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sábado, 13 de octubre de 2012

Seguir en sus trece


En la población zaragozana de Illueca, en 1328, nacía Pedro Martínez de Luna y Pérez de Gotor, uno de los Antipapas, o Sumos Pontífices ilegítimos que hay que relacionar con la sede de Aviñón. Para quién no sepa de qué hablamos, habría que precisar que durante el siglo XIV, las hostilidades y guerras en los territorios pontificios llevaron a un Cisma y al traslado de la Sede Pontificia desde Roma a Aviñón, que entonces era parte de las posesiones papales; cuando se procuró la restauración de Roma, mediante el último papa de Aviñón, Gregorio XI, el cónclave de elección del sucesor de éste se reunió sin estar todos los cardenales presentes, pero tampoco lo permitía el clima social, al punto de haber sido asaltada la propia estancia Vaticana que reunía en cónclave a los cardenales.

Fue Roberto de Ginebra el que inició este Cisma secundado por el español Pedro Martínez de Luna. El primero se autoproclamó Papa bajo el nombre de Clemente VII y se trasladó a Aviñón. Pero la silla del Apóstol Pedro ya tenía un heredero real y verdadero: Urbano VI. El caso es que el anti-papa español, se convertiría en el segundo y último de los cismáticos, gobernando bajo el nombre de Benedicto XIII, pero que no hay que confundir con el Papa de dicho nombre, Pietro Francesco Orsini, que lo fue desde 1724 a 1730 y pertenecía a la Orden dominica.

A Benedicto XIII no le quedaban nada más que cinco cardenales leales. Portugal, Navarra, Inglaterra, Francia, Nápoles, las repúblicas italianas y luego Castilla, le dieron de lado. Sólo estuvo de su parte, hasta el final, Aragón. Seguro que por su nacimiento en suelo aragonés. En 1406 Benedicto XIII inició conversaciones con Gregorio XII para renunciar de manera conjunta y unificar la sede papal, pero esta posibilidad fracasó al insistir Benedicto XIII en su exclusiva legitimidad. En 1415 fue elevado a la categoría de hereje y antipapa, designándose a Martín V como pontífice único.

Aún así, Pedro Martínez de Luna gozó aún de la protección de Alfonso V de Aragón por cuestiones políticas, pero sin real influencia en el resto de Europa. Murió en 1423, a los 96 años en el Castillo de Peñíscola, a donde había mudado la sede papal, en el antiguo castillo de la Orden del Temple.


Su empeño demudado y enfermizo en considerarse papa y en renunciar al cargo, valió desde entonces que para expresar cabezonería y sinrazón cuando alguien se obstina en algo, se diga, “seguir en sus trece” o “mantenerse en sus trece”, recordando el número que llevó asociado a su nombre: Benedicto XIII. 

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