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lunes, 23 de julio de 2012

Carmen Ordóñez

Uno de los execrables horrores de la prensa del corazón es que termina por hacer propiedad de todos la vida de unos pocos; cierto es que con el concurso de sus protagonistas y con el beneplácito de quien un día entiende que hablar de lo más privado y sacrosanto, lo más íntimo de uno y de los “unos” que lo rodean, es la forma más rápida y rentable de ganarse la vida.

No voy a juzgar a Carmen. Porque a fin de cuentas, ni soy nadie para hacerlo ni ese ha sido jamás mi forma de actuar. Pero se me queda en algún recóndito lugar de mi masa encefálica la sensación de que la sociedad la juzgó antes de irse y la encumbró cuando hace hoy 8 años, con apenas 49 años de vida, expiró en el Madrid de las televisiones que pagan por las miserias del famoso, lejos de ese calor palpitante que ofrece la Sevilla de su cuna.

Su padre fue uno de esos príncipes de la brega que llevó por nombre Antonio Ordóñez y por escapulario la foto de la Virgen de la Calle Pureza, esa Esperanza Marinera que le habrá hablado mil veces al Niño Caído de sus entrañas a favor de Carmina. Y su tío, el que ganaba duros con la izquierda y mujeres como Ava Gadner con la derecha. Así sin más. Por eso, no faltó en sus expresiones aquella que decía: “a mí plim, soy Ordóñez-Dominguín”. Pero a lo mejor también fue su sudario.

Fue 2004 y se nos fue. Y lo que no me puede negar nadie, es que era tan arrebatadoramente guapa como irresistiblemente madre. Y lo demás, que siga sobre la conciencia del que también ganó a su costa, aunque pagó sus servicios en los platós de la vergüenza patria. Descansa en paz, Carmen. 

1 comentario:

monaguillo dijo...

Lo que a mi me gustaba esta mujer...