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miércoles, 8 de agosto de 2012

El Cristo de San Agustín salvó a Granada

De una manera providencial e inexplicable para la época –realmente respondía a la cultura por la higiene del Islam- Granada y su reino constituyeron un reducto más o menos libre de Peste durante la pandemia de 1348. Concretamente los efectos de las epidemias se dejaron sentir en nuestra ciudad durante la modernidad. Fueron muy notables las consecuencias de las pestes de 1600 y de 1647, pero ninguna fue tan virulenta, tan espantosa a juzgar por las crónicas, como la iniciada en 1678 a consecuencia de malos años agrícolas, plagados de sequías, que provocaron unas de las peores hambrunas que se conocen y una de las peores plagas de peste de las que se tienen noticia. Granada se constituyó en el núcleo de la infección, pudiendo constatarse como en 1679 se alcanzó el más alto índice de entierros de todo el siglo XVII.

La epidemia llegó a Granada en mayo de 1678 produciendo una gran mortandad. Su culmen tuvo lugar en agosto de ese mismo año, rebrotando pasado el mes de septiembre en las parroquias de San Andrés y Santa Escolástica. Tras un momentáneo receso, nuevamente retalleció en enero de 1679, recrudeciéndose en el mes de mayo con tal intensidad que se cerraron los caminos y puertas que llegaban hasta Granada, quedando la ciudad en cuarentena y total aislamiento. Se tuvieron que adoptar claras medidas para mitigar la enfermedad, algunas represivas, como castigar con doscientos azotes a los que tomasen tejidos infestados, o separar a los enfermos de sus familias conduciéndolos extramuros de la ciudad.

Cuentan los cronistas, como se acordó la rápida eliminación de los cadáveres amontonados en las puertas de los templos por el peligro de descomposición: "los muertos se conducen por la noche a darles sepultura en parajes donde nunca se ha enterrado y se hacen las sepulturas profundas, echando encima gran cantidad de cal". Granada era un mar de confusión donde se conjugaban los mórbidos tañidos de campanas y los gemidos lastimeros.

El pueblo volvió su mirada a las imágenes sagradas; los pocos frailes y clérigos que quedaban en la ciudad comenzaron a predicar con profusión inusitada celebrándose funciones y oficios constantes en todos los templos. Las miradas se volvieron con prontitud al milagroso Cristo de los Agustinos Calzados que tanto bien hizo durante las sequías anteriores y cuya advocación tantas veces había redimido de sus padecimientos, no sólo a Granada, sino también a las ciudades de Burgos y Sevilla. Se determinó sacar en procesión tan venerable imagen, por la comunidad religiosa y el Ayuntamiento. Tras la rogativa, la peste comenzó a dar claros síntomas de remisión, desapareciendo casi totalmente en breves días, a partir de octubre de ese año de 1679. En conmemoración del éxito de esta rogativa y de la mediación del Santo Crucifijo, la ciudad de Granada hizo el voto perpetuo al Cristo de San Agustín, designado ya como Protector de Granada.

Resulta escalofriante la lectura de la Crónica de Gilles Il Muisis, abad de San Martín de Tornai, narrando los padecimientos de la población de Europa inmersa en la pandemia que durante algo más de siete años, entre 1346 y 1353, asoló al continente diezmando la población  en más de un tercio de su total, llegándose a decir que “los estragos de la enfermedad causaron una rotura trágica en nuestra historia” La conocida como La Gran Peste de 1348, dio lugar a todo un catálogo de medidas que trataron inútilmente de acabar con ella. Ante todo destacaron los votos de las poblaciones y grandes señores al Altísimo y a María, divina mediadora, sin olvidar el recurso a un largo catálogo de santos, beatos y simples santones. Repartidas por el viejo continente, desde Crimea –donde al parecer se inició- hasta las Islas Británicas, numerosas ciudades como París, Londres, Bruselas, Venecia, Colonia, Viena o Marsella se entregaron a rogativas desesperadas con que poner fin al azote del más temido de los jinetes de la Apocalipsis. Al final de la pandemia, fueron muchos los que entendieron que sin los votos el mal habría seguido hasta acabar con la raza humana. En España hubo grandes pestes como la de 1589 a 1592 que afectó principalmente a Cataluña o la producida entre 1598 y 1602, que se cebó principalmente en Castilla, aunque en Andalucía provocó más de medio millón de muertos. El siglo XVII sería prolijo en pandemias nacionales. Así la peste de 1647 a 1652 provocó la defenestración de la población de las regiones de Aragón, Murcia y Andalucía.

La ciudad de Granada mantiene votos con la Hermandad de las Angustias y con la del Cristo de San Agustín. El más célebre voto, por reciente, establecido por el consistorio granadino es el de los terremotos, dirigido a la Virgen de las Angustias, establecido con ocasión del tremendos seísmo de 1884. Este fue reiterado con ocasión del terremoto de 1956 que asoló la vega granadina y sigue renovándose todos los años.

La devoción al Cristo de San Agustín no es una costumbre exclusiva de Granada. Realmente la misma fue importada de ciudades castellanas como Burgos y de la cercana Sevilla. En éstas, eran frecuentes desde muy antiguo las rogativas a la imagen agustina por los concejos de dichas ciudades, principalmente en tiempos de sequía o de peste. Así, el Ayuntamiento burgalés celebraba dos votos a la imagen por la liberación de la peste de 1405 y por la langosta de 1629. En Sevilla fueron muchas veces las que se recurrieron al Cristo de San Agustín, especialmente por causa de la sequía, si bien la más célebre mediación de la imagen en Sevilla se produjo durante la peste de 1649, la intercesión más legendaria y célebre se produjo durante la sequía de 1525. Cuentan los cronistas que siendo llevada en rogativa la efigie a la Cruz del Campo, fue tanta el agua que cayó por una tormenta, que hubo de pasar la noche en una ermita cercana, no pudiendo regresar hasta el día siguiente.

Durante el siglo XIX la Hermandad del Santo Cristo de San Agustín, la más antigua que persiste en Granada, organizaba sonadas renovaciones del voto, en las que eran impresas relaciones en las que se narraban las aflicciones de los granadinos en el año 1679 y la divina intersección del Santo Crucifijo. Tras 333 años de celebración ininterrumpida, el voto de Granada al Cristo de San Agustín, sigue renovándose conforme al ceremonial establecido por el Veinticuatro Juan Morales Hondonero en 1680. Su ceremonia fue instaurada para el día 8 de agosto de cada año natural, siendo renovado desde 1993 el día 14 de septiembre, festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, según decisión de su Hermandad.

Texto original de César Girón. 

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