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jueves, 25 de octubre de 2012

El Veronés


Paolo Caliari (1528-1588) ha pasado a la historia como el Veronés, el pintor de los grandes formatos y el autor del techo pintado más sorprendente del mundo, el que configura para el Palacio Ducal de Venecia y del que dijeron sus coetáneos que “era el más sublime que se pudiera haber soñado”. Pero hoy nos interesa “Las Bodas de Caná”, que terminó en poco más de un año, siendo 8 de septiembre de 1562, para el refectorio del Convento Veneciano de San Jorge.

El lienzo mide 10 metros de longitud por 6.67 de altura; con el marco y los añadidos para el lugar de origen para el que fue concebido, alcanzaba la dimensión formidable de 15 x 8 metros. Tomado como parte del botín de guerra de la soldadesca francesa en Italia, Napoleón suspiró por este soberbio cuadro que continua en el Museo del Louvre de París, ese monumento dedicado a los robos artístico de los franceses en media Europa y que a algunos nos espanta.

El Tratado de Austria obligó a Francia a devolver buena parte de los robos artísticos cometidos durante las campañas napoleónicas, pero las dimensiones de la pintura asustaron a los comisionados que fueron para recobrarla, consintiendo en su lugar llevarse para Venecia un cuadro pintado por Charles Lebrun (1619-1690). El que habló en nombre de los venecianos fue el gran escultor neoclásico Antonio Canova, que estuvo torpe a la hora del trueque. Luego el tiempo le quitó la razón, porque el lienzo fue protegido saliendo de París durante la ocupación nazi y regresó al Louvre. Eso sí, Carla Bruni ha sido la más destacada activista de que el Estado francés devolviera al Convento veneciano la colosal pintura del Veronés.

Pero aquella obra catapultó al genio de Verona hasta lugares insospechados, alcanzado la estela de éxitos que su compatriota Tiziano había dejado a su muerte en 1573. Prueba de ello es el encargo de “La Última Cena” que le realiza en 1573 el Convento de San Juan y San Pablo. La comunidad dominica no podía costear el precio fijado por el pintor, por lo que el monje en cuestión lloró cuanto pudo y hubo hasta que el Veronés accedió a realizarles el cuadro, no sin antes, retratar al prior como un servidor de los Apóstoles que les hace de criado, servilleta al hombro.

Pero al Tribunal de la Santa Inquisición, el cuadro le pareció herético. Los sesudos “vigías de la fe”, creyeron que el genial Paolo estaba introduciendo temas profanos que desvirtuaban la esencia de la obra y especialmente bajo influencia luterana, así que ni cortos ni perezosos, lo llevaron a comparecer ante el temible Tribunal, con lo que ello podría acarrear: condena a muerte. Así fue cómo, Paolo Veronesse, sufrió por su inventiva y creatividad, éste proceso:

Sábado, 18 de julio de 1573. El señor Paolo Caliari “Veronesse”, domiciliado en la parroquia de San Samuel, fue citado por el Santo Oficio a comparecer ante el Sagrado Tribunal, y le fueron preguntados nombre y apellido. Contestó como se consigna arriba.

El Tribunal le preguntó su profesión.
Paolo: Pinto y hago cuadros.

Tribunal: ¿Conocéis la razón de haber sido citado?
Paolo: No, señores.

Tribunal: ¿Podéis suponerla?
Paolo: Puedo, seguramente.

Tribunal: Decidnos qué suponéis.
Paolo: Por la razón que me ha dicho el Reverendo Padre, es decir, el Prior de San Juan y San Pablo, cuyo nombre desconozco, me dijo que había estado aquí y que Vuestras Ilustrísimas Señorías le habían ordenado que me hiciera substituir un perro por una figura de la Magdalena. Y yo le contesté que con mucho gusto haría esto o cualquier otra cosa que me reportara crédito y favoreciera a mi pintura, pero que no pensaba que una figura de la Magdalena sentara bien allí, por muchas razones que estoy dispuesto a exponer siempre que se me dé ocasión.

Tribunal: ¿A qué pintura os referís?
Paolo: A una pintura de la Última Cena que hizo Jesús con sus Apóstoles en casa de Simón.

Tribunal: ¿Dónde está esa pintura?
Paolo: En el refectorio de los frailes de San Juan y San Pablo...

Tribunal: En esa Cena de Nuestro Señor, ¿pintasteis algunos sirvientes?
Paolo: Sí, señores.

Tribunal: Decidnos cuántos y lo que hace cada uno.
Paolo: Primero, está el dueño de la casa, Simón. Después, debajo de esta figura, pinté un mayordomo, que supuse había ido allí por curiosidad, para ver cómo iban las cosas en la mesa. Hay además otros varios personajes que no recuerdo, porque ya hace tiempo que colgué esta pintura.

Tribunal: ¿Habéis pintado otras Cenas, además de ésta?
Paolo: Sí, señores

Tribunal: ¿Cuántas habéis pintado y dónde?
Paolo: Pinté una en Verona, para los reverendos monjes de San Nazario, que está en su refectorio. Hice una en el refectorio de los reverendos Padres de San Jorge, aquí en Venecia.

Tribunal: Esto no es una Cena. Se os pregunta sobre Cenas de Nuestro Señor.
Paolo: Hice una en e] refectorio de los Servitas en Venecia, y una en el refectorio de San Sebastián, aquí en Venecia. Y pinté una en Padua  para los Padres de la Magdalena. Y no recuerdo haber hecho más. 

Tribunal: En la Cena que pintasteis en San Juan y San Pablo, ¿qué significa la figura del hombre con la nariz sangrando?
Paolo: La hice representando un criado, cuya nariz, por algún accidente, puede haberse puesto a sangrar.

Tribunal: ¿Qué significan aquellos hombres armados, vestidos a la alemana, cada uno con una alabarda en la mano?
Paolo: Aquí necesito decir unas palabras.

Tribunal: Decidlas.
Paolo: Nosotros, los pintores, nos tomamos las mismas libertades que los poetas y los locos y yo pinté estos dos alabarderos, el uno bebiendo y el otro comiendo junto a la escalera, apostados allí como para cumplir algún servicio, porque me pareció propio que el señor de la casa, que era grande y rico, según me contaron, tuviera tales sirvientes.

Tribunal: Este individuo vestido como un bufón con un papagayo en el puño, ¿con qué  objeto lo pintasteis en la tela? 
Paolo: Como adorno, según se hace a menudo.

Tribunal: ¿Quién está sentado a la mesa con Nuestro Señor?
Paolo: Los doce apóstoles.

Tribunal: ¿Qué está haciendo San Pedro, que es el primero?
Paolo: Está trinchando el cordero, para pasarlo al otro extremo de la mesa.

Tribunal: ¿Qué hace el siguiente?
Paolo: Presenta un plato para recibir lo que le dé San Pedro.

Tribunal: Decidnos qué hace el que le sigue.
Paolo: Tiene un palillo con el que se está mondando los dientes.

Tribunal: Quién creéis que estuvo realmente presente en esta Cena?
Paolo: Creo que estaban presentes Cristo y sus doce apóstoles, pero si en una pintura quedan espacios vacíos, los adorno con figuras según mi imaginación.

Tribunal: ¿Os encargó alguien que en este cuadro pintarais alemanes, bufones y otras cosas de este género?
Paolo: No, señores. Pero me encargaron que adornara el cuadro según mi criterio, y es un cuadro grande, con espacio para muchas figuras, según me pareció.

El Tribunal procedió a interrogado sobre los adornos que el pintor tiene costumbre de introducir en sus cuadros y pinturas murales, si tiene costumbre de hacerlos convenientes y adecuados al tema y a las figuras principales, o si los pinta a capricho, siguiendo los antojos de su fantasía, sin discreción ni juicio.
Paolo: Hago mis pinturas considerando bien lo que es adecuado, en la medida en que se alcanza a mi mente.

El Tribunal le preguntó si creía adecuado que en la Última Cena de Nuestro Señor se pintaran bufones, borrachos, alemanes, enanos y payasadas semejantes.
Paolo: No, señores.

Tribunal: ¿No estáis enterado de que en Alemania y otros países infestados de herejía hay costumbre de usar las pinturas extrañas y procaces y las invenciones semejantes para mofarse, escarnecer y ridiculizar las cosas de la Santa Iglesia Católica, con el fin de enseñar la falsa doctrina a los indoctos e ignorantes?
Paolo: Sí, señores. Esto es abominable. Pero yo repetiré lo que he dicho antes, o sea que estoy obligado a seguir lo que hicieron mis predecesores. 

Tribunal: ¿Qué hicieron vuestros predecesores? ¿Hicieron jamás algo parecido?
Paolo: Miguel Ángel, en Roma, en la Capilla Pontificia. Pintó a Nuestro Señor Jesucristo, a su Santísima Madre, San Juan, San Pedro y a la corte celestial todos desnudos, incluso la Virgen María, con poca reverencia.

Tribunal: ¿No sabéis que al pintar el Juicio Final, en el que se supone que no hay vestidos ni cosas parecidas, no había necesidad de pintar ropajes, y que en estas figuras no hay nada que no sea espiritual, y que no hay bufones, perros, armas ni parecidas payasadas? ¿Y presumís, basándoos en este o cualquier otro ejemplo, de haber hecho bien al pintar este cuadro como está? ¿Y os proponéis defenderos alegando que la pintura es totalmente correcta y decorosa?
Paolo: Ilustrísimos señores; no. No intento defenderla, pero pienso que yo obré bien. Y no reparé en tantas cosas, no creyendo que hiciera nada incorrecto, tanto más cuanto que las figuras de los bufones están fuera del lugar donde está Nuestro Señor.

La sentencia fue condenarlo a quitar los personajes que la Inquisición entendió que eran irreverentes. Con todo, quedó bastante del trabajo original para entender el ingenio creativo del Veronés. Pero sobre todo, quedó el testimonio de este juicio, la valentía de un artista que se atrevió a defender nada menos que ante el santo Oficio la libertad del artista. Y como artista y creador, no se olvidó de la metáfora y dijo, ya lo han leído: Nosotros, los pintores, nos tomamos las mismas libertades que los poetas y los locos.

Así fue como los demás pintores se sintieron defendidos por el Veronés. Así fue como Tiziano y Sansovino, cuando se encontraron por la calle con el valiente Paolo, lo abrazaron con respeto y con un sentimiento de deuda. Porque el Veronés había hablado por todos ellos, y por cuantos artistas del Mundo no han podido hacer, crear y dejar para la historia, el fruto de su genio sino lo que anticuados, rancios y obsoletos de cada época, les han obligado. 

1 comentario:

Santi dijo...

no me vale enjuiciar unos sucesos pasados con la óptica del siglo xxi, porque juicio y diálogos aparecen descontextualizados.
y de lo más normal que la iglesia vele por el arte sacro como indica el magisterio... porque si no es asi, no encontraria -por ejemplo- justificadas nuestras criticas a la labor "artística" de kiko argüeyo (en este caso nosotros seríamos el neo sto. oficio que coarta al artista).

bien por el post, pero no comparto la valoración del suceso...