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jueves, 9 de agosto de 2012

La Torre de Pisa

56 metros de altura y casi 15.000 toneladas de piedra se alzan al aire adquiriendo una caprichosa inclinación que le da una fama sin precedentes. Hoy empezó a construirse y está cumpliendo 839 años, aunque no sabemos bien si habría de soplar esas mismas velas, o descontarle 177 del total, tantas como años tardó en finalizarse.

No sabemos a ciencia cierta quién fue su padre, si Guglielmo o Bonanno de Pisa. Lo que estamos convencidos es que, o se equivocó dándole unos cimientos tan débiles de tan sólo tres metros para un terreno tan inestable como es en el que sostiene, o acertó por el contrario para fama legendaria del campanario catedralicio.

Por sus raíces, bajo el primer cuerpo que es de mármol, se inclinó desde el comienzo de la obra (en concreto en 1178) unos cuatro grados. Cuando uno eleva la vista hasta el fin de su octavo cuerpo, la inclinación es de 4 metros. El error del arquitecto le ha configurado su atractivo. Fue Tomás de Pisa el encargado de montar sus siete campanas, una por cada escala musical, en 1655. Y entonces el campanil, volvió a oscilar, a bandear pero hacia otro lado, al sur.

Y se ha ido inclinando con los siglos, lentamente, sin prisa alguna. Hasta que en 1964 amenazó con suicidar su piedra románica, su mármol blanco de carrara y su estilismo gótico para siempre. Entonces, ingenieros, matemáticos, historiadores del arte y arquitectos se reunieron para salvarla. Y se idearon todo tipo de soluciones como las que se aplicaban para la estabilización de las Islas Azores, entre otras. Pero la clave estaba en quitar tierra de los cimientos, previniendo la inclinación. Y en 2001, la torre volvió a inclinarse a la misma posición que tenía en 1700, 3,99 metros. Y nos aseguran que está a salvo durante 200 años más, hasta que en 2200, cuando ya haya cumplido 1.000 años pero siga, parafraseando el poema de Gerardo Diego, “acongojando al cielo con su lanza, siendo chorro que a las estrellas casi alcanza...”

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