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martes, 17 de julio de 2012

Billie Holiday

Dicen de ella que es una de las voces más autorizadas e influyentes del jazz. Que la mejor canción de todo el siglo XX fue escrita para ella y se volvía irrepetible cuando salía de su torrente de voz: “Strange Fruit”, una plegaria a favor de la tolerancia, una denuncia del racismo estadounidense de los años 30 del pasado siglo.

No se lo pusieron fácil en su vida. Cuando nació su padre tenía 15 años. Su madre, 13. Era de esperar que las dos niñas (madre e hija) fueran abandonadas de inmediato. A los diez años ya había sido violada y con doce años, viviendo en Nueva York, tiene que prostituirse para salir adelante.

Fumaba marihuana desde los doce años. A los 25, empezó a consumir peligrosamente heroína. Murió de cirrosis con 44, tal día como hoy. Condenada por posesión de drogas y arruinada económicamente años antes de morir, es un ejemplo más de cómo el arte innato nunca es suficiente para encumbrar a nadie, ni siquiera a alguien con su extraordinario talento, tirado a la basura como tantos otros genios que abandonaron a sus musas y no al contrario. 

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