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miércoles, 4 de julio de 2012

El vestido de novia

"La Vicaría". Lienzo de Mariano Fortuny (1867).

La novia se viste de blanco; por tradición, quizás la misma que la lleva a decir el sí quiero delante de un altar, aunque ya la siguiente de las veces que pise una Iglesia sea para el bautizo de la criatura y seguro, eso seguro, para su comunión, una mini boda revestida de fe que es la excusa perfecta para que la criatura mencionada, se hinche de regalos o tal y como manda ahora la sociedad del capital, reciba sobres con dinero destinados, por qué no, a sufragar el coste del generoso banquete que continúa tras el paripé familiar de tomar nada menos que el Cuerpo de Cristo.

Se viste de blanco en Occidente, símbolo heredado del pueblo judío y la tradición grecolatina, de la pureza. Y la novia lo es (¿o no? y lo refleja tradicionalmente en su blanco traje de cola. Pero no fue siempre así y el que mantenga fotografías familiares con más de sesenta años de historia, observará incrédulo cómo nuestras abuelas (algunos ya dirán bisabuelas), hijas de la nación católica por excelencia, de la “Reserva Espiritual de Occidente”, acunadas en el país que más guerras por Cristo ha patentado, se casaban con colores oscuros y severos, pero desde luego, no blancos.

He leído toda clase de bulos y mitos, como corresponde a un tema tan frívolo hoy día como un casamiento. Pero la realidad no es otra que la primera vez de la que tenemos constancia que una mujer se vestía de blanco para esposarse con su cónyuge, se producía el 10 de febrero de 1840.

Nada menos que se trataba del enlace matrimonial celebrado entre Victoria de Kent y de Sajonia Coburgo, la Reina Victoria de Inglaterra, y su primo el príncipe Alberto de Sajonia. Se celebró en la Real Capilla del Palacio de Sant James de Londres y ese matrimonio tiene hoy nada menos que diez descendientes reales, entre los que cabe destacar a la Reina Isabel II del Reino Unido, la Reina Sofía de España, la reina Margarita de Dinamarca, el rey Carlos Gustavo de Suecia y el rey Harald de Noruega, todos ellos tataranietos de Victoria de Inglaterra.

Fue un impacto; una revolución sin precedentes. Hay que precisar que el reinado más largo de la historia lo ostentó ella, que desde 1837 a 1910, es decir, más de 61 años, marcó toda una época. Su tataranieta Isabel II de Inglaterra, va camino de igualarla. Pero regresando a su vestido, a pesar de que algunas novias de la Roma Antigua usaran el blanco en las nupcias, nunca antes todo el adorno y vestimenta de una novia había sido de ese color, al punto que tímidamente en Inglaterra empezó a imitarse el regio color nupcial y acabó por imponerse en el mundo Occidental, como mal llamado símbolo de la pureza, cuando no nació desde luego por ese motivo sino por capricho estético parido en el corazón de Londres, en 1840.

¿Y en España? Pues la tradicional Nación que nos vio nacer, siempre ha sido terca para adoptar las modas a la primera. Pero sobre todo, basta decir que el inglés nos había vencido en las guerras europeas del siglo XVIII y era desde tiempos de Felipe II, la “Pérfida Albión”. Una moda venida desde Inglaterra no iba a ser abrazada en España tan fácilmente. Y si bien es cierto que en el Madrid de los años 30 del pasado siglo XX ya se vieron algunas españolas empleando el blanco, no podemos olvidar que Alfonso XIII, rey de España, se casó el 31 de mayo de 1906 con la princesa británica Victoria Eugenia de Battenberg, vistiendo ella de blanco.

En el Palacio de Riofrío de Segovia se conserva el traje nupcial de María de las Mercedes, aquel que usó a las doce de la mañana del 23 de enero de 1878 para casarse con el Rey Alfonso XII en la Basílica madrileña de Atocha. Plata, gris y pedrería. Como curiosidad, costó la nada desdeñable suma de treinta y dos mil quinientas cuarenta y seis pesetas de la época.

Nuestra Reina Isabel II, que lo fue de 1833 a 1868 (con los intervalos de la Regencia materna de por medio), se casó también de gris como demuestra la imagen superior. Se casó el 10 de octubre de 1846, tan sólo unos años después de que Victoria de Inglaterra celebrara su renombrada boda. La imagen demuestra que a pesar de que la Corte Española sí estaba al día de toda moda europea, la tradición hispana procuraba colores poco llamativos y crudos, casi de plata, para sus hijas. Puede incluso que se encuentre una explicación si me permiten, cuasi litúrgica en ello: si aplicamos al blanco el sentido de la pureza, lo que no podemos perder de vista es que el catolicismo ha distinguido como Pura y Limpia a la Virgen. Y que el tono de plata, en unión al celeste, ha sido siempre el color que ha tenido España para representar a la Inmaculada, luego, poco puede extrañar una inspiración litúrgica en la novia hispana.

Sea como fuere, si la novia se viste de blanco por tradición, se lo puede ahorrar. Si lo hace como respeto al símbolo que encarna el blanco (me callo) y si a duras penas sabe santiguarse, que luego no se queje de que un cura le ha pedido la voluntad por casarse en una Iglesia... ¡Total, para lo que la mayoría las pisan, que por lo menos paguen el capricho! Y que estas líneas, hayan ayudado en algo a la historia de las cosas. 

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