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viernes, 23 de noviembre de 2012

El Palacio del Buen Retiro


Detalle de la estatua de Felipe IV del Blog madridafondo.blogspot.com

A Felipe IV, la vida con la que soñaba San Juan de la Cruz le debía parecer extraordinaria. El Rey Planeta gobernaba la máxima extensión territorial que nunca tuvo España y aunque estaba empezando a tambalearse la fortaleza indiscutible del Imperio, lo cierto es que todavía la infantería española sembraba de victorias a su favor los campos de batalla de Europa. Además, los Montañés, Zurbarán, Ribera, Murillo, Alonso Cano, Pedro de Mena, Calderón de la Barca, Baltasar Gracián, Quevedo, Tirso de Molina, Lope de Vega o Diego Velázquez, prolongaban el Siglo de Oro español. Nadie diría que comenzaba a declinar la estela hispana, con Portugal incluida en el reino, artistas inigualables de las letras, la escultura, la música y la pintura y salvo alguna batalla de cuyo nombre no quiero acordarme que nos ganaron los franceses, a España, toserle, le tosían más bien pocos... O nadie.  

Gobernar un Imperio así debía ser harto complicado. Y Su Majestad Felipe IV gustaba perderse en las huertas y campos que poseía su valido, su primer ministro, el Conde-Duque de Olivares (cáncer maligno de España, como casi todos los políticos de nuestra historia) en los límites de Madrid. Para eso, abandonaba la corte del Alcázar y se encerraba en los muros del “Cuarto Real”, unas dependencias del Convento de San Jerónimo que los monjes habilitaban para tan honorable huésped. Todo ello, está hoy a tiro de piedra del Museo del Prado. Pero regresando al siglo XVII, al Conde-Duque Gaspar de Guzmán, no sabemos si por hartazgo de anfitrión o por experiencia de adulador, le pareció apropiado levantarle a Felipe IV un complejo de gabinetes y pabellones, rodeados y cercados de frondosa y agreste vegetación, que sirviera para sus retiros, para sus paseos y el ejercicio de la caza.

Desde 1630 a 1640 fue naciendo un vasto conjunto que diseñó, proyectó y acometió el arquitecto Alonso Carbonel (1583–1660), que en 1632, la amistad que mantenía con el Valido Real le significó el encargo de las obras del nuevo Palacio del Buen Retiro, desplazando a Juan Gómez de Mora. Todavía le quedaba un escollo al bueno de Alonso Carbonel para convertirse en maestro mayor de las obras regias en solitario; no era otro que el arquitecto Juan Bautista Crescenci (1577-1635) que desde 1617 era uno de los más reconocidos artistas al servicio de España. No en balde, llegó a nuestra Nación bajo tutela de Felipe III que le encargó nada menos que El Panteón de los Reyes de El Escorial y Felipe IV le otorgó, en reconocimiento a su labor como artista, el marquesado de La Torre y le nombró caballero de Santiago. Ocupó también el cargo de superintendente de la Junta de Obras y Bosques.

Palacio de la Zarzuela durante las obras de acondicionamiento de Diego Méndez en 1958.

Cuando el romano Crescenci muere en 1635, Alonso Carbonel asumió ya sin cortapisas las labores de arquitecto de la obra del Palacio del Buen Retiro, así como de sus ermitas. Su fama será completa cuando en 1637, también se haga cargo del Palacio de la Zarzuela. Pero como nos interesa el Buen Retiro, por desgracia hemos de decir que de todo este ingenio arquitectónico, queda tan solo el espacio que hoy ocupa el Parque del Retiro, que con su nombre nos indica la función que cumplió como lugar de asueto y descanso de los Reyes de España. Conservamos también el Salón de Reinos en el que Felipe IV organizaba las recepciones más diplomáticas y que se decoró con las principales glorias militares españolas (La Rendición de Breda de Diego de Velázquez entre otras), para convertirse luego en el Museo del Ejército, y al fin, el Salón de Baile, que hoy conocemos como Casón del Buen Retiro, reformado y adaptado como Centro de Estudios del Museo del Prado. 

Vista del Palacio del Buen Retiro según grabado de Juan Álvarez de Colmenar (1707).

En toda esta lengua de tierra madrileña se levantó el fasto arquitectónico, jardinero y urbanístico de la España del Siglo XVII. El punto de partida fueron los cuartos monásticos que los jerónimos prestaban al Rey para sus retiros espirituales. Convertido en “casa señorial” más que en palacete, la primera fase pretendía agrandar los cuartos y construir una nueva ala destinada a habitaciones para la Reina y una dependencia que se improvisó con motivo del juramento como Príncipe de Asturias, del heredero Baltasar Carlos el 7 de marzo de 1632. Desde entonces, las obras son frenéticas. Nace el “Cuarto del Príncipe”, A partir de ese momento empieza la construcción frenética de otras nuevas dependencias que obedecería todo a una idea que el Rey Felipe IV resume con sus propias palabras en la firma de los contratos de ejecución de las dependencias: "Yo y mis sucesores pudiésemos, sin salir de esta corte, tener alivio y recreación”. Y así se levantan dos grandes patios o plazas, sus jardines traseros y cuanto estuviera pensando para el recreo, puesto que la misión administrativa ya estaba cubierta por el Alcázar. 

Detalle de la zona del Retiro y el Prado en el Plano de Madrid de Pedro Teixeira Albernaz (1656).

Lo que sí tenía claro tanto el Conde-Duque de Olivares como el Rey es que las obras no podían eternizarse al igual que ocurriera con El Escorial. La celeridad era casi una norma y si bien hubo para contratar a mucha mano de obra, no tanta para hacerse con buenos materiales, por lo que predominaría el ladrillo y el revoco, enmascarando una construcción cuya calidad distaba mucho de la deseada para la más grande y gloriosa monarquía que en ese momento tenía el Mundo. La pretensión estaba clara: crear un edificio a bajo coste que cumpliera con una sencilla exigencia: servir de retiro a la Casa Real. 

La fachada del Palacio estaba precedida de tres patios. Toda la arquitectura era de ladrillo visto, desposeído de cualquier tipo de adorno y con formas clásicas y sencillas, que a nadie jamás habría de sorprender, habida cuenta que el espacio estaba destinado a uso de recreo. El patio central lo presidía nada menos que la fabulosa escultura de Carlos I hecha por Pompeyo Leoni que hoy se conserva en el Museo del Prado. El patio de la derecha se le conocía como “la leonera”, porque a él daban las cuadras y dependencias donde se guardaban leones, toros y fieras que se usarían en las partidas de caza o en espectáculos para el divertimento de la corte. Un tercer patio estaba destinado a la entrada del servicio y a él daban las dependencias de los mayordomos y criados del complejo. Se llamaba, por tanto, Patio de los Oficios. Patios de acceso y fachada principal del Palacio del Buen Retiro.

El conjunto estaba compuesto por dos grandes patios conformados por construcciones sencillas y regulares. Eso sí, las fachadas se llenaban de vanos en los que sobresalía el balcón. En efecto, se trataba no de una serie de construcciones destinadas a vivienda, sino de lugares para poder seguir las celebraciones variadas que se llevaran a cabo, caso de las que sucedían en el primer patio, destinado a corridas, juegos de caña, justas... y el segundo, donde de manera más institucionalizada, se realizaban las paradas militares, conociéndose también el espacio como “La plaza grande”. Lo que está claro es que nadie podría negar que todo el conjunto recuerda a la Plaza Mayor de Madrid, con el empleo de las torres de las esquinas con sus chapiteles de pizarra.

Edificio que fue sede del Museo del Ejército, poco de lo que queda del Palacio del Buen Retiro.

Uno y otro patio quedaban divididos por una construcción que desde su origen, no sólo se pensó como espacio para que desde sus balcones se pudieran seguir las celebraciones festivas y militares; es aquí donde aparece el Salón de Reinos. En principio, esta dependencia sólo pretendía ser la antesala a través de la cual acceder a los palcos reales que presidían ambos patios, pero cuando se comprendió la importancia arquitectónica del recinto se ornamentó y se convirtió en un Salón del Trono o de recepción de embajadores. Su nombre lo recibió de los 24 escudos pintados sobre los lunetos de los techos que simbolizaban los reinos que conformaban la monarquía. Arquitectónicamente hablando es de lo poco que queda en pie del conjunto y hasta hace poco, fue sede del Museo del Ejército español, concentrándose todo hoy en el Alcázar de Toledo. 

 Recreación del interior del Salón de los Reinos.

El Conde-Duque convirtió el Salón en el lugar donde representar la gloria de la Casa de Austria y con ello, a la Corona de España.

Recreación del interior del Salón de Reinos del Buen Retiro.

Sobre las ventanas, los Trabajos de Hércules pintados por Zurbarán; eran 10 y no doce como nos cuenta la literatura griega, pero lo importante era equiparar la grandeza del semidios con la del Rey de España. Nada más entrar, el testero ofrecía tres lienzos de gran formato de Velázquez, terminados en 1634: los retratos ecuestres de Felipe IV, Isabel de Borbón y el Príncipe Baltasar Carlos. Hoy, los conserva el Museo del Prado. La pared contraria, la del trono,  estaba decorada con otros dos lienzos de Velázquez, en honor a los padres de Felipe IV: Felipe III y Margarita de Austria a caballo, también ambos en el Prado. El muro norte contaba con siete hazañas militares prácticamente coetáneas al Palacio: “La rendición de Juliers (Jusepe Leonardo). “La expulsión de los holandeses de la isla de San Martín”, (Eugenio Cajés, hoy día perdido). “El sitio de Rheinfelden” (Vicente Carducho). “El socorro de Brisach” (Jusepe Leonardo). “El socorro de la plaza de Constanza” (Vicente Carducho). “La recuperación de la isla de Puerto Rico” (Eugenio Cajés) y “La recuperación de la isla de San Cristóbal” (Félix Castelo).

Luego, nos quedaría el Muro sur, en el que sólo voy a citar una de las seis obras: La rendición de Breda, de Velázquez, que todos admiramos como “Las Lanzas”.

El Coliseo del Buen Retiro. Francesco Bataglioli (1750).

Antes de 1640, se había concluido el Teatro, un coliseo con forma ovalada que se inauguró con obras de Lope de Vega y de Calderón de la Barca. Contaba con una escenografía cuidada y adelantada a su tiempo, enía complejas escenografías móviles, comunicando toda esta zona de “bambalinas” con el jardín que a veces, le servía de fondo accionando su muro falso movible.  

Fresco de Lucas Jordán (1695-1697) sobre la bóveda del Casón del Buen Retiro.

La otra edificación que aún persiste es el Casón, destinado a Salón de Bailes y terminado en 1637. De él destaca la fabulosa pintura de la imagen de arriba,m que el napolitano Lucás Jordán ejecutó entre 1695-1697 y que se centra, desde la Conquista de Granada por los Reyes Católicos, en un tema sugerente y único: la “Glorificación de la Monarquía Hispánica”, con el protagonismo evidente de Carlos I, Felipe II, Felipe III y Felipe IV. La terminó en tiempos del último Austria Carlos II  y dentro de su programa iconográfico, todo giraba sobre la historia del Mundo, en torno a la Monarquía española. En uno de los extremos de la bóveda, aparece la escena del origen de la Orden del Toisón; no hay que olvidar que los Austrias se consideraban descendientes de Hércules. 


La Glorificación de España por Lucas Jordán (1697).

La narrativa pictórica era compleja; pretendía contar la historia de la humanidad en base a cuatro periodos o edades siendo la que correspondía a la fecha de ejecución (y por extensión, a hoy día), la Edad del Hierro. En esta parte del fresco, sobresale una figura femenina. Se trata de España sentada sobre el Globo Terráqueo y rodeada por esas Cuatro Edades del Hombre que se colocan en las esquinas y como el resto de las figuras que aparecen, están bajo el dominio y control de España, que ejerce su poder omnímodo en el Planeta. Son las estaciones, los dioses del Olimpo, las artes y las ciencias, el cosmos representado por el Sol que ilumina su devenir histórico... Existe también, un doble recorrido geográfico y cronológico, que avanza desde el este hasta el oeste siguiendo el camino del sol, cuyo avance aparece reforzado por el ritmo procesional de un grupo que flota encima de las balaustradas dispuestas a ambos lados, donde se disponen las Musas y filósofos. La Glorificación de España. Lucas Jordán (1697).

Diseño barroco de los Jardines del Buen Retiro, destacando el "Jardín Ochavado".

El Retiro era la contribución de los Austria. Dejémoslo en eso, porque cuando la nueva Dinastía, la de Borbón se siente en el trono español, el Buen Retiro cae progresivamente en el olvido, entre otras por la acusada influencia francesa que sobre Felipe V (francés) tenía Versalles, que le lleva a proyectar su "particular" retiro en Aranjuez o en La Granja. EL incendio del Alcázar el 24 de diciembre de 1734 obligó a la Corona a utilizar el Palacio de Buen Retiro desde 1735 a 1764, fecha de finalización del actual Palacio de Oriente. Fue entonces cuando Carlos III primer huésped real del Nuevo Palacio, destine los espacios del Buen Retiro para albergar su ilustrado proyecto de remodelación de Madrid, naciendo el Jardín Botánico, el Museo de Ciencias Naturales (actual Museo del Prado) y el Observatorio Astronómico. Otros edificios, acabarán convertidos en cuarteles (el Salón de Reinos) o como sede de la recién fundada Fábrica de Porcelana.

Actual Estanque del Parque del Buen Retiro con el Monumento Conmemorativo a Alfonso XII.

La Invasión Napoleónica arruinó por completo el conjunto; el ejército francés utilizó el recinto como cuartel general, causando su irreparable destrucción. Demolieron la mayoría de los edificios del complejo y los que respetaron, acabarían convertidos en arsenales. Mientras tanto, los jardines fueron excavados y los árboles talados. Si poco quedaba de aquella obra para esparcimiento y solaz, la lucha entablada por su conquista en agosto de 1812 y la decisión posterior del Duque de  Wellington de volar lo que quedaba en pie para que no fuera reutilizada por los franceses, ya en retirada, dejó en ruinas lo poco que quedaba del Buen Retiro.

Una excepcional y originalísima construcción española que da nombre a uno de los parques más famosos de la Nación y que, como casi todo en este país, supo de tiempos mejores. 

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