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sábado, 16 de junio de 2012

El alma

El doctor William McDougall lleva años dedicado en cuerpo y alma a la psicología, posiblemente desde 1899. Estamos en los Estados Unidos y es el año 1907; el científico trabaja para el hospital de Massachussets, con toda la atención puesta en demostrar que sí existe algo que las religiones han venido a denominar alma, de forma que diseña una cama capaz de registrar la menor variación de peso inimaginable y se dedica a experimentar con varios enfermos terminales, de suerte que segundos antes de su muerte pesan 21 gramos más, justo 21 gramos más, que en el instante en que pueden considerárseles muertos clínicamente.

La comunidad científica no encontró aval de peso en la teoría de McDougall, que venía a decir que existía el alma y que pesaba justo 21 gramos, por lo que se decidió a probar con perros, pero en esta ocasión llevando hasta el grado de crueldad su experimento, pues envenenaba a los animales para captar la posible variación. En todo caso, antes de morir y una vez muertos por el veneno suministrado por el doctor, el peso de los perros no variaba, luego llegó a la conclusión que los animales, no tenían alma.

En 1962 recibe el Premio Nobel de Medicina Francis Harry Compton Crick, que había descubierto en 1953 la cadena del ADN. Su cualidad y mérito científico quedaba fuera de toda duda. Entre sus trabajos, destacó precisamente por precisar que tras un riguroso protocolo científico que una serie de neurotransmisores del cerebro humano perdía, en el instante de la muerte, justo 21 gramos de peso. De suerte que a lo que el doctor McDougall llamaba alma, el Nobel Crick lo llamaba conciencia. Pero ambos, con más de medio siglo de diferencia y mediante experiencias científicas distintas, llegaban a la misma conclusión: algo se pierde tras la muerte y ese algo pesa 21 gramos.

Los recuerdos y vivencias, la conciencia, el alma... Los creyentes apostamos porque es un todo y se llama alma. Pero algunos además, hemos de oponernos a la tesis del doctor de Massachussets, porque el mismo San Francisco nos lo dejó claro hace más de 8 siglos... ¿Animales sin alma? ¿Acaso dan muestra de ella algunos humanos?

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