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sábado, 22 de septiembre de 2012

Los experimentos con gaseosa


En la madrileña Calle de las Carretas, muy cerca de la Puerta del Sol estaba el Café de Pombo, uno de esos lugares del Madrid de principios del siglo XX que servía a las tertulias intelectuales y literarias donde se reunía todo español tocado por las musas; el de Pombo, centenario, fue testigo de los amores del romántico Espronceda con su querida Teresa Mancha, o los de Bécquer con Casta Esteban. Era el café de la tertulia de Ramón Gómez de la Serna, que inmortalizó el pintor Gutiérrez Solana en 1920 y cuyo lienzo abre esta entrada. Y fue el de toda una generación de artistas conocida como la del 14, que contaba con el pintor cordobés Romero de Torres, el también pintor, nuestro granadino López Mezquita y el filósofo y escritor Eugenio D´ors.

Dicen que el Café del Pombo debe su nombre al dueño, un montañés que murió con la modernidad. No fueron competencia ni el Café de Levante, ni el Suizo, ni el Lepanto o el Imperial, aquellos cómodos, mullidos y estéticos cafés de hace un siglo; se murieron con otra época, otra vida y otra forma de entender la sociedad. Fueron desapareciendo en la posguerra, consumidos por un público con prisas que no entendía que la tertulia era una filosofía de vida, una manera de tomar un tentempié o una taza de café. El de Pombo acogió la tertulia más importante y más seguida de Madrid, los sábados por la noche, después de la hora de cenar. En el viejo sótano se reunían incluso hasta las 3:00 de la madrugada, alumbrados por una luz de gas y reflejados en sus grandes espejos dorados. La imagen de la Virgen del Carmen figuraba como Patrona, oteando sobre largas mesas de mármol y patas de hierro colado, divanes rojos, banquetas de terciopelo y puertas con cortinillas a manera de visillos.

La Casa de Pombo logró fama en el siglo XIX por la calidad de su leche merengada y un sorbete de arroz, variante del afamado postre “arroz con leche” que servía a partir del Corpus Christi. Algunos de sus arroces (primeros platos) produjeron en su entonces modesta clientela ciertos malestares gástricos que llevaron al madrileño a conocerlo como “el café de los cagones”. Pero eran otros tiempos.

Andamos en torno a 1915, en la Europa de entreguerras, en medio de los calurosos debates entre los que estaban a favor de los alemanes o de los aliados durante la I Guerra Mundial. Reinaba Alfonso XIII, España se defendía en Marruecos a la espera de los acontecimientos de la siguiente década y Eugenio D´ors tenía algo que celebrar. En la reunión en la que se encontraba, el escritor, que todo hay que decirlo, ha sido más publicado que leído, solicitó una botella de champán para brindar, un artículo refinado, costoso y apreciadísimo, hoy como ayer. El camarero era poco experto en lidiar con estos tapones y estas dificultades, de forma que cuando consiguió zafar del corcho a la botella, derramó parte de la cantidad sobre la chaqueta del filósofo, que como buen catalán, poco le importó la mancha, el olor prendido durante el día o si me apuran, el frío y humedad que le debería dar el caro líquido francés. A don Eugenio, catalán él, le dolió que una bebida cara fuese torpemente tratada, espetando de inmediato:

-Joven, los experimentos, con gaseosa. Y desde entonces, cuando se quiere reprender a alguien por una idea disparatada, un propósito poco acertado o recriminarle que está derrochando y desperdiciando algo, utilizamos la ingeniosa y casi centenaria frase del escritor y filósofo Eugenio D`ors, muy pragmático y muy catalán él, que por poco no dice aquello de “la pela es la pela, tú”. 


1 comentario:

Salva dijo...

Todavía recuerdo cómo este lienzo de Gutierrez Solana, sin yo quererlo, despertó mi interés por la literatura hacia los 13 años de edad más o menos. Resulta que un maestro, en clase de lengua, nos dictaba fragmentos de un antiguo libro de lengua de 8º curso, de la editorial Santillana (Romance 8 era su título) cuya portada ilustraba este lienzo. Me picó la curiosidad de saber por qué esa imagen ilustraba un simple libro de lengua, y empecé a investigar. Conseguí que el maestro me dejara ese libro, una vez finalizado el curso, y no sólo comprobé el título de la obra sino que me zambullí de esa manera en el maravilloso mundo de nuestra literatura española. Si alguna vez tuviera dinero, me encantaría tener una réplica de esta obra de Gutiérrez Solana.
Saludos!