuestra donde los vecinos no se saludan y la educación es espejo empolvado, oír algo, aunque sea el “salud” profano, es casi una odisea. ¡Con lo poco que cuesta!

Así que señores, si están estornudando, a punto de hacerlo o ya lo han hecho, “¡Jesús!”... y “¡Salud!”.

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