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jueves, 6 de septiembre de 2012

Ay qué risa, María Luisa


Uno de los mejores reyes de la Historia de España, quizás artífice de la primera ocasión de dotar a la Nación de aquella cultura tan necesaria en un pueblo analfabeto que a duras penas sabía leer y escribir, tuvo como sucesor a un perfecto patán desinteresado en gobernar y que inició la aplaudida costumbre de nuestra Casa Real: la camaradería y cercanía de los monarcas con actitudes idénticas a las del pueblo llano. Hablamos, claro, de Carlos IV (el gran rey al que sucedió fue su Augusto Padre Carlos III), con el que mantiene unos parecidos físicos nuestro actual monarca, más que evidentes, aunque tengamos que hablar del abuelo de su tatarabuela, o de seis generaciones entre uno y otro como para haber borrado cualquier legado genético. Pero cuando se tiene hasta por nueve veces el apellido Borbón, es imposible descartar.

Carlos IV fue bobo; lo malo es que su padre estaba al tanto que el heredero no tendría jamás la visión política que él si tuvo, y aunque le tranquilizara en parte que la eficacia de sus ministros auxiliarían al inepto hijo y futuro Rey en el Gobierno del todavía más amplio Imperio del Mundo, vivencias como la siguiente no tranquilizaban al bueno de Carlos III. Y es que, en una pequeña reunión en el gabinete regio, se hablaba de cosas mundanas en presencia del todavía Príncipe de Asturias pero ya entrado en años. El tema no era otro que los “flirteos amorosos” de hombres y mujeres. En estas, el futuro Carlos IV llegó  a afirmar que los reyes podían estar tranquilos de que sus esposas no les pondrían los cuernos, ya que no iban a encontrar a un hombre que fuera rey con tanta facilidad. Para él, una mujer debía ser infiel con un igual, dando muestras de su, más que desconocimiento de la vida, sus pocas luces e ingenio. En estas, el Rey Carlos III le espetó, desde lo más profundo del corazón: “pero qué tonto eres, hijo mío”.

Carlos IV tenía 40 años en aquel 1788 cuando por la muerte de su padre se convierte en Rey de España y de las Indias. Desde un primer momento, ha dejado que su mujer (y prima suya) controle y gobierne a su antojo cuanto ha de realizar. Es María Luisa de Parma la que se reúne con los ministros, despacha y hasta llega a estar presente en las reuniones del Consejo del Reino, porque su marido está pero tiene su cabeza en otras cosas. De hecho es muy elocuente el riguroso día a día de Carlos IV, que por un lado nos deja claro que el rey es extremadamente sencillo en sus costumbres, y por otro, que hubiera sido muy feliz naciendo en un familia sencilla y humilde.

Se levantaba a las cinco de la mañana y oía de seguido, dos misas. Solía desayunar a las siete de la mañana para luego bajar a los talleres del Palacio Real donde, vestido de manera chocante para su puesto, trabajaba codo con codo con los operarios de Palacio fabricando cosas, especialmente compartiendo bromas y charlas con los carpinteros. Luego, le tocaba las cuadras reales, llegando a encargarse personalmente de herrajes o del pienso de algún caballo. A las doce era la hora del almuerzo. Casi siempre comía su plato favorito, muy lejos de las exquisiteces regias del resto de Europa: un puchero de garbanzos, col, zanahoria y carne de gallina. No bebía ni fumaba y cuando llegaba la una del mediodía, era su esposa María Luisa la que departía con ministros o con el valido Manuel de Godoy, limitándose él a firmar. La tarde normalmente la destinaba a cazar y de vez en cuando, asistía a la audiencia ministerial que le ocupaba, a lo sumo, media hora. El resto del día era para jugar a las cartas, cenar y acostarse a las once en punto, que a fin de cuentas, al día siguiente, iba a despertarse a las cinco de la mañana.

Mucho se ha especulado sobre el desenfreno sexual de los borbones, pero lo cierto es que de los diez monarcas de la dinastía que hemos tenido hasta la fecha, hay que descartar absolutamente a cinco, incluido Carlos IV, y poner en tela de juicio las muchas habladurías acerca de nuestro actual Rey. Así las cosas, la promiscuidad marital y extramarital de nuestros Borbones quedaría resumida a Fernando VII, Isabel II, Alfonso XII y Alfonso XIII; por el contrario, Felipe V, Luís I, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV serán incontestablemente fieles y castos, especialmente Carlos III, que pasó más de la mitad de su vida célibe a la muerte de su esposa María Amalia. Aunque hemos de apuntar que será tal vez el “gen sexual” introducido por la esposa de Carlos IV, la protagonista de esta entrada.

Bien es cierto que queda descartado que la reina María Luisa fuera infiel a su real esposo con el primer ministro o valido, Manuel de Godoy, de infausto recuerdo para la Historia de España. Lo que sí podemos asegurar que reinó ella en nombre de su esposo, cuando no dejó a Manuel de Godoy que hiciera y deshiciera a su antojo, peor aún para los intereses patrios, como se pudo ver a la postre. Pero los rumores sobre los desórdenes sexuales palaciegos eran ya imposibles de callar poco antes de la Invasión Francesa y la ocupación napoleónica de España. Desde el cuarto del Príncipe de Asturias, que había sido educado subrepticiamente para odiar a su padre, se gestó una imprenta clandestina de mucho trabajo aquellos años, que difundieron todo tipo de panfletos y libelos capaces de sacar los colores a los ciudadanos del siglo XXI. Estos poemitas encendidos de tono, iban ilustrados con todo tipo de groseros actos que retrataban a María Luisa, a Godoy, a la amante de Godoy y a otros personajes del Gobierno, al punto que el principal instigador, el Príncipe y futuro Fernando VII, llegó hasta escandalizarse. Tal vez porque las acuarelas estaban firmadas por el genial Goya, y por eso, la creatividad y perfección de trazos en las “obscenas posturas y posiciones sexuales” de los citados, eran insuperables.

Algunas de éstas nos han llegado. Señalan a Godoy como el culpable de la situación al tiempo que vienen a decir que la Reina es infiel al Rey y mantiene relaciones con el valido. Así dice el castizo poemita que sirvió de copla popular:

Entró en la Guardia Real
y dio el gran salto mortal;
con la reina se ha metido
y todavía no ha salido.

Y su omnímodo poder
viene de saber.......... “cantar”.

Mira bien y no te embobes
si te da ajipedobes.
Si lo dices del revés,
verás lo bueno que es.

¡Anda, Luisa.
Pronúncialo a la contra.
Verás qué risa!

La realeza le dio
muchos favores
pero el solamente,
ajipedobes.

¡Anda, Luisa.
Pronúncialo a la contra.
Verás qué risa!

El descrédito real pasaba por sus peores momentos. Un rey ineficaz gobernado por su esposa y por un valido que hacía cuanto se le antojara. Un hijo y heredero que había conspirado ya contra el padre y que después se resolvería, al igual que su antecesor, como un traidor a la patria (sólo hay que recordar los Acuerdos de Bayona). Y todo ello, cantado por el pueblo llano de Madrid, que veía como era gobernado por una Reina Consorte a la que se le decía sin reparos: “Ay qué risa, María Luisa”, dando origen, hace más de doscientos años, a la expresión que suelta a bocajarro aquel que no se cree nada, absolutamente nada de lo que le dicen. 

1 comentario:

Santi dijo...

No sé si el descrédito en estos días, sin poemillas ni dibujos, no está peor que en aquellos días...contando cómo está el panorama (divorcios, trinque, escándalos...).

Moralmente ni el actual monarca ni el heredero, menos el resto de la familia, tienen esa "autoridad" que pueda constituir un referente y elemento unificador y de consenso.

Otra cosa es que no firme la Reina ni un valido, pero lo que está claro es que firma hasta la muerte de Manolete que le pase el gobierno de turno.

Aunque soy consciente que sin este elemento, y con cualquier hijo de vecino en el puesto, ésto estaría peor...