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miércoles, 14 de marzo de 2012

Renovarse o morir (cofrademente)

Tradición o necesidad; mantenimiento de lo que creemos propio (y resulta no serlo) o adecuarse a las modas, formas, maneras y estéticas más atractivas, que más llaman la atención, que más potencian el verdadero sentido de la Semana Santa: “su carácter evangélico”. Sin duda que todo ello viene a raíz del anuncio de la Hermandad de las Angustias de la Alhambra de modificar su paso, el mismo que durante más de 70 años terminó convirtiéndose en un referente, en un emblema, en una imagen característica y reconocida de nuestra Semana Santa, eso no cabe duda.

Acabamos de poner el dedo en la llaga; las Hermandades participan de un teatro (imbuido en religiosidad, pero teatro) y de una manifestación pensada para conmocionar, para acercar más la fe y para adherir a nuestra fe al mayor número de personas posible. Si para ello ha de servirse de las armas que en su mano están y son las más aplaudidas, bienvenidas sean aunque foráneas. La afición costalera de los últimos años, por ejemplo, obedece a los modismos y tipismos traídos de Sevilla. Si eso ha hecho que superemos el millar de costaleros, damos gracias por la influencia sevillana.  

Sí, algunas Hermandades están escasas de hombres. Sí. Aquellas que se empeñan en costumbres (quizás más que costumbres, usos) que ya no son respaldados por la mayoría de los costaleros granadinos. Y al final, de aquellos lodos estos barros, que diría la españolísima y castiza expresión. Por eso la Alhambra ha desistido de una emblemática imagen (los varales exteriores de carga que recordaban el pasado granadino, que al modo malagueño, era el típico de todos los rincones del Mundo) para adecuarse a los tiempos. Nadie quiere salir de esta guisa (que no critico, detallo) y se solicita cuanto antes el cambio a costal.

Bien, la cacareada reforma de las andas procesionales de Nuestra Señora de la Alhambra nos sirve de ejemplo: ¿era este modo de portar el paso eminentemente granadino o a fuerza de verlo desde 1930 en adelante lo hemos hecho nuestro? Quizás no fuera invento nuestro, como sí lo fue la peana de carrete o el tipo de corona procesional para Dolorosa que ha venido a llamarse “romántica, decimonónica, antequerana” y que realmente es de punzón granadino.

Tal vez lo lógico es recuperar, es retomar lo que verdadera, real y definitivamente nuestro. Aunque choque. Y no aferrarse a tradiciones que un día fueron exógenas, importadas desde otros lados, y que hemos terminad haciendo nuestras y convirtiéndolas en adalides de lo granadino, cuando no representan el verdadero arte y estética de nuestra escuela.

Los tiempos cambian. Hace unas décadas no había coche y hoy nadie se desplaza sobre caballo. Los granadinos del momento aplaudieron la irrupción de la luz eléctrica y desecharon los candiles. Y murió la figura del aguador cuando en cualquier rincón de nuestra ciudad, el grifo doméstico vino a reemplazar tan castizo oficio, tan particular estampa.

En las Hermandades, influencias foráneas nos enriquecen. Como hoy presumimos de monumentos granadinos que vinieron de Italia, por ejemplo, o de autores inmortales que nacieron a cientos de kilómetros, como Diego de Siloe. Y nadie osa sentir menos granadina nuestra formidable e incomparable Catedral.

En Santa María de la Alhambra desaparece una tradición que con toda probabilidad no fuese eminentemente nuestra y que forzados por los tiempos que corren, terminará siendo más positivo para los cofrades de la flamante Parroquia de la Encarnación que un borrón histórico. Nos vamos a alegrar todos, como beneficiarnos todos los cristianos cuando el Sábado Santo, la Señora Coronada de las Angustias pueda servir más al propósito de evangelizar y conquistar devociones, llevada de unas maneras más aplaudidas por el resto de la población. Y a fin de cuentas, se trata de eso. 

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