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domingo, 29 de julio de 2012

El Arco del Triunfo

A lo largo de 30 años se fue levantando el más conocido y reconocido de los arcos triunfales que conserva el Mundo, hurtándole de sopetón el honor a las clásicas arquitecturas romanas en las que se fijó y se inspiró para nacer. Es una epopeya de las grandes victorias francesas acaecidas durante el Gobierno de Napoleón, una sucesión de hazañas bélicas que los franceses conquistaron en medio continente cuando estrenaron, casi sin proponérselo (los ciudadanos, no él), un Imperio al arranque del siglo XIX. Y es que desde 1806 a 1836, (en concreto hoy, cumple 176 años de su estreno), se fue edificando esta mole de proporciones cuidadas, esbeltas y seductoras que eleva a 50 metros su altura y a 45 su anchura, un monumento histórico que se atreve a plantarle cara a otros atractivos parisinos como sus incontestables museos o la torre de hierro que le sirve de símbolo.

En el mismo lugar donde hoy se consume eternamente la llama que recuerda al soldado francés desconocido, caído en la I Guerra Mundial, se veló el cadáver de Víctor Hugo. En las esquinas del Arco, las colosales esculturas de “El Triunfo”, “La Resistencia”, “La Paz” y “La Marsellesa”. Ya saben que el cántico revolucionario fue escrito en París en 1792 y recibió el nombre de “Canto de guerra para los ejércitos de las fronteras”. Pero como quiera que fue usado por los soldados acantonados en Marsella que entrarían asegurando el éxito de aquella Revolución en el París de ese año, se le conoció como “La Marsellesa”, la iconografía del espíritu del cambio en Francia, de la nueva época.

El Arco no es otra cosa que la copia descarada y reinventada del famoso romano que mandó construir el Emperador Tito hacia el año 70, para conmemorar la victoria de Roma sobre el pueblo judío. Y se decoró con las figuras alegóricas de “La Victoria” y “La Paz”. La descarada semejanza me hace repetir precisamente un aforismo romano que muchos conocerán: “nihil novum sub solem”, o lo que es lo mismo, “nada nuevo bajo el sol”. En efecto, el parisino que Napoleón Bonaparte mandó construir y que no pudo ver inaugurado (murió 15 años antes) reprodujo sin tapujos, una gloria arquitectónica de la Antigüedad y del prestigio y empréstito militar de Roma.

Mucho más original fue lo proyectado por el Rey francés Luís XV medio siglo antes de la idea napoleónica. Igualmente en el sitio que hoy se eleva el Arco del Triunfo, el monarca galo encargó a Charles Ribart un monumento que atestiguara la grandeza de Francia. El diseño, de 1758, hubiera sido de una originalidad y de una inquietud que de seguro, hoy reportaría a París no sé si un plus de personalidad y atractivo distintos, aunque es inevitable asociar ya la figura colosal del Arco Napoleónico a la capital francesa. Juzguen ustedes.

Sea como fuere, los que lo hemos recorrido y admirado los Campos Elíseos desde su mirador, sabemos que sigue la línea parisina: cautivar, sorprender y sobrecoger por la monumentalidad de una ciudad que a orillas del Sena, está pensada para todo lo dicho y más. Sí, es cierto que gracias al prefecto Haussmann ya en el siglo XIX, pero tal vez fue el poderoso Napoleón el que inauguró la estética casi insuperable de la ciudad de la luz.

P.D. ¡Cómo los españoles pongamos en un arco las veces que les ganamos una batallita a los franceses durante todo el siglo XVI, de cabo a rabo, vamos a necesitar más piedras que las que tiene la Gran Muralla China!

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