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miércoles, 17 de octubre de 2012

El Empecinado



La anestesia futbolística existe. Podríamos decir casi sin miedo a equivocarnos que el primero en ponerla en marcha fue Franco durante su Jefatura de Estado. No quiero entrar en el debate intestino que señala al deporte más seguido de nuestro país como una válvula de escape para la ciudadanía, asediada por las malas noticias, si no una estrategia para tapar realidades que, a veces, da la sensación que a la clase política española le interesa que no sepa el pueblo con toda veracidad. El caso es que esta jornada será la del partido que anoche mismo concitó a millones ante el televisor, con un rival más que deportivo, sea dicho de paso. Y será un día donde algunos oportunistas tengan la feliz coincidencia de decir que un catalán del Barcelona falló un penalti y un jugador del Atlético propició el gol del empate, al tiempo que el más destacado de nuestra Selección, gol incluido, haya sido un jugador del Real Madrid. Sea como fuere, todo anecdótico, pero a mí me revuelve en lo más profundo de mi conciencia histórica que el 2012 se nos esté escapando sin que esta Nación haya aprovechado todas las oportunidades que la fecha nos brindaba para seguir incidiendo en la tragedia humana, social, política y artística que supuso la Guerra de la Independencia y la lucha constante del español por librarse del invasor francés, y cómo queda tanto por dar a conocer y tanto más por citar a los héroes casi anónimos para la inmensa mayoría, que dejaron lecciones de valor y de integridad que ni los gobernantes de la época podrían soñar.


Aquel 1812 supuso el principio del fin del francés en España. Acaso fue también el canto de cisne de la potencia militar napoleónica. En España, el rey de facto, Fernando VII, era aclamado y recibía ya el título de “El Deseado”. Muchos olvidan que el rey recibía de su cobarde padre un trono, que él mismo lo vendió como Judas por 30 monedas de mil francos de oro y que sólo cuando en el suelo patrio los españoles de a pie, sin gota de sangre aristocrática y sin dignidades y prebendas que los que sí la tenían no hicieron gala de ella, habían echado de nuestra Nación al invasor, empezaron a regresar y a salir de sus madrigueras.

Todavía quedaba un año largo para que Fernando VII regresara a España. Todo ya tranquilo, todo ya en paz. Pero en 1814 vuelve a casa el que ya apuntaba como el peor rey que haya conocido nuestra historia y que tal vez sea el más incapaz de los que haya sabido Europa. En Palacio, acudieron a presentarle a nuestros héroes, ciudadanos anónimos sin la gloria de las medallas y los uniformes empingorotados de los grandes oficiales. Uno de ellos era Juan Martínez Díaz, un labrador de la provincia de Valladolid que tuvo más arrestos y virtudes que todos los prohombres de la patria juntos.

Quizás el nombre les diga poco, pero no su sobrenombre: El Empecinado. Fue así como en la corte, cuando estaba delante del monarca, el rey Fernando VII, felón y traidor, echó su brazo sobre los hombros de su camarilla de aduladores y le soltó a la cara a El Empecinado: “Estos son los Grandes de España. ¿Conoce usted a alguno de ellos?” Y El Empecinado, que se había jugado más que el tipo en Sepúlveda, Aranda de Duero, la Sierra de Gredos, en Ávila, en Salamanca, Ciudad Rodrigo y por fin en Alcalá de Henares, le dijo: Majestad, no los conozco... a ninguno de ellos los vi luchar contra el invasor”.

Y cuando repasamos todo los daños que nos infringieron los franceses, todas las pérdidas, muertes y horrores que provocaron y cómo fuimos el primer país del Mundo en vencerlos lo mismo que seguimos reclamando todo la inmensa cantidad de patrimonio que nos han esquilmado y robado impunemente, uno se acuerda de El Empecinado y de hombres de bien, rectos, firmes, valerosos y cargados de honor, que lucharon por la Patria y por lo suyos. Uno recuerda que el pueblo suele darle lecciones de honradez y de generosidad a los gobernantes como jamás los mal llamados próceres de la patria entenderían. Y uno recuerda que un partido de clasificación para un Mundial de Selecciones, como el de ayer, es simple anécdota cuando durante todo el año presente de 2012, II Centenario de la Victoria Española sobre la invasión francesa, a este país le cuesta recordar su historia y demandar lo suyo, y desaprovecha toda oportunidad de servirse del pasado para que el futuro pueda inspirarse en gente tan alta, tan grande y tan única como Juan Martínez Díaz, El Empecinado. 

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