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martes, 24 de julio de 2012

Los fusilamientos del 3 de mayo

Sostengo desde hace tiempo que el más grande de cuantos pintores ha dado la historia del arte, se llama Francisco de Goya y Lucientes. Hay mil argumentos capaces de sostener esta teoría, que a todas luces no soy el único que la sostiene. El aragonés se adelantó a su tiempo, fue padre de la pintura romántica, abuelo de los primeros coqueteos contemporáneos como los de Turner y dotado de una pincelada que habría que esperar a los impresionistas para volver a verla, pero realizada 80 años antes. Se rió de todos sin levantar sospechas, practicó el realismo que patentaría Courbet mucho antes, con sus “Desastres” y además utilizó su arte como denuncia, algo que llegaría un siglo después de su obra.

Si como pintor ya basta para encumbrarlo en el Olimpo del arte, todas estas innovaciones, todo lo que le hace precursor una y otra vez y toda la maestría que lo convierte en una suerte de pintor de historia que no se casa con nadie, lo sitúa muy por delante de otros genios como Velázquez, que en efecto será el español que practicó el dibujo más perfecto, pero a años luz de las genialidades de don Francisco. Como por ejemplo sus pinturas negras de “La quinta del Sordo”, que todavía nadie se atreve a decir que son el inicio, el acta fundacional del expresionismo que practicaría Munch, o tal vez la sordidez más implacable de los pintores del siglo XX.

Todos conocen su obra “El 3 de mayo”. A lo mejor hace falta otro título que lo identifica: “Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío”, pero lo que nadie advierte son los mensajes que nos deja Goya en la obra, como en el caso de la figura protagonista que concita la atención del espectador: ese español de blanco que alza los brazos instantes antes de morir y que esconde, nada menos que en su mano, un guiño a Cristo. Porque su mano, taladrada como la tradición iconográfica dice que fue la de Jesús por efecto de su crucifixión, es un mensaje subliminal y rotundo: también éste, en representación del pueblo español, a pesar de que ahora es masacrado, resucitará un día y vencerá al enemigo.

Si ahora que han visto el detalle y seguro que recuerdan todos los adelantos y prodigios que les he dicho, no están conmigo en que no habrá ni hubo nadie como Goya, simplemente “el árbol les está tapando el bosque que hay detrás”. 

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