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martes, 20 de noviembre de 2012

Abuelos


Si ayer mismo nos tocaba hablar de uno de los disparates en los que el fanatismo religioso ha solido ampararse (aquí), bien sea cristiano o del credo que ustedes gusten, toca ahora comentar uno de los episodios que más tuvo que ver en su día en el mundo del arte, gracias a la cooperación científica del inglés Charles Robert Darwin (1809-1882) que en 1859, hacía público su erudito y concienzudo estudio El origen de las especies; no voy a entrar en la valoración de un texto tan importante para la Humanidad como éste, porque mis conocimientos en campos de la ciencia (pobre español de Humanidades el que suscribe) es bastante precario, pero sí he de apuntar que a raíz de esta obra, la Iglesia Católica se empeñó con esmero en readaptar su credo a lo que le marcaba la ciencia.

¿Entonces la Iglesia reconocía que el Antiguo Testamento era mentira? No, no se trataba de apostar al caballo ganador, sino de argumentar la fe desde la ciencia, que por cierto, sí que lleva sin éxito, mucho tiempo empeñada, en demostrar que Dios no existe. Y no deja de cosechar estrepitosos fracasos al respecto. Pero volviendo a lo que nos ocupa, la Iglesia Católica ha sido la primera de entre las cristianas, si no la única, viendo el todavía persistente comportamiento del protestantismo estadounidense, en aceptar la Teoría de la Evolución.  De repente, hace más de siglo y medio, al Mundo había que convencerlo que los 19 siglos anteriores en los que había creído que el Hombre nació de un modelado divino, no era cierto.

El descubrimiento de que “nuestro origen está en el reino animal y que el Paraíso no fue más que una alegórica construcción del redactor del Antiguo Testamento” provocó una gran convulsión social, diríamos que todo un enorme y dilatado proceso de encuentros, desavenencias y debates. Pero lo cierto es que el hombre prehistórico fascinó a la gente de la época, y muy especialmente a pintores y escultores que encontraron en la más oscura de las épocas de la Humanidad, su nuevo campo de inspiración, su nuevo género toda vez que el religioso o el mitológico, ciertamente, llevaba siglos ya de repetición de los temas.

Ante la escasez de datos científicos, los artistas del siglo XIX “desarrollan una iconografía tomada del neoclásico, con un héroe musculoso al que visten con pieles y colocan en la Prehistoria”. Pero ya interesa retratar ese periodo de la Humanidad que se escapa del Génesis, que antecede a cualquier conocimiento que bajo el prisma de lo religioso, pudiera explicar de dónde venimos. El nuevo Júpiter y la nueva Venus, tienen 20.000 años y salen de las cuevas a los cuadros.

El primero de los artistas fascinados por el descubrimiento, fue Paul Joseph Jamin (1853-1903), hijo del célebre físico francés Jules Jamin, que nos dejó obras como la de la imagen superior: “Un rapto en la Edad de Piedra” (1900). Para muchos, la obra no deja desde luego de convertirse en una sátira pictórica, en el intento de retratar escenas de lo cotidiano bajo un prisma de denuncia. ¿Qué ha cambiado entre el siglo XX en el que ya entra esta obra y nuestros “padres primitivos”?

En “El pintor de la Edad de Piedra” no sabremos aún si los tocados de las figuras femeninas habían salido de los frescos egipcios o si acaso estamos ante una tribu indígena americana. Pero a fin de cuentas, ¿quién le había explicado a Paul Jamin cómo era la Edad de Piedra, si unos pocos años antes de que él muriera se había descubierto fortuitamente Altamira o Lascaux?

El siguiente de nuestros hombres lo vimos en la entrada del pasado sábado 17 de noviembre, La RevoluciónFrancesaSe trata de Léon Maxime Faivre (1856-1914), dotado como pocos de un portentoso dibujo. Suyo es el cuadro de arriba, “El invasor” (1884). El lienzo repite lo mismo que la historia se encarga de traernos en cualquier época, en cualquier rincón. Es una lucha por la supervivencia, pero más que nada, es un combate para que nadie se atreva a arrebatarle a uno sus bienes. Recordemos que Faivre había estudiado el periodo de la Revolución Francesa y jamás pudo comulgar con los postulados sanguinolentos, violentos y criminales que radicalizaron a la Francia de fines del siglo XVIII. ¿Se esconde, a parte de un placer por retratar fingidamente escenas de la Edad de Piedra, una denuncia a quienes están en contra de la propiedad privada?

Pero Faivre, pintor que acabo de elevar a la categoría de mis imprescindibles, va algo más lejos en el lienzo de arriba, terminado en 1888 y titulado “Dos madres”. En primer plano, una corpulenta mujer protege a sus hijos de una pantera escondida en las sombras, una clara interpretación de la lucha de las especies por sobrevivir entre ellas. No busquen en el cuadro ninguna fidelidad cientifista, porque los cuerpos, ciertamente musculosos, son  estilizados, al gusto de la época. Especialmente el pequeño en brazos, podría haber servido para una Virgen con el Niño. Y nada que reprocharle a la “dama prehistórica” sobre su cuidado y elegante recogido de cabello, más propio de una parisina de la época.

Louis Mascree (1871-1929) era un escultor naturalista fascinado por la Prehistoria. A ésta dedicó varios relieves, piezas de formato pequeño y bustos. Se presentó a varias Exposiciones que nunca vieron bien que titulara a sus obras como “Hombre raptando a...”, por lo que sólo cambiando el título por el de “Gorila raptando...” los sesudos críticos de momento estuvieron conformes en aceptar su trabajo. Pero hay ánimo de realidad científica en su talla. Los homínidos andan encorvados, existe mucho de ese primitivismo evolutivo que nos hace “provenir del mono”. Es el ejemplo que en la foto de arriba ilustra “Los trogloditas” de 1909.

Y así, nos deja un tema que era harto conocido en la escultura moderna y contemporánea. Las maternidades abundaron. Ya los griegos las parieron bajo la perspectiva de Afrodita con un amorcillo. La temática religiosa no abandonó la tradición y surgieron las Vírgenes con el Niño. Luego, el arte profano supo de mujeres anónimas que acunaban a sus hijos entre los brazos. Y al fin, la vuelta al origen, el histórico y el del propio asunto, porque sin olvidar el tema, el género de la “maternidad”, Louis Mascree (o Mascré), ejecuta a esta mujer del Neanderthal repeliendo cualquier agresión que importunara el descanso del infante. A fin de cuentas, los artistas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, pretendieron enseñar algo claro: si provenimos del mono, como todo parece indicar, señoras y señores, sepan que nuestros “tatarabuelos” no eran distintos a nosotros. Los nuevos Adán y Eva, hacían lo que el señor y la señora de hoy día hace y hará.

Por último, les dejo con la obra del pintor checo Gabriel Cornelius Ritter von Max (1849-1915), que en aquel momento era súbdito del Imperio Austrohúngaro. De él destacan su capacidad creativa, su desenfado pictórico, su apetencia por la ironía y la crítica que encierra su obra. En el año 1889 ejecuta el cuadro de arriba, “Los jueces del arte”, clara alusión a los excesivamente puritanos críticos que censuraban todo intento de contemporaneidad y creatividad en los salones y exposiciones pictóricas de la época.

Gabriel Cornelius es el exponente perfecto de todos los artistas que se dejaron seducir por el darwinismo. Su pasión por “El origen de las especies lo llevó a coleccionar más de 3.000 piezas procedentes de distintas épocas de la prehistoria; se rodeó de babuinos, macacos, papiones y chimpancés para comprobar en efecto si Darwin estaba o no en lo cierto al afirmar esa evolución de la que es heredero el género humano. Y al final, no pudo más que admitir que, su convivencia con estos monos, lo hizo firme defensor de que sus abuelos, eran dignos de ser representados en no pocos cuadros, que son los que tienen abajo. 



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