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viernes, 28 de septiembre de 2012

Blas de Lezo


Ya les pasó en Cádiz, cuando su rey Carlos I (veíamos ayer) se las juró a España y le iban saliendo derrotas por doquier. Teníamos que haber aprovechado y lanzarnos rumbo a Albión. Lo que no supo hacer Felipe II tal vez le hubiera salido a su hijo, en el momento en que los Estuardo estaban con la capa roída pensando en llenar paredes de las reales viviendas con lienzos de Van Dyck.

Y de repente aparece don Blas de Lezo. En 1704 no llevaba el “don” en su carta de presentación, pero sí el don de la marinería bélica. Y cuando los ingleses pretenden hacerse, un 24 de agosto, con Vélez Málaga, con casi 23.000 hombres y más de 3.600 cañones, Blaz de Lezo les causa 2.700 bajas y gana el conflicto naval. Ahí perdió una pierna que hubo que amputarle por debajo de la rodilla pasando a la historia con los sobrenombres de “patapalo” o “mediohombre”. Y gracias que siguen dando los ingleses. Porque de conservar en vida sus dos piernas, la columna del Almirante Nelson en Trafalgar Square estaba hoy dedicada a Lola Flores.

Poco después se la vuelve a hacer a los ingleses, primero en Peñíscola y luego en Palermo, aún parte de nuestro Imperio. Cumplió la orden de ir limpiando el Mediterráneo de barcos ingleses, incendió los navíos británicos que asediaban Barcelona y en el Asedio a Tolón de 1707, pone en jaque a los barcos deL Imperio de los Habsburgo, a los ingleses, a los holandeses y a los de Eugenio de Saboya, que antes se encargó que una esquirla le arrebatara el ojo izquierdo y la visión para siempre. Cojo y tuerto. Pero con una intratable condición: ser español. ¡Para desgracia de ingleses!

No quedaba un rincón español que, durante la Guerra de Sucesión, (el término Secesión, erróneo y mentiroso, se lo inventó un catalán que no llegó a terminar los estudios primarios) no hubiera conocido de sus hazañas, por lo que Francia requiere sus servicios. Al frente de la defensa marítima de Rochefort (en la zona atlántica del país galo) apresa 10 barcos ingleses. El enemigo triplicaba en número a los barcos de Blas de Lezo y a pesar de todo, éste ordenó hacer la famosa maniobra española: se cañoneaba desde muy cerca arrimando el barco al del enemigo, para lanzar garfios y asaltarlo, instante en el que a borda del navío inglés, se iniciaba la lucha cuerpo a cuerpo de la que históricamente, ningún marino inglés, frente a un español, salió con vida. Dicen las crónicas que cuando la flota que mandaba John Combs vio que Lezo ordenaba el asalto, entró en pánico.

Para acabar con todo atisbo de rebelión, en el Asedio de Barcelona, una bala le golpeó fuerte en un brazo. Y hasta el día de su muerte, esa mano fue inhábil, por lo que don Blas, tuerto, manco y cojo, en el siglo XXI estaría condenado a chupar del Estado; en el siglo XVIII, cuando a los españoles les quedaba honor en las venas, aún estaba preparado para darle más y más a su Patria.

En 1720 arriba al Nuevo Mundo. Su acometido es limpiar de piratas las costas de los Mares del Sur. Eso que los norteamericanos, anglosajones ellos, han vendido edulcoradamente como “corsarios” de Su Majestad en la saga de “Piratas del Caribe”. En los distintos largometrajes, el honor inglés, si acaso la gallarda compostura de sus oficiales, da gusto. Las menciones que se hacen a los españoles son escuetas y desde luego, forzadamente mentirosas. Porque no se dice nunca que durante siglos, los piratas ingleses huían porque se les iba la piel en ello cuando veían la Cruz de San Andrés de los españoles, luego la carabela rojigualda. Allí llegó Blas de Lezo para que, por ejemplo, el pirata inglés John Clipperton, huyera, fuera capturado y ajusticiado.

Muchos hombres como él nos harían falta ahora, como cuando Génova quiso tomarle el pelo a España. Y allí se presentó Lezo con sus barcos exigiendo el pago de 2 millones de pesos que llevaba nos debían. De modo que enseñando a sus autoridades un reloj, les dijo que en unas horas quería el dinero y un homenaje a la bandera de España o abriría fuego. Y los dos millones llegaron de sopetón. Y los genoveses tuvieron que hacer homenaje a la Bandera, entonces, la Cruz de San Andrés o de Borgoña sobre el fondo blanco.

La vida del invicto y heroico don Blas es imposible de resumir: Orán, la victoria sobre el pirata turco Bay Hassán, el triunfo en Argel, el de Cartagena de Indias. Y luego, el fabuloso episodio de la Guerra de la oreja de Jenkins, que tampoco cuentan los cineastas norteamericanos. Ocurrió que el corsario inglés Jenkins colmó la paciencia del capitán de navío español Juan León Fandiño, después de meses pirateando por las costas de Florida. Fandió rindió la nave corsaria inglesa y le cortó la oreja al hijo de la Gran Bretaña, que se marchó hasta Londres humillado y derrotado, para exponer sus quejas ante la Cámara de los Lores, al tiempo que enseñaba, al tiempo que hablaba, la oreja cortada descansando sobre la palma de su mano.

Los ingleses mandaron a Vernon, envalentonado por una victoria en Panamá, capaz de retar a Blas de Lezo. Y se presentó ante Cartagena de Indias con 24.000 marinos y otros 4.000 soldados de refuerzo bajo las órdenes nada menos que del hermanastro de George Washintong, futuro “padre de la patria estadounidense”. Con una flota de 186 barcos, nunca antes se había visto tal despliegue bélico en el mar. Basta decir que los esfuerzos de los ingleses, superaban en 60 barcos a la famosa Armada Invencible de Felipe II. Y los británicos estaban tan convencidos de su segura victoria que mandaron acuñar monedas y medallas conmemorativas que decían: «Los héroes británicos tomaron Cartagena el 1 de abril de 1741» y «El orgullo español humillado por Vernon»...  Pero quién ríe el último ríe mejor; y ahí estaba BLAS DE LEZO.

Con sólo seis barcos frente a 186, los ingleses cayeron humillados, derrotados y hundidos por la flota española. 2.800 hombres al mando de Lezo frente a casi 28.000 ingleses. Y fue tal la derrota que el Rey de Inglaterra, Jorge II, prohibió hablar de ella, prohibió que se escribieran crónicas alusivas al hecho, mandó destruir las medallas y las monedas, ordenó, prácticamente, que el pueblo se olvidara de aquello como si nunca hubiese ocurrido. Mientras huía colosalmente derrotado, el almirante inglés Vernon gritaba al viento: «God damn you, Lezo!» (¡Que Dios te maldiga Lezo!). Y nuestro Blas de Lezo, nuestro guipuzcoano, le mandó una carta que ya figura en la HISTORIA: “Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir”.

Así fue como España mantuvo, hasta 1805, el dominio sobre el mar, que luego se quedaron los ingleses. Así fue cómo, durante más de tres siglos, los siete mares del Mundo le pertenecieron a los españoles. De modo que esta es la historia de CUANDO INGLATERRA TEMÍA A ESPAÑA.

4 comentarios:

Frowning Calixto dijo...

Buenísimo homenaje a un español de los que te reconforta conocer en estos días en los que te llaman de todo por llevarlo a gala.

¿Para cuándo una entrada sobre otro marino insigne como Álvaro de Bazán? Espero haberte dado una idea chiquitín Jejeje...

Un abrazo fuerte!!

David R.Jiménez-Muriel dijo...

Hola, Calixto... No recuerdo cuál de las 1.100 entradas ya fue consagrada a don Álvaro, por cierto, GRANADINO. Con todo merecería una revisión, aunque sea repetir contenidos que nunca vienen mal.

Un fuerte abrazo.

Anónimo dijo...

La bandera de combate de la armada española en aquella época era blanca con las armas reales ampliadas, sin cruz de Borgoña.

David R.Jiménez-Muriel dijo...

Toda la razón, un error vexicológico mío. Gracias por la aportación.