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miércoles, 29 de agosto de 2012

Tirar la casa por la ventana

Siempre que alguien realiza un estipendio económico por encima de sus posibilidades o cuando asistimos a algún evento donde no se ha reparado en gastos, la castiza expresión sale sola por la boca. Pero su origen es de nuevo de comprobado suceso histórico, remontándose al primer cuarto del siglo XIX, cuando se había popularizado definitivamente el Sorteo Nacional de Lotería, que creó el Rey Carlos III por Real Orden por influencia del juego que se practicaba en Nápoles, reino del que nuestro Carlos fue monarca antes de subir al trono español. Por cierto que, aunque no venga al caso, no estaría de más reconocer todo lo que introdujo, modernizó, renovó, saneó y dio a España Carlos III.

Pero volviendo a la Lotería Española, su nombre original fue Primitiva. La primera vez que se celebró fue un 10 de diciembre de 1763 pero su popularidad no arraigó hasta el año 1811, cuando en aquella España que aún estaba sometida por los invasores franceses, con el objetivo de recaudar de manera extraordinaria fondos económicos para las arcas nacionales y para continuar la Guerra de la Independencia, se firmó su acta de fundación un 25 de noviembre de 1811 en el único pedazo de tierra española que no pudieron tomar nunca los de Napoleón: Cádiz.

Bajo el nombre de Real Lotería Nacional de España, se celebró por vez primera el 4 de marzo de 1812 sólo en Cádiz y San Fernando. Luego, se extendió a todo el sur de España y al fin, el 28 de febrero de 1814, Madrid acoge el sorteo que es válido en todo el territorio nacional, ya libre de los franceses y con Fernando VII en el trono.

En aquel Madrid castigado infinitamente por la Guerra, tocó la lotería. Y la modesta familia que se vio sorprendida por tal golpe de suerte, no tuvo otra feliz idea que desprenderse de todo el modesto, paupérrimo y penoso patrimonio doméstico, un sencillo y desportillado ajuar de casa, tirando viejas cacerolas y muebles casi inútiles por la ventana. De alguna manera, la práctica tuvo que ser común en todos aquellos que se vieron agraciados con el premio de aquella lotería de hace un siglo, de forma que se adoptó la frase como recriminación a quienes, de repente, gastan de manera irracional o dan muestras de un estipendio sin precedentes. 

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