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domingo, 2 de septiembre de 2012

Echar un polvo

Entraba por Sevilla todos los productos del Nuevo Mundo, no sólo el oro que quedaba comprometido con los usureros europeos y prestamistas judíos que adelantaban el dinero para nuestras guerras imperiales; uno de los productos que formaron toda una revolución en la sociedad bien de la época, fue el tabaco. Muy introducido en la práctica social del siglo XVII, consolidado en la siguiente centuria, todas las connotaciones peyorativas que pudieron rodearlo se tamizaron en el siglo XIX, cuando nacen en las casas y palacios decimonónicos, estancias destinadas a fumadores, que en Granada quedan representadas en las salas del Palacio del Carmen de los Mártires o de Quinta Alegre, y que emulan la famosa sala de fumar que mandó instalar Alfonso XIII en el Palacio Real de Madrid.

El consumo del tabaco se popularizó de una forma distinta a la que no es conocida hoy. Convertido en polvo y bautizado rapé, al entrar por Sevilla y distribuirse desde el Puerto de Indias a toda la Nación, la gente empezó a llamarlo el “polvo de Sevilla”, poniéndose de moda entre la aristocracia española del momento. Era menos frecuente ver fumadores consumiendo sus cigarros, que aquellos que lo aspiraban por la nariz, guardando el polvo de tabaco en delicadas cajitas de porcelana que además rivalizaban en ornamento, decoración y calidad de materiales. Al aspirarlo, el consumidor experimentaba unos placenteros estornudos que se tenían por muy beneficiosos ya que expulsaban microbios y despejaban la cabeza.

Pero estornudar ante el resto de los invitados era considerado de mala educación, naciendo así aquellas primitivas salas o estancias apartadas, casi clandestinas, a las que se retiraban de tanto en vez los caballeros bajo el pretexto de “echarse unos polvos” aunque si la fiesta o el acontecimiento social era algo más laxo y relajado, solía ser habitual que le caballero, invitase a alguna dama, con intenciones de flirteo o por condescendencia y camaradería con ella, a  acompañarlo a “echar un polvo”.

La frase ha quedado hoy anclada dentro del lenguaje vulgar y obsceno. Hace referencia al negocio sexual, a la actividad amorosa e indica la acción de copular. Pero como vemos, su origen es muy distinto y menos “incómodo” e íntimo, cuando los polvos que se echaban eran los de Sevilla, ese tabaco reducido a partículas, corpúsculos de la planta americana que de forma soez en el siglo XX y XXI, significa algo distinto (o parecido, según se mire) al delicado proceso de su aspiración barroca y romántica. 

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