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jueves, 19 de abril de 2012

Llueve más que cuando enterraron a Zafra

Se empeña abril en hacer bueno el refrán que habla de la prodigalidad de sus aguas y de esto hemos sabido los cofrades bastante en tanto arrancaba este mes mojando nuestras Hermandades; lo cierto es que de lluvias torrenciales esta ciudad de Granada podía escribir libros, teniendo en la memoria más de 20 grandes riadas que desde la recta final del Reino Nazarí hasta fechas relativamente recientes, han sido virulentas para la población, provocando en más de una ocasión el desbordamiento de los ríos granadinos.

Una de estas viene a producirse en la recién estrenada Carrera del Darro. La vía, nació en tiempos cristianos pues a las orillas del río venían a darse las edificaciones distinguidas del barrio de los Axares de Granada, y especialmente huertas al punto que la Calle, como la conocemos, no se trazaría hasta el siglo XVI. En ella se asienta lo más granado de la aristocracia castellana de la época, con don Hernando de Zafra a la cabeza, el gran secretario de los Reyes Católicos que impulsaría la construcción del convento dominico de Santa Catalina, de la vivienda nobiliaria hoy destinada a Museo Arqueológico o de su propia casa.

La leyenda granadina es explícita y prolija. Al parecer, ese año de 1600 fue de excepcional sequía; no vivía ya el gran secretario regio pero sí su descendiente César de Zafra, aprensivo, estirado y muy supersticioso. Su hijo vino a enamorarse de una gitana que debía vivir cerca de las nutridas posesiones de los Zafra en torno a la Carrera del Darro. No hay que decir, que el padre del joven, desaprobaba la infeliz idea de que el hijo de un noble entablara asuntos amorosos con una gitana.  

El colérico César de Zafra había mandado derivar el curso de la acequia de San Juan que nutría a los aljibes del bajo Albaicín, de forma que privó de agua a los vecinos pero se procuró que el curso de la acequia repletara el pozo propio de su palacio. Así las cosas, la gitana que había enamorado a su hijo, se coló en la vivienda del aristócrata a fin de llenar unos cántaros aunque no con el sigilo que hubiera querido, por lo que se despertó el centinela de la casa que la llevó ante el conde de Zafra.

César rompió los cántaros, mandó apalear a la gitana con tantos golpes como pedazos se hicieran las tinajas estrelladas contra el suelo y la echó a la calle; antes de ser despedida con siete golpes en la espalda, la gitana le lanzó esta maldición: “Siete palos me dieron, conde de Zafra y maldigo y emplazo tu vida en siete días. El próximo martes morirás. Las aguas van a sobrarte y tus despojos navegarán sobre ellas.”


Casi al instante de abandonar la casa la gitana, el conde empezó a sentirse mal. Fiebres, calenturas y un malestar imparable consumieron su vida de manera fulgurante, al punto que moriría la madrugada del martes que había predicho la gitana. Desde esa misma hora, Granada vivía una de las lluvias más recias que ha visto en sus días, de forma que el curso del Darro creció tanto que sus aguas se colaron e inundaron el palacio y todos sus aposentos, llevándose la riada el ataúd del conde de Zafra, ya dispuesto para el velatorio, que naufragó y que nunca fue encontrado su cadáver. Estaba claro que la frase castiza no iba a tardar en repetirse: “Llueve más que cuando enterraron a Zafra”.


Sin embargo, otra redacción narrativa recogida e impresa en 1857, dice así: “falleció el 4 de Marzo de 1600, y en la Casa de Castril, situada en Granada frente a la iglesia de San Pedro y San Pablo, y siguiendo la tradición, su cadáver fue expuesto en una de las salas bajas del palacio para que los familiares dolientes y la vecindad fuesen a velar y rezar. Cuenta el informe de la Audiencia Territorial de Granada que el desbordamiento del río fue en torno a 18 metros y que, cuando una lengua de aguas bravas abatió los bajos de las casas y de los conventos, Don César de Zafra, de cuerpo presente, fue abrazado por la riada y se lo llevó arrastrado y su cuerpo, ante la cantidad de agua, tierra y árboles arrancados, nunca fue localizado, por lo que no recibió sepultura, aunque sí tendría una misa, cuando se dio por concluida la búsqueda infructuosa de Don Cesar de Zafra”.

1 comentario:

Anónimo dijo...

David yo había escuchado también eso de "llueve más que cuando enterraron a bigotes". A ver si te enteras también de la historia de bigotes y nos la cuentas en este interesantísimo blog tuyo.
Abrazos.
MDorador