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jueves, 29 de noviembre de 2012

Ángel Ganivet


Retrato de Ángel Ganivet por el granadino José Ruiz de Almodóvar Burgos

Precursor del noventayochismo, novelista, dramaturgo y diplomático; pero por encima de todo, el hombre que murió hace hoy 114 años, era GRANADINO. Hasta los tuétanos, arrebatadora e inequívocamente granadino. Aquí “lo nacieron”, en esa lengua de tierra debajo del Realejo por donde pasa la Acequia Gorda. Su casa natal se levantó sobre el viejo molino que aprovechó las conducciones de riego que la Casa Real granadina durante la dinastía zirí, levantó en el año 1073.

Imagen de Miguel de Unamuno

En Granada estudió Derecho y Filosofía y Letras, licenciándose por partida doble y con sobresaliente. En 1890 empieza un doctorado en Madrid, ciudad en la que prosigue su afición literaria y su pasión por las tertulias. Entabló profunda amistad con Miguel de Unamuno, que a la muerte del granadino, dijo que él había influido más en Ganivet que Ganivet en él. La disputa se producía a raíz de las averiguaciones por ver a quién le correspondía la paternidad real e innegable de la Generación del 98. Pero ya sabemos lo que ocurrió el día que a Unamuno le dieron un premio y lo recogía de manos de Alfonso XIII, que nada más recibirlo del Rey, soltó: “Gracias, Majestad, me la merezco". A Alfonso XIII, tanta sinceridad lo apabulló y le dijo: "Caramba, hasta ahora todos los premiados me habían dicho que no merecían este honor". Unamuno, que no quiero yo desacreditarlo ni mucho menos, le contestó: "Y tenían razón". Es decir, que viendo las ínfulas del vasco, y muerto Ganivet, la influencia de uno sobre otro pudo ser más grande de lo que intentó desmentir don Miguel.

Fuente del Avellano

Pero volvamos a nuestro Ángel y su Granada, en la que fundó la mítica  había “Cofradía del Avellano”, que desde el Paseo de los Tristes se reunía con ansias de tertulia, recitando poemas, discutiendo sobre actualidad y convirtiéndose en un oasis de intelectualidad sin igual en la ciudad de finales del siglo XIX. Los “cofrades” ascendían hasta la Fuente del Avellano por el Camino que bordea la Alhambra y se llama “Cuesta de los Chinos”: No era un grupo de eruditos beatos precisamente. Cada uno llevaba algo que beber y que alegraría las excursiones y discusiones literario-políticas. Ganivet se llevaba un par de garrafas de anís de Diezma y de la tertulia, formaron parte hombres geniales como Francisco Seco de Lucena, o los hermanos Ruiz de Almodóvar Burgos.

Casa Museo de Ángel Ganivet

Ganivet se adelantó a los noventayochistas. Su “Idearium español” es simplemente necesario. Decía que España debía volver a ser la “Grecia cristiana”. En Granada la Bella construye la ciudad ideal, oponiéndose a los intentos de racionalismo urbanístico que con el tiempo, le han terminado dando la razón. En “Cartas Finlandesas” bulle lo mejor de un novelista conspicuo. Desde 1892 cuando aprueba unas oposiciones al cuerpo consular y se convierte en diplomático español en Helsinki, Ganivet echa en falta la Granada que tiene tan lejos... Y su Casa, esa Casa-Molino que lo vio nacer y donde compartía con toda su familia materna el día a día de su vida.

El Río Daugava a su paso por Riga

Fue un 29 de noviembre de 1898. Llevaba tres meses en la ciudad letona de Riga, la que hoy es orgullosa capital de un Estado libre del yugo ruso-comunista. Ocupaba el consulado español en tan distante emplazamiento pero el granadino se sentía mal. El doctor local, Ottomar von Haken le había diagnosticado una manía persecutoria, una parálisis progresiva y reminiscencias de enfermedades anteriores que brotaban en la psique del novelista y ensayista. Ganivet se sentía solo, añoraba a Granada y hacía tiempo que se había extinguido la llama del amor único de su vida, Amelia Roldán, con la que tuvo dos hijos, la joven Natalia que había muerto con tres meses y Ángel Tristán, que entonces tenía 4 años.

Imagen de Riga, capital de Letonia

Ganivet tenía que usar un barco que cruzaba las aguas del río Daugava a diario. Era el trayecto habitual que lo llevaba desde su casa al consulado español. Caía la tarde fría en Riga; el autor granadino regresaba, pensando en las aguas calmadas del Darro, en los sonidos profundos e intestinos de la Acequia Gorda del Genil que pasaba bajo su casa familiar. El estad depresivo por el que pasaba hizo el resto y se lanzó a las gélidas aguas del Dauvaga. La tripulación del barco consiguió rescatarlo, subiéndolo a cubierta, extrañado de que el español de poblada barba tuviera la infeliz idea de quitarse de una manera tan poco apropiada la vida. Cuando se despistaron, Ángel volvió a saltar, esta vez más fuerte, esta vez más lejos. El frío, la corriente y su deseo de morir se aunaron. El más granadino de los granadinos del siglo XIX moría a miles de kilómetros de distancia de su casa, solo, triste y famélicamente suspirando por una Granada que soñó y ni fue ni sería.

Nos había dejado un complejo conjunto de ensayos, obras teatrales, novelas... Da igual; se murió un granadino cabal que quería a Granada como pocos. Hace de esto 114 años y de su espíritu, hace perfecto bosquejo este poema suyo:

Lleva el placer al dolor
y el dolor lleva al placer;
¡vivir no es más que correr
eternamente alrededor
de la esfinge del amor!

Esfinge de forma rara
que no deja ver la cara...;
más yo la he visto en secreto,
y es la esfinge un esqueleto
y el amor en muerte para.

Monumento a Ángel Ganivet en el Bosque de la Alhambra.

La Bella Granada soñada por Ganivet sigue esperando intelectuales de su talla. 
Llegada de los restos mortales de Ángel Ganivet a Granada. Año 1925

2 comentarios:

Español dijo...

Ganivet fue el que se opuso al embovedado del Río Darro si no recuerdo mal, ¿no? ¿Qué le hubiera parecido entonces la Gran Vía o el edificio del Banco de Santander?

David R.Jiménez-Muriel dijo...

Querido comentarista: venía a decir que Granada debía tener su Río, como las grandes capitales europeas. En efecto, el modelo urbanístico de Ganivet era el que después compartieron los Gómez Moreno o Gallego Burín y que al menos servidor defiende: en la trama urbana histórica, que nadie toque. En los barrios modernos y con la atención más absoluta a la altura y el conocido como skine line, que se haga lo que se quiera.

Imagino que Gran Vía, con sus edificios de Caixa o al final de ella el de Santander, le escandalizarían. Pero no olvidemos la Torre San Lázaro o lo que resalta Nazaríes desde Alhambra/Albaicín...

Pero lo que ya le supondría un trauma, el Alhambra Palace. Toda una vida, y yo, no me repongo todavía.