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lunes, 30 de julio de 2012

Toulouse Lautrec

Puede que a fin de cuentas, el arte contemporáneo esté hecho únicamente para que se interprete libremente por el espectador, sin necesidad de que la figuración perfecta y clarividente de sus formas o del tema escogido por el autor, tenga que ser a la fuerza el verdadero sentido de la obra de arte. Dicho de otra manera, cuando uno asiste al maravilloso espectáculo de ver ante sí una obra de Velázquez o de Botticelli, está seguro de saber qué se representa, a poco que uno esté familiarizado con la iconografía artística. Puesto que si se conoce algo de historia, el famoso cuadro de “La rendición de Breda” le dice al espectador precisamente que una heroica gesta militar de los ejércitos del Reino de España es lo que tiene delante. Luego, a poco que uno sea perspicaz, averiguará otros detalles que emanan de los personajes, con Ambrosio de Spínola enseñándole al Mundo que “hay que saber ganar tanto como perder”.

Hace años asistíamos a una exposición temporal sobre Miró acogida en el Centro de Arte José Guerrero de Granada. Éramos alumnos de tercer curso de la Licenciatura de Historia del Arte y muchos de nosotros, generoso grupo que sobrepasaba el centenar de alumnos, bastante críticos con la obra del barcelonés y reacios a pesar de nuestra condición de historiadores del arte en ciernes a apreciar el arte contemporáneo, nos mostrábamos reticentes a las explicaciones que un profesor nos daba. Hasta que dimos con la obra que la imagen de arriba ofrece, “Azul” (1961), y así, el docente que procuraba abrir nuestra mente, tapó uno de esos puntos de color que rompen la monotonía cromática del conjunto y nos dejó claro que a veces, la contemporaneidad no es sólo entender lo que se ve sino comprender los conceptos de equilibrio, composición y color, todo ello en una simbiosis capaz de crear ritmo.

Algo parecido ocurre en el París de finales del siglo XIX, cuando Henry de Toulouse Lautrec ofrece en una exposición, algunas de sus obras. Hace más de un siglo, la provocación de esa variada gama de bailarinas y mujeres libertinas de los cabarets de los bordes del distrito 18 parisino, es decir, Montmartre, era inevitable. Y una dama de la burguesía rancia y acomodada de la capital de la luz, recriminó al, tal vez primer publicista de la historia, su desfachatez a la hora de representar a jóvenes poco respetables en sus lienzos, señalando hacia el cuadro “Mujer tirando de las medias” (1894) que ven en la imagen superior.

Toulouse Lautrec le contestó a la puritana señora que no era irrespetuosa su obra sino la mirada de ella, que había visto lo que había creído y querido ver, cuando estaba ante una señora que se vestía, tras el sueño nocturno, ante su marido, en una escena cotidiana, doméstica e íntima que él había imaginado y plasmado en el lienzo sin otra connotación que le resultara deshonrosa a la mujer. Obviamente, la señora quedó callada, amordazada por la suspicaz salida del pintor, aunque todos entienden, conociendo los sórdidos ambientes que frecuentaba el artista, que nada de ingenuo tenía la escena, sino que en efecto, uno está ante una prostituta que, o bien va a comenzar su servicio, o lo ha finalizado ya.

Pero quizás uno de los encantos del arte contemporáneo es que uno está obligado a desaprender lo que sabe, a no ver lo que se supone que está ahí y acercarse a la obra de arte con la mente desnuda y limpia de toda sugestión cultural y de todo prejuicio estético. O no, y en efecto, es un timo como los pináculos de la Catedral de Burgos de altos. Eso, lo juzgan ustedes con obras como la de arriba, “8” de Jason Pollock.

Dedicada a Alejandro Romero, que compartió conmigo aulas y oficinas donde el arte contemporáneo fue “su amigo”. 

1 comentario:

Santi dijo...

hay cosas contemporáneas que, sinceramente y como profano, me parecen una soberana majadería y una tomadura de pelo.

quiás porque no me lo hayan explicado nunca... y sea analfabetismo artístico.