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miércoles, 18 de julio de 2012

Nerón

Año 64. Roma, capital del Mundo. En el sillón del Águila del Imperio, Nerón. Empieza a arder la ciudad. Lo hará por espacio de varios días. Se destruyen cuatro de los catorce distritos de la ciudad eterna. Otros siete quedan gravemente dañados. Se pierden los soberbios templos de Júpiter y de las Vestales. Todo ocurre junto al Circo Máximo, a eso de las nueve de la noche. Los puestos de venta ambulante de productos muy inflamables, como el aceite de uso doméstico, entran en combustión y ya es difícil contener las llamas. Los romanos empiezan a escuchar una leyenda: su emperador se asoma a la ventana palatina para ver el fuego que devora Roma mientras toca una lira y canta un himno. Todos lo consideran el pérfido culpable; no en balde, ha ardido el 10 % de los domicilios romanos.

Pero Nerón no estaba en Roma. Cuando se produce un incendio que tarda siete días en ser sofocado, se encuentra en la localidad costera de Anzio, a 53 kilómetros de la capital, disfrutando del verano pues la familia imperial Julia (sucesores de César) descansaban allí. Desde que es avisado hasta que retorna a la ciudad, han de pasar dos días. Y de causante del mal como la historia lo reconoce, hay que advertir lo contrario: pagó de su bolsillo los gastos de la extinción, abrió el palacio imperial para acoger a los daminificados y propuso una reforma de la ciudad, con distancia entre viviendas y materiales de mayores garantías en las construcciones.

Pero subyugado por la reforma urbana, se vio seducido para hacer un nuevo palacio, más suntuoso, más espectacular. Y nace la Domus Aurea, la más formidable y cara de las obras imperiales. Un palacio de oro, piedras preciosas, marfil, de salones con techos a los que se les añadieron óculos para que cayeran pétalos y perfume durante las fiestas de Nerón.

Y el pueblo estalló en cólera. Quizás por eso se empezó a hablar que el mismo Emperador había tenido parte en el incendio. Para costear tal lujo extremo, los impuestos se doblaron, especialmente en las provincias del Imperio. Para dar una idea del derroche, el actual Coliseo ocupa sólo un estanque del palacio. En ese estanque sobresalía una estatua de bronce de 35 metros de altura que saludaba al visitante en el vestíbulo del palacio. En efecto, era Nerón, pero representado nada menos que como Helios, el dios Sol.

Ya estaban todos los ingredientes necesarios, teniendo en cuenta que Nerón era un gobernante populista que enfadaba de continuo a la aristocracia romana; luego, tras su desafortunada decisión de convertirse en un dios viviente, Roma lo acusa de estar detrás del incendio. Y como siempre la mejor defensa que tuvo el cínico fue atacar, Nerón no perdió el tiempo y dijo que los causantes de incendio habían sido los cristianos. Sus palabras, casi 2.000 años después, siguen siendo de una crudeza extrema: “Cristo, de quien toman el nombre, sufrió la pena capital durante el principado de Tiberio de la mano de uno de nuestros procuradores, Poncio Pilatos, y esta dañina superstición, de tal modo sofocada por el momento, resurgió no sólo en Judea, fuente primigenia del mal, sino también en Roma, donde todos los vicios y los males del mundo hallan su centro y se hacen populares...” El castigo, atroz: fueron mandados despedazar por perros, luego crucificados, y los que no recibieron tal castigo, quemados para servir de iluminación cuando se hubiera hecho la noche.

La historia nos deja una conclusión real: la cruenta persecución a los cristianos, que a día de hoy sigue siendo una realidad en el mundo islámico, y cómo algunos pérfidos creadores, tales como Alejandro Amenábar, no cuentan toda la verdad en sus películas. Tal vez, algunos esperan que haya un trasfondo más serio en el largometraje Ágora o que se incline por llevar a la gran pantalla todo tipo de crímenes y de locuras, que muchas, han padecido los seguidores de Cristo.

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